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Libro de Los Sueños de Don Bosco


LOS SUEÑOS PROFÉTICOS
DE SAN JUAN BOSCO

ÍNDICE
[PARTE I: SUEÑOS 1>49 // PARTE II: SUEÑOS 50>101 // PARTE III: SUEÑOS 102>153]

PARTE I
SUEÑOS 1>49

Sueño Año

1.       1824. La Misión futura.Vocación de San Juan Don Bosco.... pág. 1

2.       1830. Amonestación del cielo.Confianza en Dios.... pág. 6

3.       1831. Mirando hacia el porvenir.Vocación de San Juan Don Bosco....pág.  9

4.       1831. El tema mensual. La virtud del cielo....pág. 12

5.       1832. Enfermedad de Antonio Bosco.Amor fraterno....pág. 14

6.       1834. Sobre la elección de estado.Vocación de San Juan Don Bosco....pág. 15

7.       1836. Sacerdote y sastre.Vocación de San Juan Don Bosco....pág. 18

8.       1831. El sueño a los 21 años.Vocación de San Juan Don Bosco....pág. 19

9.       1844. La pastorcilla y el rebaño.La misión futura....pág. 24

10.       1845. El porvenir del Oratorio.Origen de la Cosa Madre....pág. 27

11.       1845.    Los mártires de Turín.La Iglesia de San Francisco de Sales....pág. 32

12.       1846. Suerte de dos jóvenes que...Ingratitud….pág. 35

13.       1847.    Entrevista con Comollo y precio de un cáliz.Amistad santa.

14.       1847. El emparrado.Vida religiosa....pág. 40

15.       1847. Encuentro con Carlos Alberto.Gratitud de [San] Juan Don Bosco....pág. 46

16.       1854. El porvenir de Cagliero.Don de profecía....pág. 49

17.       1854. El globo de fuego.La cúpula de M. Auxiliadora....pág. 61

18.       1854. Grandes funerales en la Corte.Don de profecía....pág. 61

19.        1854. Las 22 lunas.Anuncio de muerte....pág. 72

20.       1856.   La rueda de la fortuna.El porvenir de la Congregación....pág. 82

21.       1860. Mamá Margarita.Amor filial de San Juan Don Bosco....pág. 83

22.       1857. Los panes.Los conciencias de los jóvenes....pág. 86

23.       1859. Lo marmotita.Distracciones en lo Iglesia....pág. 88

24.        1859.- El gigante fatal.-¿Epidemia moral?
....pág. 89

25.        1860. Documentos comprometedores.Tutela divina....pág. 90

26.        1860. Las catorce mesas.Las conciencias de los jóvenes....pág. 93

27.        1860.- Sobre el estado de las conciencias.-Las conciencias de los jóvenes....pág.  97

28.        1860.- Mortal amenaza.Muerte frustrada
....pág. 119

29.        1861. Un paseo al Paraíso.La vida perdurable....pág. 120

30.        1861. La linterna mágica.El porvenir de la Congregación….pág. 147

31.        1861. Las dos casas.Don de profecía....pág. 196

32.        1861. Los dos pinos.Eficacia de la humildad....pág. 198

33.        1861. El pañuelo de la Virgen.La pureza
....pág. 201

34.        1861. Las distracciones en la Iglesia.Las fentocíones....pág. 206

35.        1862. Los jugadores.Deberes de la asistencia....pág. 208

36.        1862. Predicción de una muerte.Don de profecía.,..pág. 209

37.        1862. Las dos columnas.La Eucaristía y la devoción a la Virgen….pág. 224

38.        1862.-- El Sacrilegio.El sacrilegio....pág. 231

39.        1862. El caballo rojo.El comunismo....pág. 232

40.        1862. La serpiente y el Ave María.El Santo Rosario....pág. 237

41.        1862. Los colaboradores de San Juan Don Bosco.Vocación Salesiana....pág. 248

42.        1862.- Asistencia a un niño moribundo.-Profecía de uno muerte….pág. 250

43.        1863. El Elefante Blanco.El diablo y sus cómplices....pág. 253

44.        1863. El bolso de la Virgen.Las conciencias....pág. 264

45.        1863.- Una muerte profetizada.-Sueño profético ....pág. 265
46     1863.- El foso y la serpiente.La ocasión de pecar....pág. 268

47.        1864.- Los cuervos y los niños.Caídas en el pecado....pág. 271

48.        1864.- Las diez colinas.Estado de las conciencias....pág. 274

49.        1865. La viña.La vida espiritual del Oratorio....pág. 284

PARTE II
SUEÑOS 50>101

50.        1865. El Águila.Profecía de muerte....pág. 1

51.        1865.- El lirio y el gatazo.-La pureza....pág. 10

52.        1865.- Los monstruos y los niños.-Devoción a la Eucaristía....pág. 13

53.        1865.- La linterna mágica.-Distracciones en la Iglesia....pág. 17

54.        1865. Las ofrendas simbólicos.-Devoción a la Virgen....pág. 18

55.       1866     La inundación.Docilidad, obediencia....pág. 24

56.        1866.    Una visita a los dormitorios.Profecías de muerte....pág. 43
57.        1866.    Los cabritos.Las tentaciones....pág. 46

58.        1864.    Las espadas y los números.Profecías de muerte….pág. 47

59.        1867.-    Las reglas.Ilustración del cielo....pág. 52

60.        1867.-    Los rebaños.Estado de las conciencias....pág. 52

61.        1867.-    El Purgatorio.-Penas temporales
....pág. 64

62.        1867.    El jardín.Remedios contra el pecado....pág. 77

63.        1868.-   Saltando sobre el torrente.Ocasiones de pecar....pág. 94

64.        1868.    Las fieras del prado.Las tentaciones del demonio....pág. 97

65.        1868.    El monstruo.Deber de la corrección....pág. 100

66.        1868.    La muerte, el juicio, el paraíso.Los novísimos....pág. 104

67.        1868.    La vid.Los conciencias de los jóvenes...pág. 105

68.        1868.    El Infierno.Las penas eternas....pág. 123

69.        1868.-   Vocación de un joven.Visión profético....pág. 155
70.        1868.    El porvenir de un joven.Visión profética....pág. 156

71.        1868.    Noveno de lo Nat. de la Virgen.Devoción o María....pág. 157

72.        1868.-    Los dos sepultureros.Profecía de muerte....pág. 159

73.        1869.    Recorriendo los dormitorios.Visión del porvenir....pág. 162

74.        1869.    La Confesión y los lazos del demonio.Las malas confesiones....pág. 164

75.        1870.   Castigos sobre Roma y París.Profecías....pág. 171

76.        1870.   Muerte de un Salesiano.Profecías
....pág. 179

77.        1873.-   Triunfo de la Iglesia.Protección de la Virgen....pág. 180

78.        1871.-    Una visita al Colegio de Lanzo.Visión de las conciencias….pág. 182

79.        1871.    El estandarte fúnebre.Vaticinio de muerte....pág. 186

80.        1871.-    Por los dormitorios en...Vaticinio de muerte....pág. 187

81.        1872.    El demonio en el patio.Las tentaciones....pág. 188
82.        1872.-    El ruiseñor.-Visión de las conciencias....pág. 195

83.        1872.   Al volver de vacaciones.Vaticinio de muerte....pág. 198

84.        1872.-    La Patagonia.-Las Misiones....pág. 202

85.        1873.    Los propósitos en la Confesión.Confesiones rutinarias....pág. 206

86.       1873.    Los pecados en la frente.Visión de las conciencias....pág. 208

87.       1873.    Predicción de una nueva muerte.Vaticinio de muerte….pág. 212

88.       1873.    La misericordia divina.Humildad
....pág. 215

89.       1874.   Los senderos.El porvenir de los jóvenes....pág. 222

90.       1873.   Monseñor Gostaldi.Luchas y consuelos....pág. 225

91.       1874.    La guerra carlista en España.Visión profético....pág. 227

92.       1875.   Vocaciones tardías.Hijos de María....
pág. 229

93.       1875.    Un árbol prodigioso.Vocaciones
...pág. 234

94.       1875.-    El corcel misterioso.-La protección de la Virgen....pág. 236

95.       1876.    La palabra de Dios y la murmuración.Deber de la amonestación....pág. 250

96        1876.   Anuncio de tres muertes.Profecía de muertes....pág. 259

97.       1876.   El auxilio del cielo.Protección divina....pág. 270

98.       1876.--   Beato Pío Pp. IX.Visión profética....pág. 271

99.       1876.    La fe, nuestro escudo y n. t.Protección de la Virgen….pág. 272

100.        1876.-   Las ovejas fieles y las desertorasFinalidad de la vocación....pág. 288

101.        1876.   Trabajo y templanza.Porvenir de la Congregación....pág. 290

PARTE III
SUEÑOS 102>153

102.        1876.    La filoxera.La murmuración....pág. 1

103.        1876.   Aparición de Santo Domingo Savio.Visión....pág. 7

104.        1877.-    La muerte de Beato Pío Pp. IX.Profecía....pág. 28

105.        1877.-   La Señora y los confites.El trabajo....pág. 34

106.        1877.    Una escuela agrícola.Profecía....pág. 38

107.        1878.-    Los perros y el gato.Devoción a la Virgen....pág. 48

108.        1878.-    Las vacaciones.Peligros de las
....pág. 51

109.        1878.-    Las tres palomas.Las vocaciones
....pág. 58

110.        1879.    Una receta contra el mal de ojos.Aparición de la Virgen....pág. 60

111.        1879.-    La gran batalla.Consejos a los Salesianos....pág. 61

112.        1880.    Una lluvia misteriosa.Fases de la Congregación....pág. 67

113.        1880.-   Un banquete misterioso.La misericordia del cielo….pág. 69

114.        1880.-    Las Casas Salesianas en Francia.La protección de la Virgen....pág. 75

115.         1880.--   Lo Casa de Marsella.Profecía....pág. 79

116.        1881 -    Luis Colle.Apariciones....pág. 82

117.        1881.-    La Sociedad Salesiana.-Porvenir
....pág. 108
118.        1881.    Las castañas.-Elección del personal....pág. 123

119.        1883.    El mensaje de Don Provera.Recomendaciones….pág. 128

120.        1883.   A través de la América del Sur.--Misiones....pág. 132

121.           ?       El nicho de San Pedro.Visión profética....pág. 156

122.        1884.   San Pedro y San Pablo.Devoción
....pág. 157

123.        1884.    Una platico y una Misa.Ministerio sacerdotal....pág. 161

124.        1884.    Desde Roma. Necesidad de la confianza....pág. 164

125.        1884.    La Inocencia.Visión....pág. 179

126.        1884.-    Los jóvenes y la niebla.-Estado de las conciencias….pág. 196

127.        1884.--    Una visita a León XIII.Elección del personal....pág. 197

128.        1885.    Las Misiones Salesianas en América Meridional.Visión profética....pág. 201

129.        1885.    ¡Trabajo, trabajo, trabajo!Lema salesiano....pág. 213

130.        1885.-    El porvenir de la Congregación.Peligros y muertes….pág. 215

131.        1885.    El congreso de los diablos.Conjura diabólica....pág. 217

132.        1885.    Las fieras con piel de cordero.Conjura diabólica....pág. 220

133.        1885.-    La doncella vestida de blanco.Consejos del cielo....pág. 222

134.        1885.    El demonio en Marsella.Visión
....pág. 224

135.        1885.   Un Oratorio para jovencitas.El apostolado entre las jóvenes....pág. 227

136.        1885.   Muerte de un clérigo y de un alumno del Oratorio.-Profecías....pág. 229

137.        1885.-    Las Misiones Salesianas de África, Asia y Oceanía.Visión profética....pág. 236

138.        1886.   El ramillete de flores.El porvenir de un joven....pág. 243

139.        1886.   Un joven extraño.La impertinencia....pág. 246

140.        1886.    El respeto al templo.Corrección fraterna....pág. 247

141.        1886.    El Via Crucis.Amor a la Pasión
....pág. 248

142.        1886.   Con Margarita en Becchi.Visión del porvenir....pág. 250

143.        1886.--    De Valparaíso a Pekín.Misiones
....pág. 252

144.        1886.   Soñando con el OratorioAmor a la juventud....pág. 258

145.        1886.    En una sangrienta batalla.Visión
....pág. 259

146.        1886.    Ricos y pobres….pág. 260

147.        1807. Ludovico Olive.Curación milagrosa
....pág. 261

148.        1887. Las cerezas.Apariencias engañosas....pág. 267

149.        1887.--- La vendimia.Carestía....pág. 268

150.        1887. Las penas del Infierno.Visión....pág. 269

151.        1887.   Sobre la obligación de la limosna.Visión....pág. 272

152.        1887.    En compañía de San José Don Cafasso.Visita a las Casas….pág. 273

153.        1887. La modestia cristiana.Sobre la pureza....pág. 274

LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

TRADUCCIÓN DEL
P. FRANCISCO VILLANUEVA, S.D.B.

PARTE I
SUEÑOS 1>49

LA MISIÓN FUTURA1

SUEÑO 1.AÑO DE 1824.2

(M. B.3 Tomo 1, págs. 122-126.M. O. págs. 22-26)

Este primer sueño que se ha de considerar como el «gran sue­ño», como el «sueño-clave», de los muchos con que la Divina Pro­videncia ilustró la vida de San Juan Bosco, tuvo lugar en el año 1824, cuando el santo apenas contaba nueve años de edad; sien­do su escenario la aldeíta de Becchi, perteneciente al partido de Castelnuovo de Asti, en el Piamonte. Vivía a la Sazón el niño Juanito Bosco con su madre Margarita Occhiena, con la abuela paterna y con dos hermanos más: Antonio, fruto del primer ma­trimonio del padre difunto, y José, primogénito de Margarita y de Francisco Bosco.                                                      

He aquí el texto del sueño, tal como nos lo ofrecen las Me­morias Biográficas en el tomo y páginas arriba indicados.
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[[       1.   Como observará el lector, cada «sueño» va dividido en tres partes: La primera es una especie de introducción o ambientación. La segunda, la narración del «sueño», y la tercera, el cumplimiento, explicación, comentarios..., del mismo.

El empleo de los caracteres cursivos en la primera y tercera parte y de los redondos en la segunda, no tiene otro fin que el hacer mas patente la separación de dichas partes. El lector sabrá valorarlas fácilmente, si bien las preciosas enseñanzas de los «sueños» casi siempre van repartidas a lo largo de las tres partes. Naturalmente las palabras de los misteriosos personajes y las de Don Bosco interpretando lo visto u oído en sus «sueños» son las que merecen la máxima atención y estudio por parte del lector.

2.    Con la denominación general de «sueño», como ya se advierte en la Introducción, exponemos no sólo los fenómenos extraordinarios que tuvieron lugar durante el sueño, sino también aquellos que se realizaron estando Don Bosco despierto, mientras trabajaba en su despacho, confesaba, viajaba, etc.

3.    M. B. Memorias Biográficas de San Juan Bosco, dieciocho tomos, por los PP. Lemoyne, Amadei, Ceria, todos ellos salesianos. (Societá Editrice Internazionale, Torino.)

M. O. Memorias del Oratorio, por San Juan Bosco.
Las páginas citadas corresponden solamente al texto del sueño. ]]

«Apenas contaba nueve años —dice el mismo Don Bosco— cuan­do tuve un sueño que me quedó profundamente impreso durante toda la vida.

Me pareció estar cerca de mi casa; en un amplio patio en el que una gran muchedumbre de niños se divertía. Unos reían, otros jugaban y no pocos blasfemaban. Al oír aquellas blasfemias me arrojé inmediatamente en medio de ellos, empleando mis puños y mis pala­bras para hacerlos callar. En aquel momento apareció un Hombre de aspecto venerado, de edad viril, noblemente vestido. Un manto blanco cubría toda su persona y su rostro era tan resplandeciente, que yo no podía mirarlo con fijeza. Me llamó por mi nombre y me ordenó que me pusiese al frente de aquellos muchachos añadiendo estas palabras:

—No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ga­narte a estos amigos tuyos. Ponte, pues, inmediatamente a hacerles una instrucción sobre la fealdad del pecado y sobre la belleza de la virtud.

Confuso y aturdido le repliqué que yo era un pobre niño ignorante; incapaz de hablar de religión a aquellos jovencitos. En aquel momento los muchachos cesaron en sus riñas, gritos y blasfemias, rodeando al que hablaba. Yo, sin saber lo que me decía, añadí:
—¿Quién es Usted que me manda cosas imposibles?

—Precisamente porque te parecen imposibles, debes hacerlas posibles con la obediencia y con la adquisición de la ciencia.

—¿Dónde y con qué medios podré adquirir la ciencia?

—Yo te daré la Maestra bajo cuya guía podrás llegar a ser sabio y con la cual toda ciencia es necedad.

—Pero ¿quién es Usted que me habla de esa manera?

—Yo soy el Hijo de Aquella a quien tu madre te ha enseñado a saludar tres veces al día.

—Mi madre me ha dicho que no me junte con quien no conoz­co sin su permiso; por eso, dime tu nombre.

—Mi nombre, pregúntaselo a mi Madre.

En aquel momento vi junto a Él, a una Señora de majestuoso aspec­to, vestida con un manto que resplandecía por todas partes como si cada punto de él fuese una fulgidísima estrella. Al verme cada vez más con­fuso en mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercara a Ella; y tomándome de la mano bondadosamente:

—¡Mira! —Me dijo.

Observé a mi alrededor y me di cuenta de que todos aquellos ni­ños habían desaparecido y en su lugar vi una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y otros animales diversos.

He aquí el campo en el que debes trabajar —continuó diciendo la Señora—. Hazte humilde, fuerte y robusto, y lo que veas en este momento que sucede a estos animales, tendrás tú que hacerlo con mis hijos.

Volví entonces a mirar y he aquí que, en lugar de los animales fero­ces aparecieron otros tantos corderillos que, retozando y balando, corrían a rodear a la Señora y al Señor como para festejarles.

Entonces, siempre en sueños, comencé a llorar y rogué a Aque­lla Señora que me explicase el significado de todo aquello, pues yo nada comprendía. Entonces Ella, poniéndome la mano sobre la cabe­za, me dijo:

—A su tiempo lo comprenderás todo.

Dicho esto, un ruido me despertó y todo desapareció.
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Yo quedé desconcertado. Me parecía que me dolían las ma­nos por los golpes que había dado y la cara por las bofetadas re­cibidas de aquéllos golfillos. Además, la presencia de Aquel Personaje y de Aquella Señora; las cosas dichas y oídas, me ab­sorbieron la mente de tal modo, que en toda la noche no me fue posible volver a conciliar el sueño. A la mañana siguiente conté inmediatamente el sueño, en primer lugar, a mis hermanos, que comenzaron a reír; después, a mi madre y a la abuela. Cada uno lo interpretó a su manera. Mi hermano José dijo:

Sin duda serás pastor de cabras, de ovejas y de otros ani­males.

Mi madre:
¡Quién sabe si algún día llegarás a ser sacerdote!

Antonio dijo con acento burlón:

Tal vez llegues a ser capitán de bandoleros.

Pero la abuela, que sabía mucha teología aunque era analfa­beta, dio la sentencia definitiva diciendo:

No hay que hacer caso de los sueños.

Yo era del parecer de la abuela; con todo, no me fue posible borrar de la mente aquel sueño.

Lo que expondré a continuación prestará alguna aclaración a lo que antecede. Nunca más volví a contar este sueño; mis pa­rientes no le dieron importancia; pero cuando en el año 1858 fui a Roma para tratar con el Papa Beato Pío IX de ¡a Congregación Salesiana, él Sumo Pontífice me hizo contarle minuciosamente todo aquello que tuviese, aunque sólo fuese apariencias de sobrena­tural. Entonces narré por primera vez el sueño que tuve a la edad de nueve años. El Papa me ordenó que lo consignase todo por escrito en su sentido literal y de forma detallada, para ma­yor estímulo de los hijos de la Congregación, en cuyo interés había yo realizado aquel viaje a Roma».

AMONESTACIÓN DEL CIELO

SUEÑO 2.AÑO DE 1830.

(M. B. Tomo I, pág. 218.M. O. Década 1 -4, págs. 43-44)

El presente sueño está solamente esbozado en las Memorias del Oratorio con estas palabras:
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«Por aquel tiempo tuve otro sueño, en el cual fui severamente amonestado, por haber puesto mi esperanza en los hombres y no en el Padre Celestial».
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Para comprender el significado de estas palabras, hemos de recordar un hecho decisivo de la niñez del soñador.

Era una tarde del año 1825; volvía Juan de Butigliera, alegre aldea próxima a Becchi. Había ido sólo con el piadoso fin de asistir a una Misión que allí se daba, para disponer a ¡os fieles a lucrar el Jubileo del Año Santo, concedido por León XII y exten­dido ya al orbe católico.

Su porte era grave y sereno; su compostura y recogimiento, llamaron poderosamente la atención de un sacerdote que le se­guía: Don José Calosso, capellán a la sazón de la aldea de Murialdo. El sacerdote, haciendo al niño señal de que se le acercara, le preguntó quién era, de dónde venía y por qué siendo de tan corta edad acudía a los sermones de la Misión, añadiendo:

Seguramente tu madre te habría hecho una plática mejor y más adecuada a tu edad y condición.

Juanito afirmó que, en efecto, las pláticas de su madre eran muy provechosas, pero que a él le agradaba oír a los misioneros; a los cuales entendía perfectamente, y para demostrarlo fue repi­tiendo al sacerdote, casi literalmente, los sermones oídos punto por punto.

Maravillado el virtuoso capellán de las dotes de ingenio del pequeño, le preguntó emocionado:
¿Te gustaría estudiar?

¡Mucho! replicó Juanito—. Pero no puedo.

¿Quién te lo impide?

—Mi hermano Antonio, pues dice que estudiar es perder el tiempo; que es mejor que me dedique a las faenas del campo.

¿Y tú, para qué querrías estudiar?

Para ¡legar a ser sacerdo­te.

¿Y para qué deseas ser sacerdote?

Para poder instruir a muchos de mis compañeros que no son malos, pero que llegarán a serlo si nadie se ocupa de ellos.

Don Calosso, conmovido ante semejante manera de razonar, tomó bajo su protección al niño, dándole clase durante ¡os in­viernos de 1827 y 1828.

Mas una mañana de otoño de 1830, mientras Juan se encon­traba en su aldea nativa visitando a su madre, recibe aviso de volver rápidamente a Murialdo, pues su buen maestro Don Calosso, atacado repentinamente de enfermedad mortal, le llama con urgencia. Voló Juan al lado de su bienhechor, al que encon­tró desgraciadamente en el lecho, perdido ya el uso de la pala­bra. El moribundo pudo reconocer al amado discípulo a quien hizo señal de aproximarse, y haciendo un esfuerzo supremo le consignó una llave que guardaba debajo de ¡a almohada, seña­lando a ¡a vez la mesa de su escritorio. El discípulo tomó la lla­ve, se arrodilló junto al lecho de su bienhechor y allí permaneció afligido y suplicante hasta que el maestro, el amigo de su alma hubo espirado, sin haber podido articular palabra.

Muerto Don Calosso, llegaron los sobrinos; Juan les entregó la llave recibida de su maestro diciendo:

Vuestro tío me entregó esta llave indicándome que no se la diera a nadie. Varias personas me aseguran que es mío cuanto bajo ella se contiene, pero Don Calosso nada me dijo expresa­mente. Prefiero mi pobreza a ser causa de disgustos. Ellos toma­ron la llave y cuanto bajo ella había.

La muerte del bienhechor fue un verdadero desastre para Juan. Amaba a Don Calosso tiernamente. Su recuerdo quedó grabado para siempre en su alma, dejando consignados estos sentimientos en sus Memorias con estas palabras:

«Siempre he rogado a Dios por este bienhechor mío, y, mien­tras viva, no dejaré de rezar por él».

Conocido este episodio y el estado de ánimo del joven estu­diante, es fácil comprender el significado y alcance de este sueño.

MIRANDO HACIA EL PORVENIR

SUEÑO 3.AÑO DE 1831.

(M. B. Tomo I, págs. 243-244.M. O. Década 1, pág. 4.)

Estando Juan como estudiante en Castelnuovo, entabló rela­ciones amistosas con un joven llamado José Turco, que lo puso en contacto con su familia. Esta poseía una viña situada en un paraje denominado Renenta, próximo a la aldehuela de Susambrino. A dicha viña solíase retirar Juan con frecuencia, por ser lugar apartado del camino que atravesaba el valle y, por tanto, más tranquilo. Desde un altozano podía darse cuenta de quién entraba en la viña de los Turco, y, sin ser visto, defendía las uvas contra cualquier agresión, sin dejar por eso los libros de ¡a mano.

El padre de José Turco, que profesaba gran estima al amigo de su hijo, encontrándose en cierta ocasión con Juan, le dijo mientras le ponía una mano sobre la cabeza:

Animo, Juanito, sé bueno y estudioso y verás cómo la Vir­gen te protege.

En Ella he puesto toda mi confianza replicó el muchacho— ; pero me asaltan frecuentes dudas. Desearía seguir los cursos de latín y hacerme sacerdote, pero mi madre no tiene medios para ayudarme.

No temas, muchacho, ya verás cómo el Señor te allana el camino.

—Así lo espero concluyó Juan—. Y despidiéndose de su interlocutor fue a ocupar su puesto, en actitud pensativa, mien­tras iba repitiendo:

¿Quién sabe si...?

Mas he aquí que algunos días después, el señor Turco y su hijito vieron a Juan atravesar la viña y venir alegre y presuroso al encuentro de ambos dando visibles muestras de satisfacción.

¿Qué novedades hay?, preguntóle el propietario—; pues estás tan alegre, siendo así que hace algunos días te mostrabas tan preocupado.

¡Buenas noticias! ¡Buenas noticias!, exclamó Juan—.
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Esta noche he tenido un sueño, según el cual continuaré mis estudios, llegaré a ser sacerdote y me pondré al frente de numero­sos niños, dedicándome a la educación de los mismos durante toda la vida.
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Así que todo está arreglado y pronto seré sacerdote.

Pero, eso no es más que un sueño observó el señor Tur­co— y ya sabes que del dicho al hecho hay un gran trecho.

¡Oh! Lo demás nada me interesa. Sí; concluyó Juan—, seré sacerdote; me pondré al frente de muchísimos jovencitos, a ¡os que haré mucho bien.

Y así diciendo, muy contento, se dirigió a ocupar su puesto de vi­gía.

A ¡a mañana siguiente, a¡ regresar de ¡a parroquia, donde había estado oyendo Misa, fue a visitar a ¡a familia de Turco; y la señora Lucía, llamando a sus hermanos, con los cuales Juan solía hablar frecuentemente, preguntó al muchacho sobre el motivo de la alegría que se le reflejaba en el semblante. Juan entonces aseguró a sus oyentes que había tenido un hermoso sueño. Como le pidiesen que lo contase dijo:
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Que había visto venir hacia sí a una majestuosa Señora que con­ducía un rebaño numerosísimo y que acercándosele y llamándole por su nombre, le había dicho:

—Juanito, aquí tienes este rebaño; a tus cuidados lo confío.

—¿Y cómo haré yo para guardar y cuidar tantas ovejas y tantos corderillos? ¿Dónde encontraré pastos suficientes?
La Señora le respondió:
—No temas; yo estaré contigo.
Y desapareció.
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Don Juan Bautista Lemoyne, biógrafo de San Juan Bosco, escribe en las Memorias: «Esta narración la oímos de labios del señor Turco y está perfectamente de acuerdo con la siguiente de­claración consignada por Don Bosco en las Memorias del Orato­rio:

«A los dieciséis años tuve otro sueño».

Y concluye don Lemoyne: «Tengo la seguridad de que supo y vio muchas cosas de las narradas por él y que conservaba en su corazón como premio de su perseverante confianza. En efecto: la asistencia que la Madre Celestial le prodigó en este mismo año, hubo de hacerse muy sensible».

EL TEMA MENSUAL

SUEÑO 4.AÑO DE 1831.

(M. B. Tomo I, pág. 253)

Durante sus cuatro años de estudiante en Chieri, Juan dio muestras de que, además de su prodigiosa memoria y de su ingenio, ayudaba le en sus estudios alguna otra secreta virtud. Tal es la opinión de muchos de sus antiguos condiscípulos que dieron fe del hecho siguiente:
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Una noche soñó que el profesor había señalado el tema para determinar los puestos de mérito de la clase y que él estaba haciéndolo.
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Apenas se despertó, saltó del lecho y escribió el trabajo seña­lado, que era un dictado en lengua latina; después, comenzó a traducirlo, haciéndose ayudar de un sacerdote amigo suyo. A la mañana siguiente el profesor dictó el tema en la clase para seña­lar el orden de mérito entre los alumnos, trabajo que era precisa­mente el mismo con que Juan había soñado; de forma que, sin necesidad del diccionario y en muy breve tiempo, lo escribió inmediatamente tal como recordaba haberlo hecho en el sueño, con las oportunas correcciones que le hiciera el amigo, consi­guiendo un completo éxito. Interrogado por el maestro, expuso ingenuamente lo sucedido, causando en éste verdadera admiración.

En otra ocasión Juan entregó la página de su trabajo tan pronto, que al profesor no le parecía posible que hubiese podi­do superar, en tan breve tiempo, tantas, dificultades de orden gramatical; por eso leyó atentamente el tema que Juan le había entregado. Dudando del origen de aquel trabajo, le pidió que le presentase el borrador. Juan obedeció causando nuevo estu­por en el profesor. Este había preparado el tema la tarde ante­rior y como lo considerase demasiado largo, había dictado a los alumnos solamente la mitad. En el cuaderno de Juan lo encontra completo; ni una sílaba más, ni una sílaba menos. ¿Cómo se podía explicar aquel fenómeno? No era posible que en tan poco tiempo el alumno hubiese copiado el original, ni que hubie­se penetrado en su habitación, pues ¡a pensión en que se hospe­daba Juan estaba muy lejos de la casa del profesor. ¿Por tanto? Bosco puso las cosas en claro:

—He tenido un sueño en el que vi el tema.

Por éste y por otros acontecimientos semejantes, los compa­ñeros de la pensión le llamaban el soñador.

ENFERMEDAD DE ANTONIO BOSCO

SUEÑO 5.AÑO DE 1832.

(M. B. Tomo I, pág. 269)

En una ocasión Don Bosco soñó que su hermano Antonio, mientras hacía el pan en casa de la señora Damevino, próxima a la suya, fue asaltado por la fiebre, y que habiéndolo encontrado en el camino y al preguntarle sobre el particular, le había dicho:

—Hace un momento ha comenzado a darme fiebre; no puedo mantenerme en pie. Tendré que irme a la cama.
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Al día siguiente contó este sueño a sus compañeros, que ex­clamaron:

Puedes tener la seguridad de que ha sucedido como nos has referido.

Y así fue, en efecto. En la tarde siguiente llegó a Chieri el hermano José, al cual preguntó Juan inmediatamente:

¿Y Antonio, está mejor?

José, maravillado de aquella pregunta, replicó:

Pero ¿sabías que estaba enfermo?

—Sí, que lo sabía contestó Juan.

Creo que no es cosa de importancia continuó José—. Ayer comenzó a darle un poco de fiebre mientras hacía el pan en casa de ¡a señora Damevino; pero ya está mejor.

Sin dar gran importancia a este sueño, haremos notar cómo en él el Santo de Dios pone de manifiesto los sentimientos más íntimos de su corazón; más adelante dio nuevas pruebas intere­sándose por la familia de su hermanastro, apenas tuvo oportuni­dad de hacerlo, según atestigua Don Rúa.

SOBRE LA ELECCIÓN DE ESTADO

SUEÑO 6.AÑO DE 1834.

(M. B. Tomo I, págs. 301-302. M. O. Década 1,14; págs. 79-81)

Se acercaba el final del Curso de humanidades 1833-34, épo­ca en la que los estudiantes que terminan dichos estudios suelen deliberar sobre el rumbo de su vocación.

«El sueño de Murialdo escribe Don Bosco en sus Memo­riasperduraba grabado en mi mente, de tal manera que la visión del mismo se renovaba en mí, cada vez con mayor claridad. Por tanto, si quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico, al cual sentía verdadera inclinación; mas al encontrarme falto de las virtudes necesarias, mi decisión se hacía difícil y dudosa. ¡Oh, si hubiese tenido entonces un guía que se cuidase de mi vocación! Dispo­nía de un confesor que quería hacer de mí un buen cristiano, pero quejamos quiso mezclarse en los asuntos de mi vocación.

Consultando conmigo mismo y después de leer algún libro que trataba sobre la elección de estado, me decidí a entrar en la Orden Franciscana. Si me hago clérigo secular me decía a mí mismomi vocación corre grande riesgo de naufragio. Abrazaré el estado religioso, renunciaré al mundo, entraré en un claustro, me entregaré al estudio, a la meditación y en el retiro podré com­batir las pasiones, especialmente la soberbia, que había echado hondas raíces en mi corazón. Hice, por tanto, la petición al Convento de Reformados; sufrí examen; fui aceptado, quedando todo preparado para mi ingreso en el Convento de La Paz, en Chieri.

Pocos días antes de la fecha establecida para mi entrada, tuve un sueño de lo más extraño».
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Me pareció ver una multitud de religiosos de dicha Orden con los hábitos sucios y desgarrados, corriendo en sentido contrario unos de otros. Uno de ellos se acercó a mí para decirme:

—Tú buscas la paz y aquí no encontraras la paz. Ya ves la situación de tus hermanos. Dios te tiene preparado otro lugar y otra mies.

Quise hacer algunas preguntas a aquel religioso, pero un ruido me despertó y no volví a ver cosa alguna.

Lo expuse todo a mi director que no quiso oír hablar ni de sue­ños ni de frailes:
—En este asunto —me dijo— es necesario que cada uno siga sus inclinaciones y no los consejos de los demás.
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Tal es la traducción del texto de las Memorias de Don Bosco.

Don Lemovne se expresa en estos términos en las Memorias Biográficas al relatar el mismo sueño:

«Aproximándose la fiesta de Pascua, cuenta el mismo Don Bosco, que en aquel año de 1834 cayó en 30 de marzo, hice la petición para ser admitido entre los Franciscanos Reformados. Mientras aguardaba la respuesta y sin haber manifestado a nadie mis propósitos, he aquí que un buen día se me presenta un com­pañero llamado Eugenio Meco, con el cual tenía poca familiari­dad y me pregunta:

—¿Qué, has decidido hacerte franciscano?

Lo miré maravillado y le dije:

¿Quién te ha dicho eso?

Y enseñándome una carta, replicó:

Me comunican que te aguardan en Turín para rendir exa­men juntamente conmigo, pues yo también he decidido abrazar el estado religioso en esta Orden.

Fui pues, al Convento de Santa María de los Ángeles, de Tu­rín; hice el examen y fui aceptado para la mitad de abril, que­dando todo preparado para ingresar en el Convento de La Paz, de Chieri. Pero poco antes de la fecha señalada para mi ingreso en dicho Convento, tuve un sueño de lo más extraño».
Y a continuación sigue el relato del mismo tal y como lo he­mos consignado anteriormente, traducido de las Memorias per­sonales de Don Bosco.

Los Padres Franciscanos conservan un certificado relaciona­do con este hecho que dice así:
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«Anno 1834 receptus fuit in conventu S. Mariae Angelorum Ord. Reformat. S. Francisci, juvenis Joannes Bosco, a Castronovo, natus die 17 augusti 1815, baptizatus, et confirmatus. Habet requisita et vota omnia.Die 18 aprilis.

Ex libro II, in quo describuntur juvenes postulantes ad Ordinem acceptati et aprobati ab anno 1638 ad annum 1838. Padre Constantino de Valcamonica».

SACERDOTE Y SASTRE

SUEÑO 7.AÑO DE 1836.

(M. B. Tomo I, págs. 381-382)

Mientras se entregaba al ejercicio de las más sólidas virtudes y a los estudios de la filosofía, Juan sentía crecer siempre más y más en su corazón el deseo de dedicarse a los jóvenes que acudían a su alrededor para aprender el Catecismo y ejercitarse en la oración; aprovechando para ello las ocasiones en que los superiores lo en­viaban a la Catedral para intervenir en las funciones religiosas.

La divina bondad, que tenía los ojos puestos en él con amoro­sos designios, comenzó a manifestarle en forma más detallada el género de apostolado que había de ejercer en medio de la juventud.
Así ¡o hizo saber él mismo en el Oratorio, en forma reserva­da, a algunos de los suyos, entre los que se encontraban Don Juan Turchi y Don Domingo Ruffino.
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—¿Quién iba a imaginar —decía— la manera cómo me vi cuan­do estudiaba el primer curso de filosofía?

Y uno de los presentes le preguntó:

—¿Dónde, en sueño o en la realidad?

—Eso no hace al caso—replicó Don Bosco.

Lo cierto es que me vi ya sacerdote, con roquete y estola y qué así revestido trabajaba en un taller de sastrería; pero, no haciendo prendas nuevas, sino zurciendo algunas ropas muy deterioradas y uniendo entre sí una gran cantidad de pequeñas piezas de paño. De momento no pude comprender el significado de todo aquello, ni dije nada a nadie de cuanto había visto, hasta que siendo ya sacerdote se lo conté a mi consejero Don Cafasso.
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Este sueño escribe Don Lemoynequedó indeleble en la mente de Don Bosco. Con él se le quiso significar que su misión no se limitaría simplemente a seleccionar jóvenes virtuosos ayu­dándoles a conservarse en la virtud, sino que también habría de reunir a su alrededor a otros jovencitos descarriados y amenaza­dos por los peligros del mundo, los cuales, merced a sus cuida­dos se trocarían en buenos cristianos, cooperando ellos, después, a la reforma de la sociedad.

EL SUEÑO A LOS VEINTIÚN AÑOS

SUEÑO 8.AÑO DE 1831.
(M. B. Tomo I. págs. 423-425)

Hasta llegar al sacerdocio, el clérigo Bosco solía subir todos los días a la colina que dominaba la viña propiedad del señor Turco, pa­sando muchas horas a la sombra de los árboles que la coronaban.

En dicho lugar se dedicaba a estudiar las materias que no ha­bía podido ver durante el año escolástico; especialmente la His­toria del Antiguo y del Nuevo Testamento de Calmet, la Geografía de los Santos Lugares y los rudimentos de la lengua hebrea, consiguiendo notables conocimientos sobre cada una de estas disciplinas.

Aún en el 1884 se recordaba de los estudios hechos sobre di­cha lengua y así lo oímos en Roma, con gran estupor, discutir so­bre esta materia con un sacerdote profesor de hebreo y hablar sobre el valor gramatical y el significado de ciertas frases de los Profetas, confrontando varios textos paralelos de diversos libros de la Biblia. Ocupábase también de la traducción del Nuevo Tes­tamento del griego y de preparar algunos sermones. Previendo la necesidad que tendría en el futuro de las lenguas modernas, se dio en este tiempo al estudio de la lengua francesa. Después del latín y del italiano, profesó una predilección especial a los idiomas hebreo, griego y francés. Muchas veces le oímos decir:

Mis estudios los hice en la viña de José Turco, en la Renenta.

Y la finalidad que perseguía al estudiar, era hacerse digno de su vocación, capacitándose para instruir y educar a la juventud.
En efecto, como un día se acercase a José Turco, con el cual le unía una estrecha amistad, mientras trabajaba en la viña, éste comenzó a decirle:

Ahora eres clérigo y pronto serás sacerdote. ¿Que harás entonces?

Juan le contestó:

No siento inclinación hacia el cargo de párroco o de vicario-coadjutor; en cambio me gustaría congregar a mí alrededor a mu­chos jovencitos abandonados para instruirlos y educarlos cristianamente.
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Habiéndose encontrado otro día con el mismo, Juan le confió que había tenido un sueño en el cual se le indicaba que al correr de los años se establecería en cierto lugar, donde recogería un gran nú­mero de jovencitos para instruirlos y orientarlos por el camino de la salvación. Nada dijo del sitio que le había sido indicado, pero parece ser que aludiese a cuanto contó por primera vez a sus hijos del Ora­torio en el año de 1858, entre los cuales se hallaban presentes Cagliero, Rúa, Francesia y otros. Le pareció ver el valle que se extendía al pie de la granja de Susambrino convertido en una gran ciudad, por cuyas calles y plazas discurrían grupos de muchachos al­borotando, jugando y blasfemando.

Como sentía un gran horror a la blasfemia y estaba dotado de un carácter un poco vivo e impetuoso, se acercó a aquellos mucha­chos echándoles en cara su proceder y amenazándoles con pasar a los hechos si no cesaban de proferir blasfemias. Y como en efecto, aquellos jovenzuelos prosiguiesen en sus insultos contra Dios y con­tra la Santísima Virgen, Juan comenzó a golpearlos. Más ellos reac­cionaron y arrojándose sobre él lo abrumaron a pescozones y puñetazos. Juan entonces se dio a la fuga; pero al punto le salió al encuentro un Personaje, que le intimó a que se detuviese, ordenán­dole que volviese entre aquellos rapazuelos y les persuadiese de que fuesen buenos y evitasen el mal. Hizo después referencia a los golpes que había recibido, objetando que si volvía entre aquellos mu­chachos tal vez le sucediera algo peor. Entonces el Personaje le pre­sentó a una nobilísima Señora, que en aquellos momentos se acercaba hacia ellos, y le dijo:

—Esta es mi Madre; aconséjate con Ella.

La Señora, fijando en él una mirada llena de bondad, le habló así:

—Si quieres ganarte a esos rapazuelos, no debes hacerles frente con los golpes, sino que los has de tratar con dulzura y has de usar de la persuasión.

Y entonces, como en el primer sueño vio a los jóvenes trasformados en fieras y después en ovejas y corderillos, al frente de los cuales se, puso como pastor por encargo de aquella Señora.
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Este sueño tuvo lugar en las vacaciones del 1838, cuando Juan acababa de terminar el primer curso de Teología; contaba, pues, entonces Don Bosco, veintiún años, por eso a este sueño se le conoce con el nombre de "El sueño de los veintiún años", no siendo otra cosa que ¡a confirmación del que había tenido a los nueve años. Manifestándole así la Providencia de una mane­ra superabundante la finalidad y el carácter de su futura misión.
Don Lemoyne, después de hacer el relato del sueño, añade estas palabras: "Probablemente fue en esta ocasión cuando Don Bosco vio el Oratorio con todas sus dependencias, preparadas para acoger a sus muchachos.

En efecto: Don Bosio, natural de Castagnole, párroco de Levone Canavés, compañero de Don Bosco en el Seminario de Chieri, habiendo visitado por primera vez el Oratorio en 1890, al llegar al patio central del Oratorio y estando rodeado de los miembros del Capítulo Superior de la Pía Sociedad de San Fran­cisco de Sales, girando la vista a su alrededor y observando el conjunto de los edificios, exclamó:

"De todo esto que ahora estoy viendo, nada me resulta nue­vo. Don Bosco, cuando estábamos en el Seminario me lo descri­bió todo, como si estuviese viendo con sus propios ojos cuanto describía y como yo lo estoy viendo ahora, comprobando al mismo tiempo la exactitud de sus palabras». Y al decir esto se sintió presa de una profunda emoción al recordar al compañero y al amigo.

También el teólogo Cinzano aseguraba a Don Joaquín Berto y a otros sacerdotes, que el joven Bosco le había asegurado, ple­namente convencido de ello, que en el porvenir tendría a su dis­posición numerosos sacerdotes, clérigos, jóvenes estudiantes y artesanos y una hermosa banda de música.

He aquí las palabras con que cierra Don Lemoyne el Capítulo XLVII del primer tomo de las Memorias Biográficas:
"Al llegar aquí no podemos por menos de echar una mirada retrospectiva al progresivo y racional sucederse de los varios y sorprendentes sueños. A los nueve años se le da a conocer la grandio­sa misión que le será confiada; a los dieciséis se le prometen los medios materiales, indispensables para albergar y alimentar a innu­merables jovencitos; a los diecinueve, una orden imperiosa le hace saber que no es libre de aceptar o rechazar la misión que se le enco­mienda; a los veintiuno se le manifiesta claramente la clase de jóve­nes de cuyo bien espiritual deberá cuidarse; a ¡os veintidós se le señala una gran ciudad, Turín, en la cual deberá iniciar sus apostó­licas tareas y sus funciones. No finalizando aquí estas misteriosas indicaciones, sino que continuarán de una manera intermitente hasta que la obra de Dios quede establecida".

LA PASTORCILLA Y EL REBANO

SUEÑO 9.AÑO DE 1844.

(Tomo II, págs. 243-245. M. O. Déc. II, págs. 134-136)

Cuenta Don Bosco en sus Memorias:

«El segundo domingo de octubre de aquel año de 1884, tenía que comunicar a mis muchachos que el Oratorio había de ser trasladado a Valdocco. Pero la incertidumbre del lugar, de las personas, de los medios con que había de contar me tenían gran­demente preocupado. La noche precedente fui a descansar con el corazón lleno de inquietud. Durante toda ella tuve un sueño que me pareció como un apéndice del que tuve por primera vez en Becchi cuando apenas contaba nueve años.

Mi deseo es exponerlo aquí literalmente».

«Soñé que me encontraba en medio de una gran cantidad de lo­bos, de cabras, cabritos, corderos, ovejas, cameros, pájaros, pe­rros... Todos al mismo tiempo hacían un ruido, un estrépito, o mejor dicho, un estruendo diabólico, capaz de infundir espanto al más animoso. Yo quise huir, cuando una Señora, admirablemente vestida de pastorcilla, me indicó que siguiese y acompañase a aque­lla extraña grey, mientras Ella iba delante. Anduvimos vagando de un lugar a otro: hicimos tres estaciones o paradas; en cada una de ellas muchos de aquellos animales se trocaban en corderos, cuyo número iba progresivamente en aumento. Después de haber cami­nado mucho, me encontré en un prado, en el que aquellas bestezuelas comenzaron a triscar y a comer al mismo tiempo, sin que las unas molestasen a las otras.

Abrumado por el cansancio, quise sentarme al borde de un camino cercano, pero la Pastorcilla me invitó a que prosiguiese adelante. Des­pués de recorrer un breve espacio de terreno, me encontré en un am­plio patio con un pórtico alrededor, en cuyo extremo había una iglesia. Entonces me di cuenta de que las cuatro quintas partes de aquellos ani­males se habían convertido en corderos. Su número se había hecho grandísimo. En aquel momento llegaron algunos pastorcillos para cus­todiarlos, pero después de detenerse un poco, se marcharon. Después sucedió algo maravilloso. Muchos corderos se trocaban en pastores, que, al crecer en número, cuidaban de los demás. Al aumentar tan considerablemente el número de los pastores, se dividieron en grupos y marcharon a diversos lugares, para reunir á otros animales extraños y guiarlos a distintos rediles.

Yo quise marcharme porque me parecía que era la hora de cele­brar la Santa Misa, pero la Pastorcilla me invitó a dirigir la mirada al mediodía. Entonces vi un campo sembrado de maíz, patatas, repo­llos, remolachas, lechugas y otras hortalizas.

—Mira otra vez, —me dijo la Pastorcilla.

Y al dirigir mi vista a aquel mismo lugar, vi una magnífica iglesia.

Una orquesta y una banda de música instrumental y una agrupa­ción coral me invitaron a cantar la Misa. En el interior de aquella iglesia se veía una franja blanca, en la cual se leía escrito con carac­teres cubitales: Hic domus mea, inde gloria mea.

Continuando el sueño, quise preguntar a la Pastora dónde me encontraba; qué significaban aquella caminata, las paradas, la casa, la primera iglesia y la segunda.

—Todo lo comprenderás —me dijo— cuando con los ojos mate­riales veas cuanto has podido apreciar con los ojos de la mente.

Pero, pareciéndome que estaba despierto, dije:

—Yo lo veo todo claramente con mis ojos materiales; sé adonde voy y lo que hago.

En aquel momento sonó la campana del Ángelus de la iglesia de San Francisco de Asís y me desperté.
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Este sueño me ocupó casi toda la noche; vi durante él otros mu­chos detalles. Entonces comprendí poco de su significado, pues, des­confiando de mí daba poco crédito a cuanto había visto; pero todo ¡o fui comprendiendo cuando se impuso la realidad de los hechos.
Las tres paradas indicadas en este sueño representan el tras­lado del Oratorio al Refugio de la Marquesa Barolo, donde se instaló la primera capilla dedicada a San Francisco de Sales; la marcha de este lugar a San Martín de los Molinos Dora y, por últi­mo, la ida a la Casa Moretta, alquilada por San Juan Bosco en noviem­bre del 1845 y ocupada hasta la primavera del año siguiente.

El patio con sus pórticos y con la iglesia que vio en el sueño, son los del Oratorio instalado ya definitivamente en el cobertizo Pinardi; nos referirnos a la primera iglesia contemplada en la visión.

La segunda iglesia, a laque califica de magnífica, no es otra que lá de San Francisco de Sales, consagrada el 20 de junio de 1852.

La frase latina que aparece en el sueño, fue vista por San Juan Bosco en tres ocasiones y formas distintas.

La primera en la "magnífica iglesia" del sueño que acabamos de narrar en la que pudo ver escrito en caracteres cubitales «HlC DOMUS MEA, INDE GLORIA MEA». La segunda vez le pareció contem­plar un mote parecido en la Capilla Pinardi: «HAEC EST DOMUS MEA, INDE GLORIA MEA». La tercera vez leyó en la fachada de una casa capaz para dar acogida a varios centenares de jovencitos, casa que aún no existía: «HlC NOMEN MEUM, HINC INDE EXIBIT GLO­RIA MEA».

EL PORVENIR DEL ORATORIO

SUEÑO 10.--- AÑO DE 1845.

(M. B. Tomo II, págs. 298-300)
Al presente sueño se le conoce también con el título de "El sueño de ¡a cinta mágica". He aquí el texto del mismo tal como nos lo ofre­cen las Memorias Biográficas en el tomo y página anteriormente cita­dos:
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Pareció encontrarme en una gran llanura ocupada por una in­mensa multitud de jóvenes. Unos reñían entre sí, otros blasfemaban.

Acá se robaba, allá se ofendían las buenas costumbres. Una nube de piedras surcaba los aires, lanzadas por los que hacían gue­rrillas los unos contra los otros. Eran, pues, jóvenes corrompidos, abandonados por sus padres. Yo estaba para alejarme de aquel lu­gar cuando vi junto a mí a una Señora que me dijo:

—Ponte en medio de esos jóvenes y trabaja.

Yo obedecí, pero ¿qué hacer? No había local alguno para acogerlos; deseaba hacerles un poco de bien y me dirigí a algunas personas que me contemplaban desde lejos y que me habrían podi­do ayudar muy eficazmente; pero nadie me hacía caso, ni me quería socorrer. Entonces me dirigí a aquella Matrona, la cual me dijo:

—Aquí tienes el local, —y me señaló un prado.

—Pero, esto no es más que un prado —observé yo.
Ella me respondió:

—Mi Hijo y los Apóstoles no tuvieron un palmo de terreno don­de reclinar la cabeza.

Comencé, pues, a trabajar en aquel prado, amonestando, predicando, confesando, pero comprobé que con la mayor parte de aquellos jóvenes mis esfuerzos eran inútiles si no encontraba un lu­gar cerrado y algunos edificios para albergarlos; sobre todo para los que habían sido abandonados por sus padres y repudiados y despreciados por la sociedad. Entonces aquella Señora me condujo un poco más hacia el septentrión y me dijo:

—¡Mira!

Y al dirigir mi vista hacia el lugar indicado, vi una iglesia peque­ña y baja, un trozo de patio y muchos jóvenes. Recomencé mi la­bor. Pero como la iglesia era insuficiente, recurrí de nuevo a la Señora y Ella me hizo ver un templo mayor y junto a él una casa. Después, llevándome hacia un lado, a un trozo de terreno cultivado, casi frente a la fachada de la segunda iglesia, añadió:

—En este lugar, donde los Santos Mártires de Turín, Aventor y Octavio sufrieron el martirio, sobre esta tierra bañada y santificada ron su sangre, deseo que Dios sea honrado de un modo especialísimo.

Y al decir esto, adelantó un pie señalando el lugar donde dichos santos fueron martirizados, indicándomelo con toda precisión. Yo quise colocar alguna señal para recordarlo cuando volviese a aquel lugar, pero no encontré nada a mi alrededor; ni un palo, ni una pie­dra; con todo, se me quedó fijo en la memoria con toda precisión. Corresponde dicho lugar exactamente al ángulo interno de la capilla de los Santos Mártires, antes de Santa Ana, situada al lado del Evangelio en la iglesia de María Auxiliadora.

Entretanto me vi rodeado de un número cada vez más creciente de jovencitos; pero dirigiendo la mirada a aquella Señora, aumenta­ban también los medios y el local. Vi después una grandísima igle­sia, precisamente en el lugar en que me había dicho haber sufrido el martirio los santos de la Legión Tebea y alrededor de ella numero­sos edificios y un monumento en el centro.

Mientras sucedían estas cosas, yo siempre en sueños, vi que me ayudaban en mi labor algunos sacerdotes y clérigos, que después de es­tar conmigo algún tiempo, me abandonaban. Yo procuraba con gran empeño atraérmelos, pero ellos poco a poco se marchaban dejándome solo.

Entonces me dirigí a la Señora nuevamente, la cual me dijo:

—¿Quieres saber lo que has de hacer para que no te abando­nen? Toma esta cinta y átales con ella la frente.

Tomé con toda reverencia una cinta blanca de la mano de la Se­ñora y vi que en ella estaba escrita esta palabra: OBEDIENCIA.

Probé a hacer inmediatamente lo que Ella me había indicado y co­mencé a atar la cabeza de mis auxiliares voluntarios con la cinta, com­probando que se producía seguidamente un efecto maravilloso; efecto que iba en aumento mientras yo continuaba entregado a la misión que me había sido señalada, pues aquellos sacerdotes y clérigos desechaban el pensamiento de marcharse a otra parte, quedándose conmigo ayudándome en mi labor. Así quedó constituida la Congregación.

Vi también otras muchas cosas que no es del caso relatar en es­tos momentos; baste decir que desde entonces proseguí la ruta emprendida con seguridad, ya respecto al Oratorio, ya respecto a la Congregación; bien sobre la manera de conducirme en mis relacio­nes con las personas externas revestidas de alguna autoridad. Las grandes dificultades que sobrevendrán están todas previstas y conoz­co los medios que he de emplear para superarlas. He visto detalla­damente cuanto nos sucederá y prosigo adelante a plena luz. Después de haber contemplado iglesias, casas, patios, jóvenes en gran número, clérigos y sacerdotes que me ayudaban y la manera de llevarlo todo adelante, comencé a dar a conocer a algunos ciertas cosas como si ya existiesen, por eso muchos llegaron a creer que yo había perdido la cabeza.

Uno de los detalles que más llama la atención en este sueño es el relacionado con el lugar indicado por la Santísima Virgen como escenario del martirio de ¡os Santos Adventor y Octavio. Nuestra Señora no menciona a Solutor, porque parece ser que este santo mártir al ser herido por una lanza logró escapar, yendo después a morir a Ivrea.

Sobre esta circunstancia de la designación del sitio preciso en que sufrieron el martirio Adventor y Octavio, San Juan Bosco dejó consignado lo siguiente: «Jamás quise contar este sueño a nadie y mucho menos dar a conocer mi fundada opinión sobre el lugar exacto del glorioso martirio de Adventor y Octavio».

«Más tarde, en 1865, sugerí al Canónigo Gastaldi la idea de que escribiese las vidas de los tres santos mártires de la Legión Tebea e hiciese indagaciones para encontrar el lugar preciso de su martirio, sirviéndose de los datos suministrados por la historia, la tradición y la topografía. El docto eclesiástico aceptó la idea; redactó y dio a la imprenta unas memorias sobre el martirio de los intrépidos confe­sores de la fe, sacando como conclusión de su documentado estu­dio que se ignoraba el lugar preciso del mismo, pero que se sabía con toda certeza que se habían refugiado fuera de la ciudad, cerca del río Dora y que fueron descubiertos y sacrificados por sus perse­guidores en las proximidades del lugar en que se habían escondido.

El gran trecho existente entre los muros de la ciudad y el río Dora, hacia el occidente del barrio de este nombre, fue conocido en la antigüedad con la denominación latina de Vallis o Vallum occisorum, que se transformó con el tiempo en Val d'occo, alu­diendo quizá a los mártires allí sacrificados.

Según el Canónigo Gastaldi, teniendo a la vista la topografía de la ciudad de Turín, el Oratorio de San Francisco de Sales se levanta precisamente en el lugar bendito regado con la sangre de los confesores de Cristo».

San Juan Bosco se alegró mucho de esta opinión que venía a con­firmar cuanto había visto en el sueño; profesando desde enton­ces una gran devoción a los santos mártires. Todos ¡os años, en la festividad de San Mauricio, incorporando el nombre y la gloria del jefe al de los componentes de la Legión Tebea y de una ma­nera especial a sus tres esclarecidos soldados, Adventor, Solutor y Octavio, quiso que se celebrase dicha festividad con solemnes actos religiosos.

LOS MÁRTIRES DE TURIN

SUEÑO 11 .AÑO DE 1845.

(M. B. Tomo I!, págs. 342-343)

Un nuevo sueño había de ilustrar la mente de San Juan Bpsco so­bre el fin glorioso de los esclarecidos mártires de Turín, Adven­tor, Octavio y Solutor, cuyo martirio había tenido como escenario, según lo indicara la Señora de sus pensamientos, el mismo lugar en que sus obras comenzaban a incrementarse pro­digiosamente.

He aquí lo que nos dice Lemoyne, que recogió el relato de la­bios del Santo:
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Le pareció encontrarse en el extremo septentrional del Rondó o Círculo Valdocco y dirigiendo la mirada hacia el Dora, entre los es­beltos árboles que en aquel tiempo adornaban, perfectamente alineados, la avenida hoy denominada Regina Margherita, vio hacia la parte baja, a una distancia de unos setenta metros de la contigua calle Cottolengo, en un campo sembrado de patatas, maíz, fréjoles y repollos, a tres bellísimos jóvenes resplandecientes de luz. Estaban a pie firme en el mismo espacio que le había sido indicado en el sueño precedente, como teatro de su glorioso martirio. Los tres le invitaron a bajar y a unirse a ellos. San Juan Bosco se apresuró a hacer­lo, y cuando, estuvo en su compañía le condujeron amablemente hasta el extremo del lugar en el que ahora se eleva la majestuosa iglesia de María Auxiliadora. El Santo, después de recorrer un breve espacio, yendo de maravilla en maravilla, se encontró en presencia de una Matrona magníficamente ataviada y de una indeci­ble hermosura, de extraordinario esplendor y majestad, junto a la cual se veía un venerable senado de ancianos con aspecto de prínci­pes. A Ella como a Reina formábanle cortejo innumerables persona­jes de una belleza y de una gracia deslumbradoras. La Matrona, que había aparecido en el lugar que hoy ocupa el altar mayor de la igle­sia grande, invitó a San Juan Bosco a que se le acercara. Cuando lo tuvo junto a sí, le manifestó que aquellos tres jóvenes que le habían con­ducido a su presencia, eran los Mártires Solutor, Adventor y Oc­tavio, y con esto parecía quererle indicar que ellos serían los patronos especiales de aquel lugar.

Después, con una encantadora sonrisa y con afectuosas palabras lo animó a que no abandonara a sus jóvenes y a proseguir cada vez con mayor entusiasmo la obra emprendida; le anunció que encontraría obs­táculos al parecer insuperables, pero que todos serían vencidos y alla­nados si ponía su confianza en la Madre de Dios y en su Divino Hijo.

Finalmente le mostró a poca distancia una casa, que realmente existía y que después supo ser propiedad de un tal señor Pinardi, y una pequeña iglesia en el sitio preciso en el que ahora se encuentra la de San Francisco de Sales con los edificios anexos. Levantando la diestra, la Señora exclamó con voz inefablemente armoniosa: «HAEC EST DOMUS MEA: INDE GLORIA MEA».

Al oír estas palabras, San Juan Bosco se sintió tan emocionado que se estremeció y entonces la figura de la Virgen, que tal era aquella Señora y toda aquella visión desapareció como la niebla en presen­cia del sol. El, entre tanto, confiado en la bondad y en la misericor­dia divina, renovó a los pies de la Santísima Virgen la consagración de sí mismo a la obra a la cual había sido llamado.
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A la mañana siguiente, muy contento por el sueño que había tenido ¡a noche anterior, Don Bosco se apresuró a visitar la casa que la Virgen le había indicado.

Al salir de su habitación dijo al teólogo Borel:

Voy a ver una casa a propósito para nuestro Oratorio.

Pero, cual no sería su sorpresa cuando, al ¡legar al lugar indi­cado, en vez de encontrar una casa con una iglesia, halló una morada de gente de mala vida.

Al regresar al Refugio y habiendo sido interrogado por el mismo teólogo, sin más explicación, le dijo que la casa sobre la cual había fundado sus proyectos, no le servía para el fin propuesto.

En otro sueño recibió de la Virgen la explicación, y el sitio le sirvió.

SUERTE DE DOS JÓVENES QUE ABANDONAN EL ORATORIO

SUEÑO 12.AÑO DE 1846.

(M. B. Tomo II, pág. 511)

Ante los peligros y pérdidas de las almas y frente a la ofensa de Dios, San Juan Bosco nunca pudo permanecer indiferente.
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En aquellos días San Juan Bosco tuvo un sueño que le causó un dolor profundo. Vio a dos jovencitos, a los cuales conocía, saliendo de Turín para dirigirse a Becchi; pero cuando llegaron al puente del Po se les echó encima una bestia de aspecto feroz. Esta, después de ha­berlos embadurnado con su baba, los arrojó al suelo y revoleándolos largo tiempo en el fango los dejó recubiertos de tal suciedad que sólo el mirarlos causaba náuseas.
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San Juan Bosco narró este sueño a algunos de los que estaban con él, diciendo los nombres de los dos jóvenes que había visto en el mismo; y los hechos demostraron que no se trataba de mera fantasía, pues aquellos dos infelices, después de abandonar el Oratorio se dieron a toda clase de desórdenes.

Testigo del relato de este sueño fue el fiel Buzzetti, una de las primeras figuras del Oratorio a pesar de su condición de coadjutor, vocación que siguió por imposición de los hechos.

Nacido en Caronno Ghiringhelio, provincia de Lombardia, el 7 de febrero de 1832, vivió con San Juan Bosco hasta la edad de cin­cuenta y nueve años, en que murió en el Oratorio un 13 de julio.

Fue uno de los cuatro escogidos por el Santo para fundar la Congregación Salesiana, recibiendo el hábito talar el día de la Puri­ficación de Nuestra Señora de 1851, fecha en la que en el Oratorio se celebraba también ¡a fiesta de San Francisco de Sales.

En marzo del año siguiente, como consecuencia de un acci­dente pirotécnico, perdió el dedo índice de la mano izquierda, accidente que le obligó a dejar la sotana. Continuó viviendo con San Juan Bosco y durante muchos años, debido a su gran delicadeza de conciencia, no se atrevió a profesar, hasta que en 1878, dio definitivamente su nombre a la Congregación.

ENTREVISTA CON COMOLLO Y PRECIO DE UN CÁLIZ

SUEÑO 13.AÑO DE 1847.

(M. B. Tomo III, págs. 30-31)
Luis Comollo fue compañero de San Juan Bosco en el Seminario de Chieri; joven de raras virtudes, pronto entabló estrecha amis­tad con el Santo.

Luis era el monitor de Juan y viceversa. Amistad pura, desinteresada, de noble, de verdadera emulación. De salud en­fermiza, Comollo ¡legó a desmejorar visiblemente y acentuándo­se el mal, murió santamente el 2 de abril de 1839. Esto afligió profundamente el corazón sensibilísimo de Juan, causándole al mismo tiempo graves trastornos en la salud.

Los dos amigos y émulos en la virtud, discurrieron sobre co­sas espirituales,  llegaron a prometerse recíprocamente,  entre broma y serio, el comunicarse después de la muerte la suerte co­rrida al pasar los umbrales de la eternidad; promesa que cono­cían muchos otros de sus compañeros.

Y precisamente la noche del 3 al 4 de abril o la inmediata si­guiente al sepelio de Comollo, hacia la madrugada, y cuando to­dos dormían, oyóse un estruendo formidable en el dormitorio de Juan, mientras una luz vivísima avanzaba hacia su cama y una voz le decía clara y distintamente:

—¡Bosco, Bosco, me he salvado!  Cesó seguidamente el ruido y poco a poco desapareció la luz.

Juan, incorporado en el lecho y sobrecogido ante aquella vi­sión, distinguió perfectamente la voz de su amigo, quien había venido a cumplir ¡a palabra empeñada.

Los seminaristas que ocupaban las camas inmediatas, tam­bién lo oyeron.
Los más, aterrados, saltaron del lecho y agrupados en torno al vigilante pasaron levantados el resto de la noche, no faltando quienes fueron a refugiarse a la Capilla.

El hecho produjo el consiguiente revuelo, pero todo sirvió para poner de relieve la recia personalidad del seminarista de Becchi.

Este llevó, sin embargo, la peor parte, pues el acontecimiento le costó una enfermedad larga y penosa. Después, amaestrado por esta experiencia, solía aconsejar que no se hicieran tales pac­tos; pues no es fácil a la flaqueza humana soportar ¡as relaciones con lo sobrenatural.

Al producirse, pues, el sueño que vamos a exponer a conti­nuación y en el que aparece nuevamente Luis Comollo, habían pasado ya más de seis años de la muerte de éste.

He aquí lo que narra Don Lemoyne:

«La habitación ocupada por San Juan Bosco fue siempre conside­rada por los jóvenes como el santuario de las más bellas virtu­des; como un tabernáculo en el cual la Santísima Virgen se complacía en manifestarle la voluntad divina; como un vestíbulo que ponía al Oratorio en comunicación con ¡as regiones celestes. Y cuantos se personaban en ella, no podían por menos de expe­rimentar un sentimiento de profunda reverencia.

Mamá Margarita no pensaba diversamente. Ella misma había trasladado su propio lecho a la habitación más próxima a la de su hijo. Estaba persuadida, pues así se lo habían demostrado al­gunos detalles, de que su hijo pasaba en oración gran parte de la noche y de que en aquellos días sucedía algo sorprendente que ella no se sabía explicar.

En efecto: Margarita contaba al joven Santiago Bellia que en cierta ocasión, algunas horas antes del amanecer, había oído ha­blar a [San] Juan Bosco en su habitación. Unas veces parecía que con­testase a las preguntas que se le hacían y otras, que respondía a su interlocutor. A pesar de la atención de la buena mujer, no pudo entender ni una sola palabra de aquel extraño diálogo. Por la mañana, aunque tenía la seguridad de que nadie podía entrar en la habitación de [San] Juan Bosco sin que ella lo notase, preguntó a su hijo con quién había estado hablando. Este le contestó:

He hablado con Luis Comollo.

Pero Comollo hace años que murió, replicó Margarita.

—Y con todo, es así. He hablado con él.

San Juan Bosco no añadió explicación alguna, dando muestras de que una gran idea le preocupaba. Encendido el rostro como una brasa y con los ojos extraordinariamente brillantes, fue presa de una emoción que le duró varios días.

El joven Santiago Bellia, que figura en este relato, fue uno de ¡os afortunados elegidos por San Juan Bosco en 1849 para formar la Congregación Salesiana. Vistió el hábito clerical de manos del fundador el 2 de febrero de.1851.
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«Poco tiempo después —continúa Don Lemoyne— [San] Juan Bosco necesitaba un cáliz y no sabía cómo adquirirlo, pues no disponía de la cantidad necesaria para comprarlo. Cuando he aquí que una no­che le fue indicado en un sueño que en su baúl había una cantidad suficiente para tal objeto. A la mañana siguiente fue a Turín para varios asuntos y mientras caminaba con la mente fija en el sueño que había tenido la noche precedente, pensaba al mismo tiempo en la satisfacción que sentiría si aquel sueño se hubiese trocado en re­alidad; de forma que se decidió a volver a casa para registrar el baúl. Al hacerlo, se encontró en él ocho escudos. Precisamente la canti­dad que necesitaba para la compra del cáliz. Ningún extraño podía haber puesto aquella suma allí, porque la casa estaba siempre cerra­da. Su madre no disponía de dinero como para proporcionarle semejantes sorpresas, quedando también ella gratamente sorprendida cuando supo lo sucedido».
EL EMPARRADO

SUEÑO 14.AÑO DE 1847.

(M. B. Tomo III, págs. 32-37)
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En 1864, una noche, después de las oraciones, Don Bosco reunía en su habitación para darles una conferencia, según era su costumbre, a los jóvenes que integraban la Congregación, entre los cuales se hallaban Don Victorio Alasonatti, [Beato] Miguel Rúa, Don Juan Cagliero, Don Celestino Durando, Don José Lazzero y Don Julio Barberis. Después de haberles hablado del desapego de las cosas del mundo y de la familia, para seguir el ejemplo de Jesucristo, les contó un sueño que había tenido dieci­siete años atrás. He aquí sus palabras:
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«Les he contado ya muchas cosas en forma de sueño de las que podíamos deducir lo mucho que la Santísima Virgen nos ama y nos ayuda; mas, ya que estamos reunidos aquí nosotros solos, para que cada uno de los presentes tenga la seguridad de que es la Santísima Virgen la que quiere nuestra Congregación y a fin de que nos ani­memos cada vez más á trabajar para la mayor gloria de Dios, os contaré, no ya un sueño, sino lo que la misma Madre de Dios me hizo ver. Ella quiere que pongamos en su bondad toda nuestra con­fianza. Yo os hablo como un padre a sus queridos hijos, pero deseo que guardéis absoluta reserva sobre cuanto os voy a decir y que nada comuniquéis de esto a los jóvenes del Oratorio o a las perso­nas de fuera, para no dar motivos a malas interpretaciones por par­te de los malintencionados.

Un día del año 1847, después de haber meditado yo mucho so­bre la manera de hacer el bien, especialmente en provecho de la ju­ventud, se me apareció la Reina de los Cielos y me condujo a un jardín delicioso. En él había un rústico pero al mismo tiempo bellísi­mo y amplio pórtico construido en forma de vestíbulo. Plantas trepadoras adornaban y cubrían las pilastras, y sus grandes ramas, exu­berantes de hojas y de flores, superponiéndose las unas a las otras, se entrelazaban al mismo tiempo, formando un gracioso toldo. Este pórtico daba a un bello sendero, a lo largo del cual se extendía un hermosísimo emparrado, flanqueado y cubierto de maravillosos ro­sales en plena floración. También el suelo estaba cubierto de rosas. La Santísima Virgen me dijo:

—Avanza bajo ese emparrado; ese es el camino que debes recorrer.

Me descalcé para no ajar aquellas flores.

Me sentí satisfecho de haberme descalzado, pues hubiera senti­do tener que pisar unas rosas tan hermosas. Y sin más, comencé a caminar; pero pronto me di cuenta de que aquellas rosas ocultaban punzantes espinas; de forma que mis pies comenzaron a sangrar. Por tanto, después de haber dado algunos pasos, me vi obligado a detenerme y seguidamente a volver atrás.

—Aquí es necesario llevar el calzado puesto, —dije a mi guía.

—¡Cierto! —me respondió— Se necesita un buen calzado.

Me calcé, pues, y volví a emprender el camino con algunos compañeros, los cuales habían aparecido en aquel momento, pi­diéndome que les permitiera acompañarme. Accedí y siguieron de­trás de mí bajo el emparrado, que era de una hermosura indecible; pero, conforme avanzaba, me parecía más estrecho y más bajo. Muchas ramas descendían de lo alto y subían como festones; otras avanzaban erectas hacia el sendero. De los troncos de los rosales sa­lían algunas ramas acá y acullá horizontalmente; otras formaban un tupido seto, invadiendo gran parte del camino; otras crecían en dis­tintas direcciones a poca altura del suelo. Todas, sin embargo, esta­ban cuajadas de rosas; yo no veía más que rosas a los lados, rosas encima de mí, rosas delante de mis pasos. Mientras tanto sentía agudos dolores en los pies y hacía algunas contorsiones con el cuerpo al tocar las rosas de una y otra parte, comprobando que entre ellas se escondían espinas aún más agudas. Con todo, proseguí ade­lante. Mis piernas se enredaban en las ramas tendidas por el suelo produciéndome dolorosas heridas; al intentar apartar una rama atra­vesada en el camino o al agacharme para pasar por debajo de algu­na otra, sentía las punzadas de las espinas, no sólo en las manos, sino en todos mis miembros. Las rosas que veía por encima de mí, también ocultaban una gran cantidad de espinas que se me clavaban en la cabeza. A pesar de ello, animado por la Santísima Virgen proseguí mi camino. De cuando en cuando experimentaba punzadas aún más intensas y penetrantes que me producían un dolor agudísimo.

Entretanto, todos aquellos, y eran muchísimos, que me veían caminar bajo aquel emparrado, decían:

¡Oh! Vean cómo [San] Juan Bosco camina siempre entre rosas; él sigue adelante sin dificultades; todo le sale bien.

Pero los tales no veían las espinas que desgarraban mis miem­bros. Muchos clérigos, sacerdotes y seglares, por mí invitados, co­menzaron a seguirme con premura, atraídos por la belleza de aquellas flores; pero cuando se dieron cuenta de que era necesario caminar sobre punzantes espinas y que éstas brotaban por todas partes, comenzaron a decir a voz en grito:

¡Nos han engañado!

—El que quiera caminar sin dificultad alguna sobre las rosas — les decía yo— que se vuelva atrás; los demás que me sigan.

No pocos volvieron atrás. Después de haber recorrido un buen trecho de camino, me volví para observar a mis compañeros. Pero ¡cuál no sería mi dolor!, al ver que Una gran parte de ellos había de­saparecido y otra parte, volviéndome las espaldas, se alejaba de mi. Inmediatamente volví atrás para llamarlos, pero todo fue inútil, pues ni siquiera me escuchaban. Entonces comencé a llorar desconsola­damente y a querellarme diciendo:

—¿Es posible que tenga que recorrer yo solo este camino tan difícil?

Pero pronto me sentí consolado. Vi avanzar hacia mí un nume­roso grupo de sacerdotes, de clérigos y de personas seglares, los cuales me dijeron:

—Aquí nos tienes; somos todos tuyos y estamos dispuestos a se­guirte.

Poniéndome entonces al frente de ellos reemprendí el camino. Solamente algunos se desanimaron, deteniéndose, pero la mayoría llegó conmigo a la meta.

Después de haber recorrido el emparrado en toda su longitud, me encontré en un nuevo y amenísimo jardín, rodeado de todos mis seguidores. Todos estaban macilentos, desgreñados, cubiertos de sangre. Entonces se levantó una suave brisa y al conjuro de la mis­ma todos sanaron. Sopló nuevamente otro vientecillo y, como por ensalmo, me encontré rodeado de un inmenso número de jóvenes y de clérigos, de coadjutores y de sacerdotes, que comenzaron a trabajar conmigo guiando a aquella juventud. A algunos no los cono­cía, otras fisonomías, en cambio, me eran familiares.

Entretanto, habiendo llegado a un paraje elevado del jardín, me encontré con un edificio colosal, sorprendente por su magnificencia artística, y al cruzar el umbral penetré en una espaciosa sala tan rica, que ningún palacio del mundo podría contener otra igual. Esta­ba completamente adornada con rosas fragantísimas y sin espinas, de las que emanaba un suavísimo olor. Entonces, la Santísima Vir­gen, que había sido mi guía, me preguntó:

—¿Sabes qué es lo que significa lo que estás viendo ahora y lo que has observado antes?

—No —respondí—, os ruego que me lo expliquéis.
Entonces Ella dijo:

—Has de saber que el camino por ti recorrido entre rosas y espi­nas significa el cuidado con que has de atender a la juventud; debes caminar con el calzado de la mortificación. Las espinas que estaban a flor de tierra representan los afectos sensibles, las simpatías o antipa­tías humanas que apartan al educador de su verdadero fin, que lo hie­ren o lo detienen en su misión, que le impiden avanzar y cosechar coronas para la vida eterna. Las rosas son símbolo de la caridad ar­diente que debe ser tu distintivo y el de todos tus seguidores. Las otras espinas son los obstáculos, los sufrimientos, los disgustos que tendréis que soportar. Pero, no te desanimes. Con la caridad y con la mortifica­ción superaras todas las dificultades y llegaras a las rosas sin espinas.

Apenas la Madre de Dios hubo terminado de hablar, volví en mí y me encontré en mi habitación».
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Notable es la circunstancia y muy digna de señalar, de que San Juan Bosco no habla aquí de un simple sueño, sino de una verda­dera y auténtica visión. Al comenzar a expresarse, el siervo de Dios dice categóricamente: «...A fin de que nos animemos a tra­bajar cada vez más a la mayor gloria de Dios, ¡es contaré, no ya un sueño, sino lo que la misma Madre de Dios me hizo ver».
Terminando su relato con las siguientes palabras:

«Apenas la Madre de Dios hubo terminado de hablar, volví en mí y me en­contré en mi habitación».

Tanto una como otra expresión ponen de manifiesto que aquí se trata de una verdadera visión.

ENCUENTRO CON CARLOS ALBERTO

SUEÑO 15.AÑO DE 1847.

(M. B. Tomo III, págs. 539-540)

La gratitud y el afecto que San Juan Bosco sentía hacia el rey Carlos Alberto fue puesto de manifiesto repetidas veces por el Santo, como lo atestiguan las Memorias Biográficas.

Tras hacer referencia a la liberación de Roma por las tropas francesas y a la entrega de las llaves de la Ciudad Eterna al Papa Beato Pio IX por el general Oudinot, Don Lemoyne continúa:

«Pero si [San] Juan Bosco recibió un gran consuelo al conocer esta noticia, llegó a Turín otra que causó un profundo dolor a él y a sus hijos. Gravemente enfermo de una antigua dolencia, en Oporto y abrumado bajo el peso de la desventura, Carlos Alber­to, confortado con los auxilios de nuestra Santa Religión, murió como un buen cristiano el 28 de julio de 1847. [San] Juan Bosco hizo rezar, como era su deber, por un soberano al cual estimaba y amaba sobremanera y que en repetidas ocasiones había ayudado y protegido a su institución. Su dolor iba unido a una gran esperan­za, pues el monarca había sido muy devoto de la Consolata y su ca­ridad para con los pobres había sido excepcional. Sobre su féretro no aletearon las angustiosas dudas que a veces atenazan el corazón sobre el destino eterno de un alma, antes como un amable recuerdo que ocupaba la mente de [San] Juan Bosco, de cuando en cuando, la figura de Carlos Alberto, reverdecía en la fantasía de nuestro fundador, y así, algunos años después nos contaba a dos de sus hijos esta gra­ciosa pesadilla que le había durado toda la noche:
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Me pareció encontrarme en los alrededores de Turín, paseando por el centro de una gran avenida. Cuando he aquí que viene a mi encuentro el rey Carlos Alberto, el cual, sonriente, se detuvo a saludarme.

—¡Oh, majestad!, —exclamé.

—¿Cómo está usted, [San] Juan Bosco?

—Muy bien, y me alegro mucho de verle.

—Si es así, ¿me quiere acompañar a dar un paseo?

—Con sumo gusto.

—¡Pues, vamos!

Nos pusimos en camino hacia la ciudad. El rey no llevaba puesta ninguna insignia que declarase su dignidad; vestía ropas blancas, aunque no del todo blancas.

—¿Qué piensa de mí?, —me preguntó el monarca.

—Sé que es un buen católico,—le repliqué.

—Para Vos, soy algo más que eso; sabe cómo he amado siempre su obra. Siempre tuve el mayor deseo de verla prosperar. Me habría gustado muchísimo ayudarlo, pero los acontecimientos me lo im­pidieron.

—Si es así, majestad, me atrevería a hacerle un ruego.

—Hable, hable.

—Le pediría que presidiese la fiesta de San Luis Rey que vamos a ce­lebrar en el Oratorio este año.

—Con mucho gusto: pero tenga presente que la cosa daría mu­cho que hablar; sería algo inaudito, por lo que parece que no es conveniente una fiesta tan sonada. Con todo, veré la manera de complacerlo, aun sin mi presencia.

Continuamos hablando de otras cosas hasta que llegamos cerca del Santuario de la Consolata. En dicho lugar había como una en­trada subterránea en la ladera de una elevada colina y la galería a que daba acceso, en vez de descender, subía.

—Hay que pasar por aquí, —me dijo el rey.

Y doblando las rodillas y tocando casi el suelo con su majestuosa frente, sin cambiar de postura, comenzó a subir y desapareció.

Entonces, mientras yo examinaba aquella entrada y procuraba penetrar con la vista la oscuridad de las tinieblas, me desperté».
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Compulsando la fecha de este sueño hemos comprobado que poco después, en el Oratorio se recibió un generoso donativo de la Casa Real.

El corazón de Don Bosco latía al unísono con el de Carlos Alberto, Beato Pío Pp. IX y el San José Benito Cottolengo y a sus jóvenes estuvo reservado el honor de cantar muchas veces en la Catedral la Misa de Ré­quiem en el aniversario de la muerte del monarca.

EL PORVENIR DE CAGUERO

SUEÑO 16.AÑO DE 1854.

(M. B. Tomo V, págs. 105 107)

La Santísima Virgen dio una nueva prueba de su especial protección y de su maternal agrado por cuanto los alumnos del Oratorio habían hecho en favor de los apestados de Turín, otor­gando la curación al joven Juan Cagliero, más tarde Eminentísi­mo Cardenal de la Santa Madre Iglesia.

«Mientras no existía ya esperanza alguna en los medios hu­manos escribe [Beato] Miguel RúaDon Bosco recomendó al enfermo que recurriese a la Virgen, anunciándole al mismo tiempo que sa­naría, y yo me quedé asombrado al comprobar la realización de aquella profecía».     

Vamos a exponer el hecho con todos sus pormenores:

Un día, hacia fines del mes de agosto, Juan Cagliero, cansado por el trabajo realizado en la asistencia de los enfermos, al volver del lazare­to a casa se sintió mal y hubo de acostarse. [San] Juan Bosco, que lo amaba como un padre, hizo que se le prodigasen todos los cuidados posibles para salvarlo de las terribles fiebres gástricas que padeció durante dos meses casi; pero todo fue inútil. Dada la gravedad del mal, pocos días después de haber comenzado a guardar cama, Cagliero se confesó y recibió la Sagrada Comunión. Pero las fiebres fueron en aumento de tal manera, que en el término de un mes redujeron al enfermo a los extremos. San Juan Bosco había anunciado en público que ninguno de sus hijos moriría de la epidemia reinante en la ciudad, con tal que todos sé mantuviesen en gracia de Dios. Cagliero, que entonces contaba dieciséis años, confiaba plenamente en las palabras de San Juan Bosco; pero lo peor en su caso era que su enfermedad no provenía ni mucho menos del morbo asiático. En el Oratorio todos estaban convencidos de que el paciente pasaría de un día a otro a la eternidad; el joven en­fermo, entretanto, estaba tranquilo.

Dos célebres médicos de Turín, Galvano y Bellingeri, después de una consulta, declararon que se trataba de un caso desespera­do y aconsejaron a San Juan Bosco que administrase al paciente los últimos sacramentos, pues probablemente nol¡legaría al día si­guiente. Entonces el clérigo Buzzetti advirtió a Cagliero del peli­gro en que se encontraba y le anunció que [San] Juan Bosco vendría para confesarlo, darle el Viático y administrarle la Extremaunción.

El Santo no tardó en entrar en la habitación del enfermo con la intención de prepararle al gran paso; cuando, ha­biéndose detenido en el umbral de la puerta, vio ante sus ojos un maravilloso espectáculo:
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Vio aparecer una hermosísima paloma, la cual, como un objeto luminoso, esparcía a su alrededor destellos de luz vivísima, de forma que toda la habitación estaba intensamente iluminada. Llevaba en el pico una ramita de olivo y volaba una y otra vez alrededor de la ha­bitación. Cuando deteniendo el vuelo sobre el lecho del enfermo, tocó los labios del paciente con el ramito de olivo y después lo dejó caer so­bre su cabeza. Y despidiendo una luz más viva aún, desapareció.
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San Juan Bosco comprendió entonces que Cagliero no moriría, pues le quedaban que hacer muchas cosas para gloria de Dios; que la paz, simbolizada por aquel ramo de olivo, sería anunciada por su palabra; que el resplandor de la paloma significaba la ple­nitud de la gracia del Espíritu Santo que algún día lo investiría.

Desde aquel momento el Santo alimentó la idea confusa, pero firme, que perduró siempre en él, de que el joven Ca­gliero seria Obispo. Y sin más, consideró como realizado aquel pronóstico cuando Cagliero partió por primera vez Para América.
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A esta primera visión sucedió otra. Al llegar San Juan Bosco al cen­tro de la habitación, desaparecieron como por ensalmo las paredes y alrededor del lecho del enfermo vio una gran multitud de figuras extrañas de salvajes, que tenían la mirada fija en el paciente y que llenos de temor parecían pedirle socorro. Dos hombres que sobresa­lían entre los demás, uno de aspecto fiero y negruzco y otro de co­lor de bronce, de elevada estatura y porte guerrero, con cierto aspecto de bondad, estaban inclinados sobre el pequeño moribundo.
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San Juan Bosco comprendió más tarde que aquellas fisonomías correspondían a los salvajes de la Patagonia y de la Tierra del Fue­go.

Estas dos visiones duraron breves instantes y ni el joven en­fermo ni los allí presentes se dieron cuenta de nada.

San Juan Bosco, con su acostumbrada serenidad y su habitual sonrisa, se acercó al lecho lentamente, mientras Cagliero le pre­guntaba:

¿Es acaso ésta mi última confesión? ¿Por qué me haces esa pregunta?, le replicó San Juan Bosco.

Porqué deseo saber si he de morir.

San Juan Bosco se reconcentró un poco y le dijo:

—Dime, Juan ¿te gustaría ir ahora al Paraíso, o quieres mejor curar y esperar aún?

Oh, mi querido [San] Juan Boscocontestó Cagliero—, elijo lo que sea mejor para mí.

Para ti sería ciertamente mejor el marcharte ahora mismo al Paraíso, dados tus pocos años. Pero no es ahora tiempo de ello; el Señor no quiere que mueras ahora. Hay muchas cosas que hacer; sanarás y, según tu deseo de siempre, vestirás el hábi­to clerical..., llegarás a ser sacerdote, y después... después... aquí San Juan Bosco dejó de hablar y quedó un tanto pensativo— y después... con tu breviario bajo el brazo tendrás que dar muchas vueltas... y tendrás que hacer llevar el breviario a otros muchos.... sí, tienes que hacer aún muchas cosas antes de morir... e irás lejos, muy lejos.

Y calló sin decirle adonde iría.

Si es así replicó Caglierono es necesario que me pre­pare a recibir los Sacramentos. Yo tengo mi conciencia tranquila. Me confesaré cuando me levante y cuando todos mis compañe­ros se acerquen a los Sacramentos.

Bien le contestó San Juan Bosco—, puedes aguardar hasta que te levantes.

Y ni lo confesó ni le habló más de los últimos sacramentos.

Desde aquel momento Cagliero no se preocupó lo más míni­mo de su enfermedad, pues tenía la seguridad de que su cura­ción era cosa ciertísima.

Y, en efecto, no tardó en comenzar a mejorar, entrado en una franca convalecencia. Pero cuando parecía alejado todo peli­gro, como sus parientes le hubiesen mandado en el mes de sep­tiembre un poco de uva, el muchacho la comió con avidez, como un alimento que él consideraba inofensivo, y volvió a recaer, en­contrándose al borde del sepulcro.

Se le hubo de avisar a la madre que volviese a verlo, comunicándosele al mismo tiempo el mal cariz que había vuel­to a tomar la enfermedad, y la buena mujer se apresuró a retor­nar de Castelnuovo. Apenas penetró en la habitación y vio a su hijo en aquel estado, exclamó dirigiéndose a las personas que le asistían:

¡Mi Juan está muerto! Por lo que veo, todo ha terminado.

Pero Juan, manifestando la alegría que sentía por la llegada de la madre, sin más comenzó a decirle que pensase en prepararle la sotana de clérigo con todos los demás accesorios, para su vestición clerical. La buena mujer creyó que su hijo deliraba y, en efec­to, dijo a [San] Juan Bosco que llegaba en aquel preciso momento:

Oh, [San] Juan Don Bosco, ¡cuan cierto es que mi hijo está muy malo! Está delirando y me habla de vestir el traje de sacerdote y me ha dicho que le prepare todo lo necesario.

Y el Santo le contestó:

¡No, no, mi buena Teresa!, vuestro hijo no delira, se ha ex­presado muy bien; prepararle, pues, todo lo necesario para ves­tirlo de clérigo; tiene que hacer aún muchas cosas y no puede ni quiere morir.

Cagliero, que lo oía todo, dijo:

¡Qué, mamá! ¿No lo habéis oído? Usted me hace la sotana y [San] Juan Don Bosco me la impondrá.

¡Sí, sí —exclamó la madre llorando—, ¡pobre hijo mío! Te pondremos un traje, pero Dios quiera que no sea muy distinto del que deseas.

San Juan Bosco procuró tranquilizarla, asegurándole que vería a su hijo vestido de clérigo, pero la buena mujer seguía diciendo en voz baja:

Te pondré un traje cualquiera cuando te metan en la caja.

El hijo, en cambio, sin perder la alegría, hablaba con todos los que venían a visitarlo, de la sotana que pronto vestiría. En efecto, porque tal era ¡a voluntad de Dios, cuando recuperó un tanto las fuerzas, la madre se lo llevó al pueblo. Estaba tan delgado que parecía un cadáver, estaba tan debilitado que no sé podía soste­ner, en pie sino que tenía que caminar apoyado en un bastón; daba compasión verlo. Y entretanto seguía insistiéndole a la madre que le preparase su equipo de clérigo, y la buena mujer deci­dió complacerle. Las personas que la veían entregada a esta tarea le preguntaban:

¿Qué hacéis, Teresa?

Estoy preparando la sotana para mi hijo.     

Pero si está medio muerto, si apenas se puede sostener en pie.

—Y, sin embargo, él lo quiere así.

En una carta que San Juan Bosco le había escrito desde Turín, con fecha del 7 de octubre, le decía: «Muy querido Cagliero. Me complace grandemente el saber que mejoras de salud; nosotros te esperamos para cuando puedas venir, lo principal es que te en­cuentres perfectamente bien; que sigas tan alegre como de costumbre. Me parece muy bien que te vayas preparando para la vestición... Saluda a tus parientes; rogad todos por mí y que el Se­ñor os bendiga y os colme de toda suerte de prosperidades. Crée­me tuyo afectísimo: [San] Juan Don Bosco».

Se acercaba el día en que Cagliero tenía que regresar a Turín para la vestición. Sus amigos y parientes intentaban quitárselo de la cabeza dado su estado enfermizo, diciéndole que dejase para otra fecha su toma de sotana. Pero él contestó:

De ninguna manera. Tengo que tomar la sotana ahora, porque así me lo ha dicho [San] Juan Don Bosco.

Otros decían que era demasiado joven, que todavía tenía que hacer el último curso de bachillerato; pero él les contestaba:

—No importa, [San] Juan Don Bosco me lo ha dicho.

Por mera coincidencia, el día que tenía que partir para el Oratorio era el mismo en que su hermano tenía que contraer ma­trimonio, por lo que éste le insistía para que se quedase a asistir a aquella fiesta. Juan le respondió:

Tú haz lo que quieras, que yo, por mi parte, haré también lo que más me plazca; esto es: recibir el hábito clerical.

Los parientes querían retenerlo, diciéndole que si se marcha­ba, daba muestras de que la persona que el hermano había esco­gido para esposa no le era grata.

Mi hermano que haga lo que quiera; les aseguro que estoy contento, contentísimo de la elección que ha hecho. ¿No les bas­ta esto?, —replicó Juan—. ¿Es que queréis que lo deje consigna­do en acta notarial que estoy contento?

El 21 de noviembre, Cagliero, perfectamente restablecido, volvía al Oratorio, y el 22, festividad de Santa Cecilia, [San] Juan Don Bosco bendecía el hábito clerical y se lo imponía a su amado hijo. El Rector del Seminario Metropolitano, conónigo A. Vogliotti el 5 de noviembre de 1855 concedía al clérigo Cagliero que viviera con [San] Juan Don Bosco, frecuentando al mismo tiempo las clases del Se­minario y dándole el fin de cada curso los correspondientes certi­ficados de estudios para cumplir las disposiciones dadas por su Excia. Rdma. el Señor Arzobispo en una circular publicada el 1 de septiembre de 1834. Idénticos certificados se dieron también a los demás clérigos que vivían en el Oratorio.

San Juan Bosco, entretanto, teniendo siempre ante sí la visión de la paloma y de ¡os salvajes, parece que confió el secreto a Don Alasonatti.

Este, encontrándose un día con Cagliero, le dijo:

Tienes que hacerte muy bueno, porque Don Bosco asegura cosas muy notables relacionadas contigo.

En el año de 1855, algunos clérigos y jóvenes rodeaban a San Juan Bosco que estaba sentado a la mesa y bromeaban hablando cada uno de su porvenir. El Santo, quedándose un poco silencioso y adoptando una actitud pensativa y grave, como a ve­ces solía, mirando a cada uno de sus alumnos, dijo:

Uno de vosotros llegará a ser Obispo.

Esta profecía llenó a todos de admiración, y después añadió sonriendo:

Pero Don Juan Bosco será siempre sólo Don Juan Bosco.

Al oír estas palabras todos comenzaron a reír, pues eran sim­ples clérigos y no podían ni sospechar en quién se cumpliría tal predicción. Ninguno de ellos pertenecía a una clase elevada de la sociedad, sino que, al contrario, pertenecían a una clase modesta, más bien pobre y ¡a dignidad episcopal se elegía, al menos en aquellos tiempos, entre las personas de la nobleza, o al menos entre individuos de rara virtud e ingenio. Por otra parte, la posición de San Juan Bosco y de su Instituto era entonces tan modesta que, humanamente hablando, parecía imposible que uno de sus alumnos fuese elegido para el Episcopado. Tanto más que enton­ces no se tenía idea de las Misiones exteriores o extranjeras. Pero la misma improbabilidad de tal acontecimiento mantenía viva la predicción e incluso no faltó quien durante algún tiempo alimentó la idea de ser él el candidato.

Estaban presentes cuando San Juan Bosco dijo estas palabras los clérigos Turchi, Reviglio, Cagliero, Francesia, Anfossi y [Beato] Miguel Rúa. Y estos mismos oyeron al siervo de Dios repetir:

¿Quién iba a decir que uno de vosotros sería elegido Obispo?,

También repitió no pocas veces:

¡Oh! Observemos a ver si [San] Juan Don Bosco se equivoca. Veo en medio de vosotros una mitra y no será una mitra sola. Pero aquí ya hay una.

Y  los clérigos intentaban, bromeando con San Juan Bosco, adivi­nar quién de ellos, entonces simples clérigos, llegaría a ser Obis­po. El siervo de Dios, por su parte, sonreía y callaba. A veces pareció dejar entender algo de lo que había visto en la visión.

Narra Mons. Cagliero: En los primeros años de mi sacerdocio me encontré con [San] Juan Don Bosco al pie de la escalera un tanto cansa­do. Con amor filial y en tono de broma:

--- [San] Juan Don Bosco, déme la mano le dije—, ya verá cómo soy ca­paz de ayudarle a subir las escaleras.

Y él, paternalmente, me tendió su mano, pero al llegar al úl­timo tramo me doy cuenta de que intentaba besar mi mano dere­cha. Inmediatamente la retiré, pero no lo hice a tiempo.

Entonces le dije:

¿Con esto ha pretendido humillarse o humillarme?

—Ni una cosa ni otra me respondió—; el motivo lo sabrás a su tiempo.

En el 1883 ofrecía a Don Cagliero un indicio más claro; porque en el momento de partir para Francia, después de hacer su testa­mento y dar los recuerdos a cada uno de los miembros del Capítulo Superior, a Cagliero le entregaba una cajita sellada, diciéndole:

Esto es para ti.

Y se marchó.

Algún tiempo después Don Cagliero se dejó ¡levar de la cu­riosidad y quiso ver el contenido de aquella cajita y he aquí que encontró en ella un precioso anillo.

Finalmente, en octubre de 1884, habiendo sido elegido Don Cagliero Obispo titular de Magida, este le pidió a San Juan Bosco se dignase revelarle el secreto de treinta años atrás, cuando asegu­raba que uno de sus clérigos llegaría a ser Obispo.

—Sí— le respondió, te lo diré la víspera de tu consagración.

Y en la víspera de aquel día el Santo paseando a so­las con Mons. Cagliero por su habitación, le dijo:

¿Recuerdas la grave enfermedad que padeciste cuando eras joven, al principio de tus estudios?

—Sí, señor, lo recuerdo respondió Don Cagliero—, y re­cuerdo también que Vos acudisteis a administrarme los últimos sa­cramentos y no me los administró y me dijo que sanaría y que con mi breviario iría lejos, muy lejos, a trabajar en el sagrado mi­nisterio sacerdotal... y... no me dijo más.

Pues bien, escucha prosiguió San Juan Bosco—.

Y le contó las dos visiones con todas sus particularidades y deta­lles.

Mons. Cagliero, después de haberlo oído todo, le pidió al Santo que narrase aquella misma noche, durante la cena, a los hermanos del Capítulo Superior, aquellas visiones. Y como no sa­bía negarse, especialmente cuando lo que se le pedía redundaba en mayor gloria de Dios y bien de las almas, condescendió y contó de­lante del Capítulo las mismas cosas que acabamos de exponer.

Hemos escrito estas páginas termina Don Lemoyneaquella misma noche bajo el dictado de Mons. Cagliero.
EL GLOBO DE FUEGO

SUEÑO 17.AÑO DE 1854.

(M. B. Tomo V. pág. 64)

Se lee en las Memorias Biográficas, tomo y página anterior­mente citados:
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«Durante las solemnes fiestas religiosas que se celebraban en el Oratorio de Turín del 21 al 28 de mayo, en uno de esos días no precisado por las crónicas, San Juan Bosco contó a los jóvenes cómo ha­bía visto un globo luminoso, de fuego, sobre el lugar en que más tar­de se levantó la Iglesia de María Auxiliadora».
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Parecía que la Santísima Virgen quisiera indicar con esta señal que no había renunciado a la toma de posesión de aquel lugar.

José Buzzeti, testigo del relato, recordaba en 1887 a San Juan Besco, en Lanzo, este relato, preguntándole a renglón seguido:

¿No sería tal vez ¡a cúpula de María Auxiliadora iluminada?

¿Y por qué no?, replicó San Juan  Bosco.

Hemos de hacer notar al lector que en el presente trabajo he­mos incluido bajo él nombre genérico de sueño algunas auténti­cas visiones de nuestro santo.

GRANDES FUNERALES EN LA CORTE

SUEÑO 18.AÑO DE 1854.

(TomoV, págs. 176-181) PRIMERA PARTE

El presente sueño está relacionado con la actitud del Parlamen­to Piamontés y del ministro Cavour, que pretendían poner en vigor la ley Ratazzi, sobre supresión de los bienes eclesiásticos y práctica­mente de las Ordenes religiosas. San Juan Bosco, previendo los males que con ello se ocasionarían a la Iglesia, deseaba apartar de ¡a Casa Real de Saboya las divinas amenazas que sobre ella se cernían, y a él reveladas.                                         

Y, en consecuencia, he aquí el sueño que tuvo hacia finales del mes de noviembre de 1854.
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«Le pareció encontrarse en el lugar donde se levanta el pórtico central del Oratorio, obra entonces en construcción, junto a la bom­ba hidráulica colocada en la pared de la Casita Pinardi. Estaba ro­deado de sacerdotes y clérigos. De pronto vio que avanzaba hacia el centro del patio un paje de la Corte vestido de uniforme rojo, el cual, apresuradamente llegó adonde San Juan Bosco se encontraba, pareciéndole al Santo oírle gritar:

—¡Una gran noticia!

—¿Qué noticia?, —le preguntó San Juan Bosco.

—¡Anuncia! ¡Gran funeral en la Corte! ¡Gran funeral en la Corte!

San Juan Bosco, ante esta imprevista aparición y al escuchar aquel anuncio quedó como petrificado, mientras el pajecillo volvía a repetir:
—¡Gran funeral en la Corte!

San Juan Bosco quiso entonces preguntarle algo más sobre su fúne­bre anuncio, pero al intentar hacerlo, el paje había desaparecido.
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Habiéndose despertado, el Santo  estaba como fuera de sí, y al comprender el misterio de aquella aparición, tomó la pluma y comenzó a redactar una carta dirigida a Víctor Manuel, poniendo en ella de manifiesto cuanto le había sido anunciado y relatando en ella el sueño con toda sencillez.

Después del mediodía llegó al comedor con un poco de retra­so. Los jóvenes recuerdan aún cómo siendo aquel año de un frío intensísimo, Don Bosco llevaba puestos unos guantes muy viejos y estropeados y entre las manos un paquete de cartas. Se formó entonces un corro a su alrededor. Estaban presentes Don Alasonatti, Ángel Savio, Cagliero, Francesia, Juan Turchi, Reviglio, Rúa, Afifossi, Buzzetti, Enría, Tomatis y otros, en su mayoría clérigos. San Juan Bosco comenzó a decir sonriendo: Esta mañana, queridos hijos, he escrito tres cartas a otros tantos personajes: Al Papa, al Rey y al verdugo.

La risa fue general al sentir pronunciar unidos los nombres de estos tres personajes. En cuanto a la referencia del verdugo, a na­die le cogió de sorpresa, pues todos sabían que el Santo  te­nía amistad con los empleados de la cárcel y que precisamente el verdugo era un cristiano ejemplar, ejerciendo la caridad para con los pobres lo mejor que podía. Solía escribir las solicitudes que la gente del pueblo quería hace al Rey o a las autoridades y a la sazón le amargaba una pena muy honda, pues había tenido que retirar de las escuelas públicas a un hijo suyo, porque los compañeros huían de él por ser el hijo del verdugo.

En cuanto al Papa Beato Pio IX, nadie ignoraba ¡a correspondencia que San Juan Bosco mantenía con el Vicario de Cristo. Por tanto, lo que intrigaba a los oyentes era el hecho de que el siervo de Dios hu­biese escrito al rey, tanto más que todos sabían lo que el santo pensaba sobre la usurpación de los bienes de la Iglesia. San Juan Bos­co no tuvo a sus oyentes en vilo mucho tiempo y así les manifestó de inmediato cuanto había escrito al monarca aconsejándole que no permitiese la tramitación de tan infausta ley. Les narró, pues, el sueño que había tenido, terminando el relato con estas palabras:

Este sueño me ha causado mucho malestar y me ha fatigado mu­cho,.

San Juan Bosco parecía muy preocupado en aquella ocasión, ex­clamando de vez en cuando:

¿Quién sabe?... ¿Quién sabe?... Recemos... recemos... Sorprendidos los clérigos, al oír el relato del sueño comenza­ron a hacer cabalas y a preguntarse mutuamente si se sabía si en el palacio real había algún noble enfermo; todos concluyeron que nada se podía asegurar sobre el particular.

San Juan Bosco, entre tanto, llamando al clérigo Ángel Savio, le entregó una carta.

—Copíala —le dijo— y anuncia al rey: ¡Gran funeral en la Corte!

El clérigo Savio hizo lo que se le había indicado, pero el rey, según se supo después por los confidentes del Monarca, leyó el escrito con indiferencia y no hizo caso de lo que se le decía.

SEGUNDA PARTE

Habían pasado unos cinco días de este sueño y San Juan Bosco volvió soñar la noche siguiente.
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Le pareció estar en su habitación sentado a su escritorio, escribiendo, cuando oyó el ruido de los cascos de un caballo en el patio.

De pronto ve que se abre la puerta y que aparece el pajecillo con su librea roja y que, yendo hasta el centro de la habitación, se detiene y grita:

—¡Anuncia!: No gran funeral en la Corte, sino ¡grandes funera­les en la Corte!

Y repitió estas mismas palabras dos veces. Seguidamente se reti­ró apresuradamente, cerrando la puerta tras de sí. San Juan Bosco de­seaba saber algo más, quería interrogarlo, pedirle alguna explicación, para lo cual se levantó de la mesa y corrió al balcón viendo al emisario subir al caballo. Lo llamó, le preguntó por qué había venido para repetirle el mismo anuncio, pero aquél sé alejó gritando:

—¡Grandes funerales en la Corte!
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Al amanecer, el mismo San Juan Bosco dirigió al rey otra carta, en ¡a que le contaba este segundo sueño y concluía advirtiendo a su majestad que pensase en conducirse de manera de poder con­jurar los graves castigos que se cernían sobre la Casa Real, pi­diéndole al mismo tiempo se opusiese a la ley en cuestión.

Por la noche, después de la cena, encontrándose San Juan Bosco en medio de los clérigos, les dijo:

¿No sabéis que tengo que deciros algo más extraño que lo del otro día?

Y seguidamente les contó cuanto había visto en sueños la no­che anterior. Entonces, los clérigos, sin poder disimular su extrá­ñela, le preguntaron qué significarían aquellos anuncios de muerte. Es de suponer la ansiedad general a la espera de que se cumpliesen estos vaticinios.

San Juan Bosco manifestó claramente al clérigo Cagliero y a algunos otros, que se trataba de las amenazas y castigos con que el Señor daría a conocer su indignación contra aquellos que habían acarrea­do males a su Iglesia y que se estaban preparando otros mayores.

En aquellos días el siervo de Dios se mostraba apenadísimo, oyéndosele exclamar frecuentemente:

Esta ley atraerá sobre la Casa reinante graves desgracias.

Todas estas cosas se las manifestaba a los suyos para inducir­los a rezar por el Rey, rogando a la misericordia divina impidiese la dispersión de tantos religiosos y la pérdida de tantas vocaciones.

Entretanto, el rey había confiado aquellas cartas al marqués Fassati, qué después de leerlas se personó en el Oratorio y dijo a Don Bosco;

¡Oh! ¿Le parece esta una bonita manera de poner en vilo a toda la Corte? El rey está profundamente turbado e impresiona­do, pero, sobre todo, su indignación no tiene límites.

San Juan Bosco le replicó:

¿Pero, si lo escrito en las cartas es cierto? Siento haber oca­sionado este disgusto a mi soberano, pero, en resumidas cuen­tas, se trata de su bien y del bien de la Iglesia.

Los avisos dados por San Juan Bosco fueron desoídos. El 28 de noviembre de 1854, el ministro Urbano Raítazzi presentaba a los diputados un proyecto de ley para la supresión de las Órdenes reli­giosas. El ministro de Finanzas, Camilo Cavour, estaba dispuesto a que dicha ley se aprobara a todo trance. Estos señores se basaban en la idea de que fuera del cuerpo civil no hay ni puede darse socie­dad a él superior y de él independiente. Que el Estado lo es todo y que, por tanto, ningún ente moral, ni siquiera la Iglesia Católica, puede existir sin el conocimiento y el consentimiento de la autori­dad civil. Por eso, dicho poder, al no reconocer a la Iglesia Católica el derecho de dominio sobre los bienes eclesiásticos y sobre las corpora­ciones religiosas, defendía que éstas tenían que depender de la autoridad civil debiendo modificarse su forma de existencia o extin­guirse por voluntad de la misma soberanía y, por ende, el Estado, he­redero de toda personalidad civil que no tenga sucesión, se convertiría en el propietario único y absoluto de todos sus bienes.

Error colosal, pues tales patrimonios, cuando una Congrega­ción u Orden religiosa dejase de existir por cualquier motivo, no quedaban sin dueño, debiendo ser devueltos a la Iglesia de Jesu­cristo, representada por el Sumo Pontífice, aunque los adorado­res del Estado se empeñasen en negarlo.

La noticia de la presentación de este proyecto de ley ocasio­nó un vivísimo dolor a los buenos católicos y a San Juan Bosco. El, para secundar la voluntad del cielo, había amonestado reiterada­mente al soberano; proceder justo pero peligroso, cuyas conse­cuencias se podían prever. Otra persona, por serena y resuelta que fuese, en medio de tantas adversidades, habría vivido nece­sariamente en un continuo estado de inquietud.

San Juan Bosco, en cambio, permaneció siempre imperturbable, encontrando el vigor necesario en el Corazón Sacratísimo de Je­sús Sacramentado y en el auxilio de su celestial Madre.

Mientras se discutía la inicua ley contra los bienes eclesiásticos, un doloroso acontecimiento vino a interrumpir la labor de los dipu­tados.

El 5 de enero de 1855 la reina madre María Teresa enfermó de improviso y aunque toda la noche estuvo atormentada por una gran sed, no quiso beber para poder comulgar el día de la Epifanía; pero no pudo levantarse.

El rey Víctor Manuel escribía al general Alfonso La Marmora. «Mi madre y mi esposa no hacen más que repetirme que mo­rirán de disgusto por mi culpa».

La augusta enferma moría el 12 de enero, poco después del mediodía, a la edad de cincuenta y cuatro años. La Cámara, para manifestar al rey su pesar, suspendió sus trabajos.
Gran desgracia fue para el Piamonte la pérdida de María Te­resa, que repartía diariamente entre los necesitados limosnas sin cuenta. El luto fue universal, como universales fueron las bendi­ciones que de todas partes se elevaron a su memoria.

Mientras se cerraba aquel féretro llegaba a manos del rey otra carta misteriosa que decía, sin nombrar a nadie: «Persona iluminada a lo alto ha dicho: si la ley prosigue adelante, nuevas desgracias acaecerán a tu familia. Esto no es más que el preludio de los males futuros. Erunt mala super mala in domo tua. Si no vuelves atrás, abrirás un abismo que no podrás salvar».

El soberano, después de leer esta carta quedó aterrado, y pre­sa de la más viva inquietud no hallaba reposo en nada.

Los solemnes funerales por el alma de María Teresa se cele­braron en la mañana del 16, el féretro fue transportado a Superga bajo una temperatura extrema que hizo enfermar a muchos soldados y también al conde de Sangicsto, escudero de la Reina. Aún no había regresado la Corte de rendir los últimos honores a la madre de Víctor Manuel, cuando la familia real fue llamada con urgencia para que asistiese al Viático de la nuera de la difun­ta. La reina María Adelaida, al sobrevenir la muerte de María Teresa estaba en  el cuarto día del puerperio,  habiendo dado felizmente a luz un niño. Ella, que tanto amaba a la reina ma­dre, sintió un tan vivo dolor al enterarse de su muerte, que, ata­cada  por   una   metro-gastroenteritis, se  vio   reducida  a   los extremos. A las tres de la tarde se le administró el Viático, que fue llevado de la Real Capilla de la Santa Sábana. Una multitud inmensa acudía a todos los templos para impetrar del cielo la sa­lud de la soberana. Todo el Piamonte se asoció al dolor de la fa­milia real cumpliéndose aquel dicho de «que en el Piamonte, las desventuras del rey son las desgracias del pueblo». Pero el día 20 le fue administrada la Extremaunción a la enferma, que entró en agonía, expirando a las seis de la tarde en el beso del Señor, a la temprana edad de treinta y tres años.

Y no terminó aquí el luto de la Casa de Saboya. La misma tarde le fue dado el Viático a S. A. R. Don Fernando, duque de Genova, enfermo desde hacía tiempo; era el duque de Genova el único hermano del rey Víctor Manuel. El soberano se sintió abru­mado por este cúmulo de dolores.

El día 21, la Cámara de diputados se reunía a las tres de la tarde, y al comunicársele la noticia de la muerte de la reina, deli­beró observar trece días de luto y la suspensión de las reuniones por espacio de diez.

Los funerales de María Adelaida se celebraron el 24 de enero, siendo conducido el féretro a Superga.

Los clérigos del Oratorio estaban aterrados al comprobar cómo se realizaban de una manera tan fulminante las profecías de San Juan Bosco, y la impresión era tanto mayor cuanto que formaban par­te de cada uno de los cortejos fúnebres de las personas reales de­saparecidas.

Circunstancia particular; el frío era tan intenso que el gran maestro de ceremonias de la Corte, al ser trasladado el féretro de la reina Adelaida, permitió al clero usar abrigos especiales y cubrir­se la cabeza.

Para el Oratorio aquellos acontecimientos constituían una gran desgracia y los clérigos decían a San Juan Bosco:

Ya se ha realizado su sueño. ¡En verdad que han sido gran­des funerales, según anunciaba el pajecillo! No sabemos si la jus­ticia divina estará ya satisfecha.

San Juan Bosco, en efecto, debía conocer mucho más de lo que había anunciado.

La condesa Felicita Crabosio-Anfossi —cuenta Don Lemoynenos mandó el siguiente testimonio por ella firmado: «Corría el año de 1854 y rogué a [San] Juan Don Bosco que aceptase en el Oratorio a un hermano de leche de mi hijo, que había quedado huérfano de padres. [San] Juan Bosco lo aceptó con la condición de que, estando yo en la Corte como estaba, me presentase a las soberanas para obtener de su caridad dos mil francos que el siervo de Dios nece­sitaba para poder pagar una deuda urgente.

Yo le prometí hacerlo, y en efecto, estaba resuelta a cumplir mi promesa; pero, después surgieron algunas dificultades que me hicieron diferir las visitas a las augustas señoras, las cuales, en aquel tiempo, se habían ausentado de Turín, viviendo en una finca del conde Cays de Giletta.

Habiendo ido yo también al campo, volví a ¡a ciudad ya muy avanzado el otoño y seguidamente fui a entrevistarme con [San] Juan Don Bosco, el cual me dijo inmediatamente:

He aceptado a su protegido, pero usted no ha cumplido aún su promesa; no habló a las soberanas de mi deuda con el pa­nadero.

Es cierto repliqué un poco confusa—, pero tenga la segu­ridad de que apenas las augustas señoras estén de regreso en Tu­rín, no dejaré de cumplir lo prometido.

Mientras yo hablaba, [San] Juan Don Bosco hacía con la cabeza un movi­miento como indicando que no, y con una sonrisa un tanto triste, me dijo:

—¡Paciencia! Pueden suceder tantas cosas que, a lo mejor, a usted no le es posible hablar más con las soberanas.

¿Por qué dice eso?

—Porque es así; usted no verá más a las reinas.

Quince días después, encontrándome en la casa de unos no­bles, supe el regreso de las soberanas a Turín y que la reina Ma­ría Teresa estaba tan enferma que le habían administrado los Santos Sacramentos. Pronto recibimos la noticia de su falleci­miento. Ocho días más tarde moría la joven reina María Adelai­da, ambas lloradas y veneradas como dos soberanas santas.

Solamente entonces recordé las palabras de [San] Juan Bosco, no dudando de su espíritu verdaderamente profético.

LAS 22 LUNAS

SUEÑO 19.AÑO DE 1854.

(M. B. Tomo V, págs. 377-378)

En marzo de 1854, día de fiesta, San Juan Bosco, después de la fun­ción de Vísperas, reunió a todos los alumnos internos en un local situado detrás de la sacristía y les anunció que les quería narrar un sueño. Estaban presentes, entre otros, el joven Cagliero, Turchi, Anfossi y los clérigos Reviglio y Buzzetti, de cuyos labios oímos la narración que seguidamente vamos a transcribir. Todos estaban per­suadidos de que bajo el nombre de sueño, San Juan Bosco solía ocultar las manifestaciones y enseñanzas que recibía del cielo.

He aquí el texto del sueño:
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Me encontraba en medio de vosotros en el patio y me alegraba en mi corazón al veros tan vivarachos, alegres y contentos. Quiénes saltaban, quiénes gritaban, otros corrían. De pronto veo que uno de vosotros salió por una puerta de la casa y comenzó a pasear entre los compañeros con una especie de chistera o turbante en la cabe­za. Era el tal turbante transparente, estando iluminado por dentro, ostentando en el centro una hermosa luna en la que aparecía graba­da la cifra 22. Yo, admirado, procuré inmediatamente acercarme al joven en cuestión para decirle que dejase aquel disfraz carnavalesco; pero he aquí que entre tanto el ambiente comenzó a oscurecerse y como a toque de campana el patio quedó desierto, yendo todos los jóvenes a reunirse en fila debajo de los pórticos. Todos reflejaban en sus rostros un gran temor y diez o doce tenían la cara cubierta de mortal palidez. Yo pasé por delante de todos para examinarlos y entre los tales descubrí al que llevaba la luna sobre la cabeza, el cual estaba más pálido que los demás; de sus hombros pendía un manto fúnebre. Me dirijo a él para preguntarle el significado de todo aquello, cuando una mano me detiene y veo a un desconocido de aspec­to grave y noble continente, que me dice:

—Antes de acercarte a él, escúchame; todavía tiene 22 lunas de tiempo; antes de que hayan pasado, este joven morirá. No le pier­das de vista y prepáralo.

Yo quise pedir a aquel personaje alguna otra explicación sobre lo que me acababa de decir y sobre su repentina aparición, pero no logré verle más.

El joven en cuestión, mis queridos hijos, me es conocido y está en medio de vosotros.
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Un vivo terror se apoderó de los oyentes, tanto más siendo la primera vez que San Juan Bosco anunciaba en público y con cierta so­lemnidad la muerte de uno de los de casa. El buen padre no pudo por menos de notarlo y prosiguió:

Yo conozco al de las lunas, está en medio de vosotros. Pero no quiero que os asustéis. Como os he dicho, se trata de un sueño y sabéis que no siempre se debe prestar fe a los sueños. De todas maneras, sea como fuere, la cierto es que debemos es­tar siempre preparados como nos lo recomienda el Divino Salva­dor en el Evangelio y no cometer pecados; entonces la muerte no nos causará espanto. Sed todos buenos, no ofendan al Señor y yo entretanto estaré alerta y no perderé de vista al del número 22, el de las 22 lunas o 22 meses, que eso quiere decir, y espero que tendrá una buena muerte.

Esta noticia, si bien asustó mucho al principio a los jóvenes, hizo inmediatamente un grandísimo bien entre ellos, pues todos procuraban mantenerse en gracia de Dios, con el pensamiento de la muerte, mientras contaban las lunas que se iban sucediendo.

San Juan Bosco, de vez en cuando, les preguntaba:
¿Cuántas lunas faltan aún?

Y los jóvenes respondían:

Veinte, dieciocho, quince, etc.

A veces, algunos que no perdían una sola de sus palabras, se le acercaban para decirle el número de lunas que habían pasado e intentaban hacer pronósticos, adivinar... pero Don Bosco guardaba si­lencio.

El joven Piano, que había entrado en el Oratorio en el mes de noviembre, oyó hablar de la luna novena y por los superiores y compañeros vino a saber la predicción de San Juan Bosco. Y también como los demás comenzó a prestar atención a ¡os acontecimientos.

Finalizó el año de 1854; pasaron algunos meses del 1855 y llegó el mes de octubre, esto es, el correspondiente a la luna vi­gésima. Cagliero, ya clérigo, había sido encargado de vigilar tres habitaciones situadas cerca de la Casa Pinardi, que servían de dormitorio a algunos jóvenes. Entre ellos había un tal Segundo Gurgo que contaba unos diecisiete años, bien desarrollado y ro­busto, prototipo del joven saludable, que ofrecía garantía por su aspecto de vivir larga vida hasta alcanzar una extrema vejez.

Su padre lo había recomendado a San Juan Bosco para que lo aceptase como pensionista. Pianista excelente y buen organista, estudiaba música desde la mañana hasta la noche y ganaba un buen dinero dando clases en Turín.

San Juan Bosco, a lo largo del año, había pedido de vez en cuan­do al clérigo Cagliero informes sobre la conducta de sus asistidos con particular interés. En el mes de octubre ¡o llamó y le dijo:

¿Dónde duermes?

—En la última habitación y desde ella asisto a las otras dos replicó Cagliero—.

¿Y no sería mejor que trasladaras tu cama a la habitación del centro?

—Como usted quiera; pero le hago saber que las otras dos habitaciones no tienen humedad, mientras que una de las pare­des de la segunda corresponde al muro del campanario de la iglesia recientemente construido. Por tanto, hay en ella un poco de humedad: se acerca el invierno y podría acarrearme alguna enfermedad. Por otra parte, desde donde estoy instalado ahora, puedo asistir muy bien a todos ¡os jóvenes de mi dormitorio.

En cuanto a asistirlos, sé que lo puedes hacer Bien; pero es mejor replicó San Juan Boscoque te traslades a la habitación del centro.

Cagliero obedeció, pero después de algún tiempo pidió per­miso a San Juan Bosco para llevar su cama nuevamente a la primera ha­bitación.

Don Bosco no se ¡o consintió.

Continúa le dijodonde estás y está tranquilo porque tu salud no se resentirá lo más mínimo.

Cagliero se tranquilizó y algunos días después fue llamado nuevamente por Don Bosco.

¿Cuántos son en tu nueva habitación?

Tres replicó—; yo, el joven Segundo Gurgo y Garovaglia, y el piano que hace el número cuatro.

Bien dijo Don Boscomuy bien. Son tres pianistas y Gurgo les podrá dar lecciones de música. Tú procura no perderlo de vista.

Y no añadió nada más. El clérigo, acuciado por la curiosidad y sospechando algo, comenzó a hacerle algunas preguntas, pero San Juan Bosco le interrumpió diciéndole:

El por qué de todo esto lo sabrás a su tiempo.

El secreto no era otro sino que en aquella habitación estaba el joven de las 22 ¡unas.

A principios de diciembre no había ningún enfermo en el Oratorio y San Juan Bosco, subiendo a su tribuna después de las ora­ciones de la noche, anunció que uno de los jóvenes presentes moriría antes de la fiesta de Navidad.

Ante esta nueva predicción y el próximo cumplimiento de las 22 lunas en la casa reinaba una gran preocupación; los jóvenes recordaban frecuentemente las palabras de San Juan Bosco y temían el cumplimiento de lo anunciado.

San Juan Bosco en aquellos días llamó nuevamente a Cagliero preguntándole si Gurgo se portaba bien y si después de dar las clases de música en ¡a ciudad, regresaba a casa temprano. Ca­gliero le respondió que todo procedía normalmente, no habien­do novedad alguna entre sus compañeros.

Muy bien añadió el Santo—, estoy contento; procura que todos observen buena conducta y avísame si sucediese cualquier inconveniente.

Y dicho esto no añadió más.

Mas he aquí que hacia la mitad de diciembre Gurgo se siente asaltado por un cólico violento y tan pernicioso que, habiendo sido llamado el médico con toda urgencia, por consejo de este, se le administraron al paciente los últimos Sacramentos. Ocho días duró la penosa enfermedad y Gurgo fue mejorando gracias a los cuidados del doctor Debernardi, de forma que pronto pudo levantarse del lecho convaleciente. El mal había sido conjurado y el médico aseguraba que el joven se había librado de buena. En­tre tanto se había avisado al padre del muchacho, pues no habiendo muerto hasta entonces nadie en el Oratorio, San Juan Bosco quería librar a sus jóvenes de tan desagradable espectáculo.

La novena de Navidad había comenzado y Segundo Gurgo pensaba ir su pueblo natal para pasar las Pascuas con sus parien­tes', puesto que se encontraba casi restablecido de su dolencia. A pesar de ello, cuando se le daban buenas noticias a San Juan Bosco sobre este joven, parecía que el buen padre se resistía a creerlas.

Una vez se hubo personado en el Oratorio el señor Gurgo, al encontrar a su hijo en tan buen estado de salud, obtenido el per­miso correspondiente, fue a reservar dos asientos en la diligencia para marchar con él al día siguiente a Novara y de aquí a Pettinengo, donde se repondría del todo, disfrutando de los aires nativos.

Era el domingo 23 de diciembre; Gurgo manifestó aquella tarde deseos de comer un poco de carne, alimento que le había sido pro­hibido por el médico. El padre por complacerlo fue a buscarla y le hizo cocer en una maquinilla de café. El joven se bebió el caldo y comió ¡a carne, que ciertamente debía estar medio cruda, en cantidad un poco excesiva. El padre se marchó y en la habitación queda­ron Cagliero y el enfermo. Mas he aquí que, a cierta hora de la noche el paciente comienza a quejarse de fuertes dolores de vien­tre. El cólico se le había repetido de un modo más alarmante. Gur­go llamó por su nombre al asistente:

¡Caghero, Cagliero!. ¡Ya terminé de darte las clases de piano!

Ten paciencia, ¡ánimo!, respondió Cagliero—.

—Ya no iré más a casa. Ruega por mí; no sabes lo mal que me siento. Pide por mí a la Santísima Virgen.

Sí, lo haré; tú invócala también.

Seguidamente Cagliero comenzó a rezar por el enfermo, pero vencido por el sueño se quedó dormido. Mas he aquí que de pronto el enfermero lo zamarrea e indicando a Gurgo corre a llamar inmediatamente a Don Alasonatti, que dormía en la habita­ción contigua.

La desolación en la casa fue general. Cagliero se encontró a la mañana siguiente a San Juan Bosco que bajaba las escaleras para ir a celebrar; el buen padre estaba hondamente apenado porque ya le habían comunicado la doloroso noticia.

En el Oratorio se comentó mucho esta muerte. Era la luna vigé­sima segunda aún no cumplida; y Gurgo, al morir el día 24 de di­ciembre antes de la aurora, había hecho que se cumpliese la segunda predicción de San Juan Bosco, a saber, que no habría asistido a la fiesta de Navidad.

Después de la comida, jóvenes y clérigos rodearon silenciosos al Santo.

De pronto el clérigo Turchi le preguntó si Gurgo era el de las lunas.

—Sí —replicó San Juan Boscoél era; e¡ mismo que vi en el sueño.

Seguidamente añadió:

Os daríais cuenta de que yo, hace tiempo, lo puse a dormir en una habitación especial, recomendando a uno de los mejores asistentes que llevase su cama a la misma habitación para que lo tuviese bajo su vigilancia, El asistente fue el clérigo Juan Cagliero.

Y volviéndose al aludido, le dijo:

Otra vez no hagas tantas observaciones a lo que te diga  Bosco. ¿Comprendes ahora por qué yo no quería que aban­donases la habitación en que estaba aquel pobrecito? Tú me lo pediste insistentemente, pero yo no te atendía porque quería que Gurgo tuviese junto a sí a alguien que velase por él. --- Si él vivie­se aún, podría dar testimonio de las muchas veces que le hablé, como quien no quiere la cosa, de la muerte y de los cuidados que le prodigué para prepararlo a un feliz tránsito.

«Entonces escribe Don Caglierocomprendí el motivo de las especiales recomendaciones que me hizo [San] Juan Don Bosco y apren­dí a conocer y apreciar mejor la importancia de sus palabras y de sus paternales avisos».

«La noche anterior a la fiesta de Navidad narra Pedro En­ríaaún me recuerdo que [San] Juan Don Bosco subió a la tribuna miran­do a su alrededor como si buscase a alguien. Y dijo:

—Es el primer joven que muere en el Oratorio. Ha hecho las co­sas bien y esperamos que esté ya en el Paraíso. Os recomiendo a to­dos que estéis siempre preparados... Y no pudo proseguir porque su corazón estaba muy dolido. La muerte le había arrebatado un hijo».

Habiendo sido Gurgo el primer alumno que moría en la casa desde la fundación del Oratorio, San Juan Bosco quiso hacerle un fune­ral solemne, aun sin llegar al máximo esplendor. En esta ocasión el siervo de Dios trató con el párroco de Borgo Dora sobre los dere­chos parroquiales, por si otros jóvenes eran llamados a la eternidad. El preveía con certeza que acaecerían otras defunciones, a las cuales aludía el sueño, aunque no consta que las anunciase a los alumnos.

El párroco fue muy deferente con el Oratorio al establecer las condiciones para la conducción de nuestros difuntos, seña­lando el coste de las diferentes clases de funerales y concedien­do grandes ventajas en los pagos, que eran sufragados, no por los padres de los fallecidos, sino por San Juan Bosco.

Entretanto, durante las fiestas navideñas, San Juan Bosco recomen­daba insistentemente a los jóvenes internos y externos, que aplicasen por el alma del pobre Gurgo todas las comuniones que hiciesen.
LA RUEDA DE LA FORTUNA

SUEÑO 20.AÑO DE 1856.

(M. B. Tomo V, págs. 456-457)

«Don Boscoescribe [Beato] Miguel Rúa— estuvo dotado en alto gra­do del don de profecía. Las predicciones hechas por él sobre co­sas futuras libres y contingentes que llegaron a realizarse, son tan variadas y numerosas que hacen suponer que el don profético fue en él una cosa habitual. Frecuentemente nos hablaba de sueños relacionados con su Oratorio y con su Sociedad.
Entre otros, recuerdo el siguiente:
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Era por el año 1856.

Soñando —nos dijo— me pareció encontrarme en una plaza donde vi una gran rueda parecida a la llamada "rueda de la fortu­na". Inmediatamente comprendí que aquel artefacto representaba el Oratorio, El manubrio de dicha rueda lo manejaba un personaje que invitándome a que me acercase me dijo:

—¡Presta atención!

Y así diciendo hizo dar una vuelta a la rueda. Yo sentí un peque­ño ruido que ciertamente no se dejó escuchar más allá del límite del lugar en que me encontraba de pié. El personaje me dijo:

—¿Has visto? ¿Has oído?      /

—Sí, repliqué; he visto girar la rueda y he oído un pequeño ruido.

—¿Sabes qué significa una vuelta de la rueda?

—No.

—Significa diez años de existencia de tu Oratorio.

Y así repitió cuatro veces el movimiento del manubrio y la mis­ma pregunta.

Pero a cada vuelta, el ruido aumentaba, de forma que al produ­cirse por segunda vez creí que se habría oído en Turín y en todo el Piamonte:

A la tercera, en Italia; a la cuarta, en Europa, llegando a perci­birse en todo el mundo a la quinta vuelta. Seguidamente el persona­je añadió: —Esta será la suerte del Oratorio.

Considerando los diferentes estados de la Obra de San Juan Bosco —continúa [Beato] Miguel Rúa— la vio en el primer decenio limitada única­mente a la ciudad de Turín; en el segundo, extendida a las diversas provincias del Piamonte; en el tercero, se dilata su fama e influencia a las distintas regiones de Italia; en el cuarto, se extiende por diver­sas naciones de Europa y, finalmente, en el quinto, es conocida y requerida su implantación en todas las partes del mundo».

MAMA MARGARITA

SUEÑO 21 .AÑO DE 1860.

(M. B. Tomo V, págs. 567-568)

Era el 25 de noviembre de 1856.

Aquella mañana los jóvenes del Oratorio, apenas levantados, se enteraron de la terrible noticia: ¡Mamá Margarita había muer­to! Algunos no lo querían creer. ¡Era una desgracia que les toca­ba tan de lleno! ¿Qué podrían hacer sin ella?

San Juan Bosco tenía los ojos enrojecidos. No parecía el mismo... ¡Cuánto debía haber llorado!

Un grupo de jovencitos se acercó al buen Padre. Necesitaba que lo animasen e intentaba animar a los demás. Muchos de aquellos muchachos lloraban. San Juan Bosco dijo algunas palabras de consuelo a los que le rodeaban:

—¡Hemos perdido a nuestra Madre! Pero estoy seguro de que ahora nos ayudará desde el Paraíso. ¡Era una santa! ¡Mi madre era una santa!

«San Juan Bosco abrumado por el dolordespués de los fune­rales de su madre, se dirigió a su casa, siendo hospedado por su amigo el canónigo Rosaz, que le había brindado, en tan doloro­so trance, el alivio de su compañía. Pero no se detuvo con él más que un día, y al regresar a Turín, continuó rezando fervoro­samente y haciendo rezar mucho por el alma de su madre. De ella hablaba siempre con afecto filial, haciendo resaltar, tanto en público como en privado, sus raras virtudes. Dispuso que uno de sus sacerdotes recogiese los hechos edificantes de su vida y los publicase en su recuerdo, para edificación de todos.

En los últimos años de su vida, aun daba muestras el Santo de lo vivo que se conservaba en su corazón el amor hacia la madre, pues al evocarla lloraba de emoción y ¡os que le asis­tían de noche recordaban que en sus horas de somnolencia, con frecuencia se le oía llamar a la madre.

Varias veces la vio en sueños; sueños que quedaron profun­damente grabados en su mente y que a veces nos solía narrar».
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En el mes de agosto de 1860, le pareció encontrarla cerca del Santuario de la Consolata, a lo largo de la cerca del Convento de Santa Ana, en la misma esquina de la calle, mientras él regresaba al Oratorio. Su aspecto era bellísimo.

—¿Cómo? ¿Vos aquí?, —le dijo San Juan Bosco—. Pero ¿no ha­béis muerto?

—He muerto, pero vivo —replicó Margarita—.

—¿Y es feliz?

—Felicísima.

San Juan Bosco, después de algunas otras cosas, le preguntó si había ido al Paraíso inmediatamente después de su muerte. Margarita respondió que no. Después quiso que le dijese si en el Paraíso esta­ban algunos jóvenes cuyos nombres le indicó, respondiendo Marga­rita afirmativamente.

—Y ahora dígame —continuó San Juan Bosco—, ¿qué es lo que goza en el Paraíso?

—Aunque te lo dijese no lo comprenderías.

—Déme al menos una prueba de su felicidad. Hágame siquiera saborear una gota de ella.

Entonces vio a su madre toda resplandeciente, adornada con una preciosa vestidura, con un aspecto de maravillosa majestad y seguida de un coro numeroso. Margarita comenzó a cantar. Su canto de amor de Dios, de una inefable dulzura, inundaba el corazón de di­cha elevándolo suavemente a las alturas. Era una armonía expresa­da como por millares y millares de voces que hacían incontables modulaciones, desde las más graves y profundas, hasta las más al­tas y agudas, con una variedad de tonalidades y vibraciones, desde las más fuertes hasta las casi imperceptibles, combinadas con un arte y delicadeza tal que lograban formar un conjunto maravilloso.

San Juan Bosco, al percibir aquellas finísimas melodías, quedó tan embelesado que le pareció estar como fuera de sí, y ya no supo qué decir ni qué preguntar a su madre.

Cuando hubo terminado el canto, Margarita se volvió a su hijo diciéndole:

—Te espero en el Paraíso, porque nosotros dos hemos de estar siempre juntos.

Proferidas éstas palabras, desapareció.

LOS PANES

SUEÑO 22.AÑO 1857.
(M. B. Tomo V, págs. 723-724)

He aquí —escribe Don Lemoyne— lo que nos contaron en cier­ta ocasión Don Domingo Bongiovanni, [Beato] Miguel Rúa y Mons. Cagliero.

       «Un día [San] Juan Don Bosco dijo en público que nos había visto a todos nosotros comiendo, distribuidos en cuatro grupos distintos. Los jó­venes que integraban cada grupo tenían en la mano un pan de dife­rente calidad. Unos comían un panecillo reciente, fino, sabroso; otros, un pan ordinario; quienes un pan negro, de salvado, y, por último, los postreros un pan cubierto de moho y agusanado.

Los primeros eran los inocentes, los segundos los buenos; los del pan de salvado, los que se encontraban en desgracia de Dios, pero que no estaban habitualmente en pecado, y los del último círculo o gru­po, los que, estancados en el mal, no hacían esfuerzo alguno para cambiar de vida».
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«[San] Juan Don Bosco, después de explicar la causa y los efectos de ta­les alimentos, aseguró que recordaba perfectamente qué clase de pan comía cada uno de nosotros, añadiendo que si íbamos a pre­guntarle nos diría particularmente la forma en que nos vio. Mu­chos, en efecto, se presentaron a él y el Santo les fue manifestando el lugar que ocupaba en el sueño, dando tales ob­servaciones y detalles sobre el estado de las conciencias de los demandantes, que todos quedaron persuadidos de que lo que [San] Juan Don Bosco había visto no era una ilusión, ni mucho menos una suposición temeraria, sino la mas completa realidad.

Los secretos más ocultos, los pecados callados en la confesión, las intenciones menos rectas al obrar, las consecuencias de una conducta poco recatada; como las virtudes, el estado de gracia, la vocación, en suma, todo cuanto se refería a cada una de las almas de sus jóvenes, quedaba manifiesto y profetizado. Los jóvenes al escucharle quedaban como fuera de sí por el estupor, y después de sus entrevistas con el Santo, exclamaban como la Samaritana: Dixit mihi omnia quaecumque feci. Estas afirmacio­nes ¡as hemos oído repetir mil y mil veces durante años y años».

Los jóvenes manifestaban a veces a algún compañero de ma­yor confianza el aviso o confidencia que San Juan Bosco les hacía-, pero el Santo jamás descubría estos secretos a los de­más.

El sueño anteriormente expuesto, que se repitió varias veces en formas diversas, mientras le ocasionaba alguna pena al hacerle ver algún espectáculo desagradable, le ofrecía también la seguridad de que un gran número de sus jóvenes vivía habitualmente en gra­cia de Dios.

LA MARMOTITA

SUEÑO 23.AÑO DE 1859.

(M. B. Tomo VI, pág. 301)

Por este tiempo solía San Juan Bosco dirigir todas las tardes unas palabras a la Comunidad, en forma de conferencia.

Un viejo amigo de aquellos tiempos escribe Don Lemoynenos contaba lo siguiente:
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«Una de las primeras palabras que oí a [San] Juan Don Bosco en 1859, fue sobre la frecuencia de los Santos Sacramentos. Los jóvenes recién-llegados de sus casas no se habituaban a ello. San Juan Bosco entonces les contó un sueño.
 Le pareció hallarse cerca de la puerta del Oratorio observando a los jóvenes a medida que entraban en él.

Veía el estado de alma en que cada uno se hallaba delante de Dios.

Cuando, he aquí que penetró en el patio un hombre con una cajita metiéndose entre los muchachos. Llegada la hora señalada para las confesiones, saco de la caja un marmotita haciéndola bailar. Los jóvenes, en vez de entrar en la iglesia, formaron un corro a su alre­dedor, riendo y aplaudiendo sus dicharachos, mientras el tal se iba retirando cada vez más de la capilla.
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San Juan Bosco describió en primer término, sin nombrar a nadie, el estado de la conciencia de algunos jóvenes; después puso de relieve los esfuerzos e insidias empleadas por el demonio para distraerlos y apartarlos de la confesión.

Hablando de aquel animalito, el siervo de Dios hizo reír mucho su auditorio, pero también le obligó a reflexionar seriamente sobre las cosas del alma. Tanto más que, después manifestaba priva­damente a los que se lo pedían, lo que ellos creían que nadie sabía. Y todo cuanto [San] Juan Bosco decía y manifestaba era cierto».

Este sueño indujo a la mayor parte de los jóvenes a confesar­se con frecuencia, llegando a ser las comuniones muy nemoro­sas.

EL GIGANTE FATAL
SUEÑO 24.AÑO DE 1859.

(M. B. Tomo VI, pág. 300)

En aquellos días —asegura Don Ruffino-—, refiriéndose a las postrimerías del año anteriormente citado, [San] Juan Don Bosco parecía más preocupado que de costumbre.
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Santo dijo a algunos de los suyos que había tenido un sueño en el cual había visto a un hombre de elevada estatura, el cual, dando vueltas por las calles de Turín, tocaba con dos de sus dedos el rostro de algunos de los transeúntes. Los así señalados se tornaban negros y caían muertos al suelo.
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¿Se trataba quizás de una epidemia moral?

DOCUMENTOS COMPROMETEDORES

SUEÑO 25.AÑO DE 1860.

(M. B. Tomo VI, págs. 546-547)

Habiendo escrito desde Lyón una carta a San Juan Bosco Mons. Fransoni, Arzobispo de Turín, dicha carta no llegó a su destino.

Poco tiempo después, le fue entregada al Santo una nota del mismo Arzobispo por mediación de un amigo, en la cual el prelado se lamentaba de que [San] Juan Don Bosco no le hubiese contestado, añadiendo que ya nada necesitaba sobre el favor so­licitado, pues se había dirigido a otras personas para hacer llegar a su destino ciertas instrucciones.

Sólo algunos años después pudo conocer San Juan Bosco esta nueva prueba de confianza que le había dado su prelado.

Pero ¿cómo se había perdido aquella carta? La habían reconoci­do en el Correo, abriéndola y secuestrándola por orden ministerial.

San Juan Bosco, como no tenía idea de semejante carta, estaba tranquilo cuando tres días antes del registro dictado contra él, en la noche del miércoles al jueves, tuvo un sueño, que le fue de mucho provecho. He aquí cómo lo contó él mismo:
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«Me pareció ver entrar en mi habitación una cuadrilla de saltea­dores que se adueñaron de mi persona y después de revisar todas mis cartas y papeles, registraron todos los armarios y revolvieron to­dos los escritos.

Entonces, uno de ellos, con aire bondadoso me dijo: —¿Por qué no quitó de en medio tal y tal escrito? ¿Le gustaría que se encontraran aquellas cartas del Arzobispo, que nos podrían proporcionar serios disgustos a usted y a él? ¿Y aquellas otras de Roma que ya casi olvidadas están aquí —e indicaba el sitio— y aquellas otras que están allá? Si las hubiera hecho desaparecer se habría librado de muchas molestias».
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«Al hacerse de día continuaba San Juan Boscocomo en plan de broma conté este sueño, que considero como un engendro de mi fantasía. Mas a pesar de ello, puse en orden algunas cosas y quité de en medio algunos escritos, cuya lectura me podía perjudicar.

Tales escritos eran algunas cartas confidenciales, que en re­alidad nada tenían que ver con la política ni con el gobierno. Pero los enemigos de la Iglesia podían considerar como delito toda instrucción recibida del Papa o del Arzobispo sobre el modo de conducirse de los sacerdotes en ciertas dudas de conciencia.

Por tanto, cuando comenzaron los registros yo había trasla­dado ya a otra parte todo cuanto hubiera podido dar el menor matiz de relaciones políticas a nuestros asuntos».

Esta es la causa de la desaparición de ciertas cartas autógrafas de los primeros tiempos del Oratorio continúa Don Lemoyne—. Para este traslado de papeles [San] Juan Don Bosco hubo de servirse de los jó­venes de su mayor confianza, los cuales, en su precipitación, no habiendo entendido bien las órdenes recibidas, quemaron parte de los escritos, parte los escondieron y otros ¡os entregaron a personas de confianza de Turín. Por eso, la mayor parte de los preciosos documentos que se refieren a las relaciones con la Sede Apostólica; algunas Cartas de Beato  Pío Pp. IX; las copias de ¡as cartas de San Juan Bosco a Papa Beato Pio IX; la correspondencia del 1851 con e¡ Arzobispo de Turín; las relaciones epistolares con algunos hombres de Estado, especialmente con los ministros; las Memo­rias y apuntes sobre los sueños, que San Juan Bosco solía escribir y conservar para su consuelo; la narración de gracias concedidas por la Virgen, de hechos milagrosos y de acciones extraordina­rias de los jóvenes, como también datos de pura curiosidad se perdieron para siempre.

No hubo tiempo para hacer una juiciosa selección antes del traslado.

Varios de estos documentos más antiguos los conservaba consigo José Buzzetti y, sin pensar en nada más, los destruyó preocupado únicamente de la seguridad personal de [San] Juan Don Bosco.

Se llegó incluso a olvidar el lugar donde fueron escondidos muchos de estos papeles, y años después fueron encontrados bajo una viga de la Iglesia de San Francisco de Sales.

No debe maravillarnos este lamentable despilfarro, pues los hechos nos demuestran que tal celeridad en el obrar fue cosa obligada; y lo que más llamó la atención de [San] juan Don Bosco, fue que los allanadores buscaron y hurgaron especialmente, en aquellos sitios en los que antes habían estado dichas cartas; esto es, en los lugares indicados en el sueño.

LAS CATORCE MESAS

SUEÑO 26.AÑO DE 1860.

(M. B. Tomo VI, págs. 708-709)

El 5 de agosto de 1860 se celebró en el Oratorio con toda so­lemnidad la festividad de Nuestra Señora de las Nieves.

San Juan Bosco cerró ¡a jornada narrando después de ¡as oracio­nes de la noche, el siguiente sueño:
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«Se encontraban todos mis jóvenes en un lugar tan ameno como el más hermoso de los jardines, sentados ante unas mesas que as­cendiendo desde la tierra en forma de gradas, se elevaban tanto que casi no se divisaban las últimas. Dichas mesas, largas y espaciosas, eran catorce, dispuestas en un amplio anfiteatro y divididas en tres órdenes, sostenido cada uno por una especie de muro en forma de terraplén.

En !a parte baja, alrededor de una mesa colocada en el suelo desnudo y desprovista de todo adorno y sin vajilla alguna, vi a cierto número de jóvenes. Estaban tristes; comían de mala gana y tenían delante de sí un pan semejante al de munición que le dan a los solda­dos, pero tan rancio y lleno de moho que daba asco. Este pan estaba en el centro de la mesa mezclado con suciedades e inmundicias. Aquellos pobrecitos estaban como los animales inmundos en las po­cilgas. Yo les quise decir que arrojasen lejos aquel pan, pero me hube de contentar con preguntar por qué tenían ante sí tan nausea­bundo alimento.

Me respondieron:

—Hemos de comer el pan que nosotros mismos nos hemos pre­parado, pues no tenemos otro.

Aquello representaba a los que están en pecado mortal.

Dicen los Proverbios en el Capítulo I: "Odiaron la disciplina y no abrazaron el temor de Dios y no prestaron atención a mis consejos, y se mofaron de todas mis correcciones. Comerán, por tanto, el fru­to de sus obras y se saciarán de sus pensamientos".

Más a medida que las mesas subían, los jóvenes se mostraban más alegres y comían un pan de mejor calidad. Eran los comensales hermosísimos; dotados de una belleza cada vez más esplendorosa. Las riquísimas mesas a las cuales estaban sentados, estaban cubier­tas de manteles raramente trabajados, sobre los cuales brillaban candeleros, ánforas, tazas, floreros de un valor indescriptible, platos con viandas exquisitas, objetos de un precio inestimable. El número de estos jóvenes era crecidísimo.

Representaba aquello a los pecadores convertidos.

Finalmente, las últimas mesas colocadas en lo más alto, tenían un pan que no sabría describir. Parecía amarillo... rojo... y el mismo color del pan era el de los vestidos y el de la cara de los jóvenes que resplandecía circundada de una luz suavísima. Estos gozaban de una alegría extraordinaria y cada uno procuraba hacer partícipe de su gozo al compañero. Por su belleza, luminosidad y esplendor supera­ban en mucho a cuantos ocupaban puestos inferiores.

Esto representaba el estado de inocencia.

De los inocentes y de los convertidos afirma el Espíritu Santo en el Capítulo I de los Proverbios: "El que me escucha gozará de un sereno reposo, vivirá en la abundancia, libre del temor de los malos".

Pero lo más sorprendente es que reconocí a todos aquellos jóve­nes, desde el primero al último, de forma que al ver ahora a cada uno de ellos me parece contemplarlo allá sentado en su sitio de la mesa que le correspondía. Mientras no podía ocultar mi maravilla ante tal espectáculo, imposible de comprender, vi a un hombre allá a lo lejos.

Corrí a hacerle algunas preguntas, pero tropecé con algo y me desperté, encontrándome en el lecho.
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Vosotros me habéis pedido que les contara el sueño y yo os he complacido, pero al mismo tiempo les recomiendo que no le ha­gan más caso que el que los sueños se merecen.

Al día siguiente, San Juan Bosco indicó a cada uno el lugar que ocupaba en las mesas. Al hacerlo comenzaron a contar desde la más alta hasta llegar a la más baja.

Se le preguntó si uno podía subir de una mesa inferior a otra superior. Respondió que sí, menos a aquella que estaba por enci­ma de todas, pues los que descendían de ella no podían volver a ocupar más aquel lugar de privilegio. Era el puesto reservado a los que conservaban la inocencia bautismal. El número de los és­tos era tan exiguo como grande el de los segundos y terceros.

Don Domingo Ruffino y Don Juan Turchi que estaban pre­sentes y que oyeron el relato del sueño, nos legaron testimonio del mismo y los nombres de algunos de los que estaban senta­dos en la primera mesa.

Más que agradecidos, consignaremos algunos datos sobre los dos afortunados testigos y coetáneos de San Juan Bosco, que nos le­garon el texto del sueño que acabamos de relatar.

Don Domingo Ruffino era natural de Giaveno y fue uno de los primeros profesos de la Sociedad de San Francisco de Sales, el 14 de mayo de 1862.

Según datos que nos ofrecen las Memorias Biográficas, Don Juan Turchi fue ordenado de sacerdote en 1861, cantando su primera Misa el 26 de mayo del mismo año.
SOBRE EL ESTADO DE LAS CONCIENCIAS

SUEÑO 27.AÑO DE 1860.

(M. B. Tomo VI. pág?. 817-822)

Durante las noches correspondientes a las fechas comprendi­das entre el 28 y el 30 de diciembre de 1860, San Juan Bosco tuvo tres sueños, como él los llama y que nosotros, por cuanto hemos visto, oído y comprobado, podemos calificar con toda seguridad, de auténticas visiones celestiales.

Se trata de un mismo sueño tres veces repetido, aunque acompañado de circunstancias diuersas.

He aquí el resumen del mismo, tal como salió de labios del Santo en la noche postrera del año 1860, al relatarlo a todos los jóvenes reunidos para escuchar sus buenas noches.
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Me pareció estar durante tres noches en un campo, en Rivalta, en compañía de [San] José Don Cafasso, de Silvio Pellico y del Conde Cays.

La primera noche la pasamos discurriendo sobre ciertos puntos de re­ligión relacionados con los tiempos actuales. La segunda la dedicamos a conferencias morales en las que proponíamos y resolvíamos diversos ca­sos de conciencia, referentes principalmente a la dirección de la juventud.

Al comprobar que durante dos noches consecutivas había tenido el mismo sueño, determiné contarlo a mis queridos hijos si por aca­so volvía a soñar lo mismo por tercera vez.

Y he aquí que en la noche del 30 al 31 de diciembre, me pare­ció estar nuevamente en el mismo lugar y en compañía de los mis­mos personajes.

Dejando aparte otra preocupación, me vino a la mente el pensa­miento de que el día siguiente, último del año, tenía que dar el agui­naldo, o sea, los recuerdos a mis queridos hijos. Por eso, dirigiéndome a [San] José Don Cafasso, le dije-.

—Vos que sois mi gran amigo, déme el aguinaldo para mis hijos.

El me replicó:

—¡Oh!, despacio. Si quieres que te dé el aguinaldo para tus jó­venes, ve primero y diles que preparen y ajusten bien sus cuentas.

Nos encontrábamos a la sazón en una gran sala, en medio de la cual había una mesa. [San] José Don Cafasso, Silvio Pellico y el Conde Cays fueron a sentarse junto a ella. Yo, para obedecer al primero, salí de la habitación y fui a llamar a mis muchachos, que estaban fuera, ha­ciendo cada uno una suma en un papel que tenían en la mano.

Los jóvenes comenzaron a entrar en la sala uno por uno, llevan­do consigo sus papeles en los que se veían muchas cantidades para sumar; y presentándose a los mencionados personajes, les enseña­ban sus cuentas. Aquellos señores comprobaban el resultado, y si la suma era exacta y los números estaban claros, se los devolvían a cada uno. Pero si las cifras estaban emborronadas ni se dignaban mirarlas.

Los primeros representaban a aquellos que tienen sus cuentas ajustadas; los segundos, los de conciencia embrollada. Estos últimos eran bastante numerosos. Los que salían con sus cuentas aprobadas marchaban contentos de la sala y se dirigían al patio a jugar; los otros, en cambio, se iban tristes y angustiados.

Una gran multitud de jóvenes esperaba a la puerta de aquel sa­lón con el papel en la mano a que le llegase el turno.

Largo tiempo duró esta tarea, hasta que finalmente no se pre­sentó nadie.

Parecía que habían desfilado por allí todos los jóvenes, cuando [San] Juan Don Bosco, al ver a algunos que estaban esperando y no se presen­taban preguntó a [San] José Don Cafasso:

—¿Y éstos qué hacen?

—Estos, replicó [San] José Don Cafasso, no tienen ningún número escrito en el papel, por tanto no pueden hacer ninguna suma; pues aquí se trata de saber el total de lo que se posee, de lo que se ha hecho, por eso estos jóvenes deben ir primero a llenar el papel de números y que vengan después, que entonces podrán hacer la adición.

De esta manera terminó aquella gran revisión de cuentas.

Entonces salí de la sala con los tres personajes, dirigiéndonos al patio, donde vi un gran número de jóvenes: eran aquellos cuyos pa­peles estaban llenos de cifras colocadas en orden. Se entretenían en correr, saltar y jugar en medio de una alegría extraordinaria. Eran tan felices como otros tantos príncipes. No se pueden imaginar la alegría que yo experimentaba al verlos tan gozosos.

Pero había un cierto número de jóvenes que no participaban de los juegos de los demás sino que se distraían contemplando a sus compañeros. Entre ellos, había unos que tenían una venda en los ojos, otros una densa niebla, otros una nube oscura alrededor de la cabeza. Algunos echaban humo por la cabeza, otros tenían el cora­zón lleno de tierra, otros vacío de las cosas de Dios. Yo los vi y los conocí perfectamente; de forma que podría nombrarlos uno a uno desde el primero al último.

Entretanto me di cuenta de que en el patio faltaban muchos de mis muchachos y me dije para mí después de haber reflexionado un poco: ¿Dónde están aquellos que tenían el papel completamente en blanco?

Mirando hacia una y otra parte, al fin fijé la vista en un rincón del patio y ¡oh, terrible espectáculo! Vi a uno de los jóvenes tendido en el suelo y pálido como la muerte. Otros estaban sentados sobre un escaño bajo y sucio, otros echados sobre un jergón de paja, otros tirados sobre el desnudo suelo, otros recostados sobre las mismas piedras. Eran todos aquellos que no tenían sus cuentas ajusta­das. Les aquejaba una grave enfermedad que les afectaba bien a los ojos, a la lengua, a los oídos; los órganos atacados aparecían roídos de gusanos. Había uno que tenía la lengua completamente podrida, otro con la boca llena de fango y otro de cuya garganta salía un he­dor insoportable. Diversas eran las enfermedades de algunos infeli­ces. Quién tenía el corazón carcomido, débil, corrompido; quién padecía una úlcera, quién otra; había uno en un completo estado de descomposición. Aquello parecía un verdadero hospital. En presencia de semejante espectáculo quedé completamente desconcertado, sin poder dar crédito a cuanto estaba viendo. Enton­ces exclamé:

—¡Oh! Pero ¿qué es esto?

Y acercándome a uno de aquellos desgraciados, le pregunté:

—Pero ¿no eres tú N. N.?

—Sí —me replicó— yo soy.

—¿Y cómo es que te encuentras en un tan deplorable estado?

—¿Qué quieres?, —me dijo—. Harina de mi costal. ¡Ya ves! Este es el fruto de mis desórdenes.

Me acerqué a otro y obtuve la misma respuesta. Tal espectáculo me producía en el corazón el efecto de una agudísima espina, cuyo dolor se me hizo más tolerable al contemplar lo que seguidamente les voy a contar.

Con el corazón lleno de dolor me dirigí a [San] José Don Cafasso y le pre­gunté en tono de súplica:

—¿Qué remedio debo emplear para curar a estos mis pobres hijos?

—Usted sabe como yo lo que se debe hacer —me replicó [San] José Don Cafasso—. No necesita que se lo diga. Medite un poco. Ingeníese.
Después me hizo señal de que le siguiese y acercándose al pala­cio del cual habíamos salido, abrió una puerta. He aquí que enton­ces me encontré en un magnífico salón, adornado de oro, de plata y de toda suerte de filigranas; iluminado por millares de lámparas cada una de las cuales despedía una luz tal que mi vista no podía resistir su resplandor.

Tanto la anchura como la longitud de aquel local eran, consider­ables. En medio de aquel salón, verdaderamente regio, había una amplia mesa colmada de confituras de todas las especies.

Había almendras recubiertas de azúcar de un tamaño extraordina­rio; bizcochos descomunales, de manera que uno solo habría sido suficiente para saciar a un joven. Al ver esto intenté salir precipita­damente para llamar a mis jóvenes e invitarles a que viniesen a ver aquella mesa, y para que contemplasen el magnífico espectáculo que ofrecía aquel salón. Pero [San] José Don Cafasso me detuvo inmediata­mente exclamando:

—¡Despacio! No todos pueden comer de estos bizcochos y de estas almendras. Llamad solamente a los que tienen sus cuentas en orden.

Así lo hice y en un instante la sala se vio llena de muchachos.

Entonces me dispuse a partir y distribuir aquellos bizcochos y aquellas pastas y almendras artísticamente confeccionados. Pero [San] José Don Cafasso se opuso diciendo:

—¡Calma, calma! No todos los que están aquí son dignos de gustar estos confites; no todos pueden participar de ellos. Y me in­dicó quiénes eran los indignos.

Entre éstos nombró en primer lugar a los que estaban cubiertos de llagas, los cuales no se encontraban en la sala con los demás por­que no tenían sus cuentas ajustadas. Después me indicó los que, a pesar de tener sus cuentas en orden, tenían una niebla delante de los ojos, o el corazón lleno de tierra o vacío de las cosas del cielo.

Yo le dije inmediatamente con aire de súplica:

—Dejad que dé un poco a estos últimos; también son hijos míos muy queridos, tanto más que hay mucha abundancia de confites y no hay peligro alguno de que lleguen a faltar.

—No, no —continuó diciendo—, sólo los que tienen la boca sana pueden gustarlos; los demás, no; no están en condiciones de saborear tales dulzuras; pues como tienen la boca enferma y llena de amargura, las cosas dulces les producirían repugnancia y, por tanto, no las pueden comer.

Me resigné a hacer lo que me decía y seguidamente comencé a distribuir los dulces sólo entre aquellos que me habían sido indica­dos. Una vez que hube repartido entre ellos bizcochos y almendra­dos en abundancia, comencé nuevamente la distribución, dando a cada uno una buena cantidad. Os aseguro que sentía gran compla­cencia al ver a mis jóvenes comer con tanto gusto aquellas golosi­nas. En el rostro de cada uno se reflejaba una gran alegría; no parecían los muchachos del Oratorio; tan transfigurados estaban.

Los que permaneciendo en la sala se habían quedado sin dulces, estaban en un rincón de la misma, tristes y disgustados. Lleno de compasión hacia ellos, me dirigí nuevamente a [San] José Don Cafasso y le rogué con insistencia me permitiese distribuir también algunos dulces entre éstos, para que los pudiesen probar.

—No, no —replicó Don Cafasso—, éstos no pueden comerlos. Haced primero que sanen de sus dolencias y los podrán saborear también ellos.

Yo miraba a aquellos pobrecillos. También observaba a los mu­chos que habían quedado fuera llenos de melancolía y a los cuales no se les había dado nada. Los reconocí a todos y para mayor tormen­to mío me di cuenta de que algunos tenían el corazón carcomido.

Continué, pues, diciendo a [San] José Don Cafasso:

—Dígame, ¿qué remedio debo emplear; qué debo hacer para curar a estos mis hijitos?

Nuevamente me replicó:

—¡Reflexione, ingeníeselas; Vos sabéis lo que tenéis que hacer!

Entonces le pedí que me diese el aguinaldo prometido para mis jóvenes.

—¡Bien —replicó—, se lo daré!

Y adoptando la actitud de una persona que se dispone a partir, dijo tres veces en tono cada vez más elevado:

—¡Estén atentos, estén atentos, estén atentos!
Y diciendo esto desapareció con sus compañeros y se desvane­ció el sueño.
***************************************************************
Sí en todo esto hay algo que pueda ser útil a nuestras almas —continuó [San] Juan Don Bosco—, aprovechémoslo. No me agradaría con todo, que alguno contara algo fuera de casa. Yo se los he referi­do a Vosotros porque son mis hijos, pero no quiero que Vosotros lo deis a conocer a los demás. Entretanto os puedo asegurar que os tengo todavía presente a cada uno de Vosotros tal como os vi en el sueño; sabría decir quién estaba enfermo, quién no; quién comía, quién no. Ahora no quiero ponerme a manifestar aquí en público el estado de cada uno, sino que lo diré en particular a quien así lo desee.

El aguinaldo que les doy en general a todos los del Oratorio, es el siguiente: Frecuente y sincera confesión; frecuente y devota Comunión.

Permítasenos escribe Don Lemoynehacer tres reflexio­nes sobre este sueño.

La primera empleando palabras de Don Ruffino: "[San] Juan Don Bosco dicecuenta solamente el resumen de sus sueños, lo que se refiere e interesa a los jóvenes, si hubiese querido narrar el sue­ño completo en cada circunstancia, habría necesitado de un grueso volumen. Todas las veces que se le preguntó prudente­mente sobre alguno de sus sueños o visiones se obtuvieron numerosísimas ideas nuevas y nuevos detalles que duplicaban o triplicaban la materia. E incluso, cuando no era interrogado, en ciertas ocasiones dejaba escapar palabras que indicaban sus co­nocimientos sobre muchos acontecimientos futuros, de una ma­nera confusa, sin saber dar más explicaciones sobre los mismos».
Estas palabras fueron escritas por Don Ruffino en fecha de 30 de enero de 1861 y de ellas se infiere que anteriormente [San] Juan Don Bosco había narrado otros muchos sueños, cuyos textos origina­les se perdieron, o, al menos, que los que hemos esbozado en los volúmenes precedentes, fueron por él desarrollados con mucha amplitud y abundancia de pensamientos y amonestaciones. Por lo demás, hemos de hacer nuestras estas afirmaciones, pues no­sotros mismos, más de cien veces al escuchar estos relatos de la­bios de [San] Juan Don Bosco, llegamos a las mismas conclusiones.

La segunda sugerencia es de [Beato] Miguel Don Rúa y se refiere a la reali­dad de los conocimientos que [San] Juan Don Bosco adquiría durante tales sueños, sobre el estado de las conciencias de sus jóvenes.

«Tal vez alguno escribepodría suponer que [San] Juan Don Bosco, al poner de manifiesto la conducta de los jóvenes y otras cosas ocultas, pudiese servirse de revelaciones hechas por los mismos jóvenes o por los asistentes. Yo, en cambio, puedo asegurar con toda certeza que jamás, en los muchos años que viví a su lado, que ni yo, ni ninguno de mis compañeros pudimos darnos cuen­ta de tal cosa. Por otra parte, siendo nosotros entonces jóvenes y estando en medio de los jóvenes, al cabo de breve tiempo podría­mos haber descubierto con mucha facilidad que el [Santo] hacía uso de confidencias hechas por alguno de la casa, ya que los muchachos difícilmente saben guardar un secreto.

Era tan común entre nosotros la persuasión de que [San] Juan Don Bosco nos leía los pecados en la frente, que cuando alguno cometía una falta procuraba evitar el encuentro con él, hasta después de haberse confesado; y esto sucedía mucho más frecuentemente después de la narración de un sueño. Tal persuasión nacía en los alumnos del hecho que yéndose a confesar con él, aunque se tratase de jó­venes que le eran desconocidos, encontraba en ellos y ponía de manifiesto culpas en las que no habían reparado o que pretendían ocultar.

Finalmente haré observar que además del estado de las conciencias, [San] Juan Don Bosco anunciaba en los sueños cosas que era impo­sible conocer naturalmente con sólo los medios humanos; por ejemplo, la predicción de algunas muertes y otros hechos futu­ros. Por mi parte, a medida que avanzaba en edad, al considerar estos hechos y revelaciones de [san] Juan Don Bosco, tanto más me conven­cía de que estuvo dotado por el Señor del espíritu de profecía.

La tercera reflexión es la nuestra dice Don Lemoyne— y es que de este sueño se deduce que [San] José Don Cafasso hacía el papel de juez de todo lo referente a la religión y a la moralidad; Silvio Pe­llico dictaminaba sobre la diligencia en el cumplimiento de los deberes escolásticos y profesionales, y el Conde Cays, sobre obediencia y disciplina.

En los dulces nos parece descubrir el alimento de aquellos que comienzan a andar por los caminos del Señor, y en la pasta de al­mendras a los que están ya en vía de mayor perfección. De unos y de otros se podría decir con el Salmista: "Los alimentó con el me­jor de los trigos y los sació con la miel que salía de la piedra".

El sueño que acabamos de ofrecer a los lectores está tomado de la Crónica de Don Ruffino y de las Memorias personales de Don Bonetti.
Causa verdadero estupor continúa Don Lemoyneel com­probar los efectos producidos en los alumnos de [San] Juan Don Bosco du­rante meses y meses, por el sueño que acabamos de transcribir».

Don Ruffino y Don Bonetti conservaron recuerdo de ello en sus respectivas Memorias, las cuales se complementan recíprocamente. Su lectura refleja lo que sucedió entonces en el Oratorio en el terre­no espiritual; las luchas continuas mantenidas entre la virtud y el vicio, entre el espíritu de Dios y el espíritu de las tinieblas; el sucederse alterno en el campo de ¡as almas, de ¡as victorias y de ¡as derrotas, de las caídas y del resurgir de las mismas; de la labor de un sacerdote dotado de un celo ardiente y que sostenido por uña luz especial y por una energía divina, en medio de aquellas for­midables y misteriosas batallas, infunde valor y fuerza a quienes luchan varonilmente, socorre a los vencidos y aleja al enemigo obstinado.

He aquí ¡o que nos dice la Crónica de Bonetti en fecha de 1 de enero de 1861.

«[San] Juan Don Bosco no podía quitarse a los jóvenes de encima. El uno quería que le dijese si se encontraba entre los enfermos; el otro, si le había visto con el corazón lleno de tierra; un tercero, si sus cuentas estaban en regla o si se encontraba en el número de aquellos que comían ¡os bizcochos y las pastas de almendra. El, cual padre amoroso, deseoso de complacer a todos, pasó casi todo el día atendiendo a los que, uno tras otro, fueron a preguntarle confidencialmente el estado de la propia alma. Y el [Santo] les indicaba el lugar que ocupaban en e¡ sueño dándoles un agui­naldo particular. El que dio al clérigo Juan Bonetti, fue el siguien­te: "Quaere animas, et dabis animan tuam Domino" ¡Cuánto bien produjera este sueño entre los jóvenes no se puede calcular! Baste saber que incluso aquellos que, hasta entonces, no habían cambiado de manera de pensar, ni se habían dejado influenciar por los buenos ejemplos de los compañeros, ni por los saludables avisos y consejos de los superiores, ni por varias tandas de ejercicios espirituales, al oír este sueño no pudieron resistir más, y todos fueron con empeño a hacer su confesión general con el mismo [San] Juan Don Bosco, el cual sentía su corazón inundado de alegría a¡ comprobar cómo el Señor favorecía de aquella manera a sus queridos hijos.

En esta ocasión, llevado del deseo de que todos los jovencitos se aprovechasen de aquel favor del cielo, nos dijo tales cosas, que no nos quedó lugar a duda de que aquel sueño misterioso era uno de los que el Señor suele infundir de vez en cuando a ¡as al­mas elegidas».

Y continúa ¡a Crónica de Don Bonetti en ¡a fecha del 10 de enero.

«En el día de hoy un nuevo acontecimiento ha venido a afirmar a los jóvenes en su creencia de que con aquel sueño misterioso, el Señor quiso revelar a [San] Juan Don Bosco el estado de las conciencias de sus hijos.

He aquí una prueba contundente de ello: "Un joven había ca­llado varias veces un pecado en la confesión. En estos días de sa­lud, atormentado por el pensamiento del estado lamentable de su alma, determinó hacer una confesión general, y para ello se presen­tó a Don Picco el cual, precisamente en aquellos días comenzaba a acudir al Oratorio para ayudar a [San] Juan Don Bosco en las confesiones de los jóvenes. E¡ muchacho en cuestión hizo una confesión de toda su vida pasada, pero al llegar a aquel pecado que había callado ya va­rias veces, no se atrevió a confesarlo y lo calló nuevamente. Esta mañana, al bajar [San] Juan Don Bosco de su habitación para ir a la sacristía, se encontró en la escalera al pobre joven y le dijo:

¿Cuándo vendrás a hacer tu confesión general?

—Ya la he hecho le respondió—.

—¡No me digas!, replicó [San] Juan Don Bosco—.

—Sí, la hice anteayer con Don Picco.

—No, no has hecho tu confesión general. Y si no dime: ¿Por qué has callado tal pecado?

Al oír estas palabras, el jovencito bajó la cabeza y se le llena­ron ¡os ojos de lágrimas; después comenzó a llorar desconsolada­mente y habiendo bajado a la sacristía hizo su confesión de la manera más consoladora».

El Clérigo Juan Cagliero, que había estado presente cuando [San] Juan Don Bosco relataba el sueño y era amigo de todos los alumnos, habló con este alumno, el cual, aunque de mala gana, le contó cuanto [San] Juan Don Bosco le había dicho.

El [Santo] jamás revelaba a nadie más que al interesado cuanto sabía o conocía por medio de los sueños; pero de las mutuas confidencias que se hacían los jóvenes que habían sido objeto de su exquisita caridad, se ponía siempre en claro que Dios hablaba por su boca.

En la crónica de Don Ruffino correspondiente al 11 de enero se lee:

«Muchos jóvenes están preocupados; bastantes se preparan para hacer una confesión general. Muchísimos desean hablar con [San] Juan Don Bosco, el cual comunica a cada uno de ellos cosas importan­tísimas relacionadas con lo más íntimo de sus conciencias. A al­gunos, yo mismo los he visto llorar, como si se les hubiese comunicado una gran desgracia. Otros están contentos porque han podido oír una palabra de seguridad sobre su estado.

Un clérigo, al cual conozco muy bien, le pidió le dijese algo sobre el estado de conciencia en que se encontraba y [San] Juan Don Bosco se lo expuso así:

No te desanimes, procura apartar tu corazón de las cosas del mundo. Abre bien los ojos para alejar las tinieblas de tu mente y para conocer la verdadera piedad que se opone a la propia gloria. Procura con la medicina de la Confesión remover todo obstáculo que pudiera hacerlo enfermar. Reaviva tu fe, la cual te hará conocer y amar la vida de piedad. Aquí tienes descrito tu estado.

En el Oratorio se siente un gran bienestar. [San] Juan Don Bosco dijo en medio de un gran corro de muchachos en tiempo de recreo:

Hay jóvenes en la casa que aventajan en piedad a [Santo] Domingo Savio. Uno especialmente, poco conocido, me supo decir después de la Misa, los pensamientos y distracciones que yo tuve durante la misma».

Las crónicas de Bonetti y Ruffino, en fecha 13 de enero conti­núan:

Un buen número de artesanos, especialmente los encuaderna­dores, han ido a hacer su confesión general, sin que nadie les incite a ello.

Un alumno, habiéndose encontrado con [San] Juan Don Bosco en el pa­tio, le preguntó:

Dígame, ¿cómo es que habiéndose confesado casi todos el día de Navidad vio usted a tantos en el sueño en tan deplorable estado?

Me has preguntado una cosa replicó el [Santo]que no te puedo aclarar; yo lo sé, pero, aunque no estoy obliga­do a secreto, en público no la diré nunca; hay con todo muchas otras que no puedo decirlas ni en privado.

Ese mismo día dijo [San] Juan Don Bosco después de las oraciones:

Al punto a que han llegado las cosas, me veo obligado a hablar y a descorrer el velo de este sueño. Les dije que ¡o tuve durante tres noches consecutivas. La primera vez en la noche del 28 de diciembre, repitiéndose en las fechas del 29 y del 30. En la primera noche se trataron puntos y cuestiones de teología re­ferentes al tiempo presente, o sea, cosas de actualidad y les ase­guro que recibí muchas ilustraciones del cielo.

La segunda noche hablamos sobre diversos temas de moral, también relacionados con casos de conciencia referentes a jóve­nes del Oratorio.

La tercera noche se trataron casos prácticos, por los cuales conocí el estado moral de cada joven en particular.

El primer día no quise hacer caso del sueño porque el Señor nos lo prohíbe en la Sagrada Escritura. Pero en estos días pasa­dos, después de haber hecho algunas experiencias, tras haber ha­blado con varios jóvenes en particular y de haberles expuesto las cosas tal y como las vi, y de que ellos me asegurasen que todo era como yo les decía, ya no pude seguir dudando, llegando a la convicción de que se trataba de una gracia extraordinaria que el Señor concede a todos los hijos del Oratorio.

Por eso me encuentro en la obligación de decirles que el Se­ñor los llama y les hace sentir su voz y ¡ay de aquellos que cie­rren sus oídos a sus reclamos!

[San] José Don Cafasso, pues, hizo entrar a todos en una sala y a todos proporcionó un pliego. Algunos tenían sus cuentas ajustadas por completo. Otros nada más que los números, pero les faltaba por hacer la suma.

¿Y todos aceptaron el pliego que se les ofrecía?, pregun­tó el mismo [San] Juan Don Bosco—. No —se respondió a sí mismopor­que muchos se habían quedado fuera, recostados en las yacijas de paja, otros sentados en los escaños; otros tendidos por el sue­lo o echados sobre el fango: algunos estaban tan cubiertos de he­ridas y de llagas que causaban repugnancia.

Los que recibieron el papel de manos de [San] José Don Cafasso con las cuentas aprobadas, salieron a hacer recreo, pero no todos juga­ban, pues muchos de ellos tenían los ojos rodeados de una nie­bla que les impedía ver claro; otros los tenían vendados, no faltando quienes mostraban el corazón carcomido.

Los que tenían sus cuentas ajustadas representan a los de conciencia recta.

Los que tenían el papel con los números escritos, pero sin la suma hecha, con los que tienen la conciencia en regla, pero les falta la adición de la última confesión.

Los que tenían los ojos circundados de niebla o vendados, son los que se dejan dominar por el espíritu de soberbia y por el amor pro­pio. Los que estaban tirados por los suelos podría nombrarlos uno a uno y decirles por qué se encontraban sobre las yacijas de paja, sentados en los escaños o en el mismo suelo. Vi también el inte­rior de los corazones. Muchos los tenían llenos de cosas bellas: de rosas, de azucenas, de fragantísimas violetas. Estas flores simbo­lizan ¡as distintas virtudes. ¡Otros en cambio!... El corazón carcomido representa a ¡os que alimentan odios, rencores, envidias, antipatías, etc., etc.

Algunos tenían el corazón lleno de víboras, símbolo de los pe­cados mortales; otros lleno de tierra, representación del apego a las cosas del mundo y a los placeres sensuales.
Bastantes eran también los de corazón vacío, o sea los que a pesar de estar en gracia de Dios y alejados de ¡as cosas del mun­do y de ¡os placeres sensuales, al mismo tiempo no procuran lle­nar e¡ corazón con la piedad y con el santo temor de Dios. Estos tales viven a la buena y si no caen en el primer lazo que les tien­de el demonio no tardarán mucho en malearse.

Por tanto, todos aquellos que no tienen aún en orden las co­sas de su alma, ¡ah!, que no aguarden más tiempo a ajustarías. Que vengan a mí y me prometan responder sinceramente a cuanto les pregunte y si no se sienten con ánimo para hablar, ha­blaré yo por ellos. Por fortuna me encuentro en condiciones de poder decir a cada uno su pasado, su presente y algo del futuro.

Les estoy diciendo cosas que no debiera decir. ¡Ah, queridos jóvenes! Hay un pensamiento que me llena de horror. Les asegu­ro que jamás habría creído que hubiese en nuestra casa un tan crecido número de jóvenes con ¡as conciencias tan desordena­das, tan desarregladas. ¡Jamás lo hubiera creído!

¡Cuántos con el cuerpo cubierto de llagas y tendidos por los suelos! Créanme que pasé noches y días terribles.

Una palabra de pláceme a aquellos que han pensado ya en arreglar su conciencia; pero, aun hay muchos que no se han de­terminado a hacerlo.

Al decir esto, se notaba en su voz la emoción que le embarga­ba y gruesas lágrimas rodaban de sus ojos. No pocos de los jóve­nes lloraban también. Las palabras del [Santo] consiguieron el efecto deseado.

En su crónica del 15 de enero, Don Ruffino dejó consignado:

«Los artesanos continúan haciendo su confesión general.

Hoy, algunos hicieron a [San] Juan Don Bosco la siguiente pregunta:

¿Cómo es que habiendo tenido este sueño en vísperas de la fiesta de Navidad, tardó tanto en contarlo en público?

Repetiré lo que les dije en otra ocasión replicó [San] Juan Don Bosco—.

Después de tener este sueño, no quise por una parte dar impor­tancia a cuanto en él había visto, pero por otra me parecía que la tenía, por eso hube de reflexionar durante algunos días sobre la conducta que debía seguir. Después llamé a un joven de los que ha­bía visto en el mismo horriblemente cubierto de llagas y le dije:

Tú te encuentras en tal estado de conciencia. Lo deducía del estado en que lo había visto.

El tal me respondió que, efectivamente, era así como yo decía. Llamé a otro y me dio la misma respuesta; coincidiendo su contestación con lo que yo había observado. Vi que también se cumplía en un tercero cuanto yo había visto. Entonces no me cupo ya la menor duda. En aquel sueño se me había manifestado el estado de las conciencias de todos los jóvenes; el estado pre­sente y hasta e¡ futuro de muchos de ellos.

[San] Juan Don Bosco aseguró también a algunos de sus íntimos:

Adquirí mayores conocimientos teológicos en aquellas tres noches, que durante todo el tiempo de estudio en el Seminario».

Don Ruffino prosigue en su crónica correspondiente al 16 de enero:

«Hablando [san] Juan Don Bosco con algunos después de la comida, les decía:

Cuando se trata de la ofensa de Dios, no hay que tener nada en consideración con tal de que se llegue a impedirla.
 [Beato] Miguel Don Rúa entonces le preguntó:

¿Lo que nos ha contado es sueño o realidad?

Ni yo mismo lo sabría precisar replicó el Santo— . Lo cierto es que cuando hubo terminado, me encontraba senta­do en la cama y por cierto que sentía mucho frío.

Y al decir esto, sonreía.

Que cuanto [San] Juan Don Bosco contaba no eran simples sueños, lo demuestran los efectos de sus relatos.

Cuando Francisco Dalmazzo llegó al Oratorio, Don Bosco le preguntó:

¿Qué quieres ser cuando hayas terminado aquí tus estudios?

Farmacéutico o algo parecido respondió el jovencito—

¿No te agradaría ser sacerdote?

No, no.

Con todo, quiero hacerte sacerdote.

Dalmazzo miró a [San] Juan Don Bosco sonriendo y replicó:

¡Oh! No lo conseguirá.

Han pasado ya tres largos meses del curso y Dalmazzo es uno de los más aficionados a [San] Juan Don Bosco, al que dice ya reiteradamente:

Si a Vos le place, me haré sacerdote».

Continúa la crónica de Don Ruffino en fecha del 26 de enero:

«Parece ser que [San] Juan Don Bosco vio en sueños a otros jóvenes que ahora no están en el Oratorio.

Como le rodeasen algunos de sus confidentes, recordando el [Santo] a ciertos jóvenes que habían estado en el Oratorio y que al presente llevaban mala vida, exclamó:

¡Oh, si les pudiese hablar! Yo creo que al ver sus faltas puestas al descubierto se enmendarían. Por ejemplo, a Ard... ja­más lo he conocido y, sin embargo, le podría decir el estado de su conciencia.

Dicho esto, guardó silencio y después de permanecer algún tiempo pensativo, continuó:

por la noche pudiese ver como por la mañana, confesa­ría a un triple número de jóvenes. Por la mañana, mientras con­fieso a uno, tengo a muchos delante de mi aguardando turno. A todos los tengo confesados, aunque no me hayan hablado.

A este conocimiento sobre el estado de las conciencias, se añadía la bondad con que acogía a los penitentes.

En cierta ocasión fue a confesarse con él cierto joven. Una vez terminada la confesión, el penitente le dijo:         \
Tendría todavía una cosa que decirle.

—¿Qué? ¡Habla!

Desearía que me permitiera besarle los pies.

No hace falta. Bésame solamente la mano según se acos­tumbra al sacerdote.

El joven comenzó a llorar copiosamente añadiendo:

¡Feliz de mi si en el pasado hubiese abierto los ojos como al presente! Vos me habeis hecho ver claro esta noche.

Y se marchó sollozando. Cuando se serenó volvió para tratar con [San] Juan Don Bosco sobre las cosas de su alma».

MORTAL AMENAZA

SUEÑO 28.AÑO DE 1860.

(M. B. Tomo VI, pág. 828)

Las crónicas de Ruffino y de Bonetti, en la fecha correspon­diente al 12 de enero de 1860, dicen: «Esta mañana [San] Juan Don Bosco llamó a un joven a su habitación y le dijo:
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Esta noche pasada vi a la Muerte que te amenazaba. Cuando es­tuvo a tu lado la observé en actitud de descargar un golpe terrible sobre ti con su tremenda guadaña. Al ver esto, corrí inmediatamen­te a detener su brazo; pero ella, dirigiéndose a mí, me dijo:
—Déjame. Este no es digno de vivir. ¿Por qué se ha de tolerar que siga en el mundo quien no corresponde a tus cuidados y abusa de tal forma de las gracias del Señor?

Mas yo insistí para que te perdonara y al fin te dejó».
***************************************************************
Aquel pobrecito, al oír el relato de este sueño, quedó tan preocupado y conmovido que, entre lágrimas y sollozos, hizo su confesión y formuló numerosos propósitos.

[San] Juan Don Bosco contó aquella misma noche el sueño y todo ¡o sucedi­do a la Comunidad, sin decir que había sido él quien había tenido el sueño ni indicar la relación del mismo con un alumno del Oratorio.

Todo habría quedado en secreto si el joven C, apenas hubo baja­do de la habitación de [San] Juan Don Bosco no se hubiese acercado al clérigo Bonetti para comunicarle, en el seno de la confianza, cuanto el buen padre le había dicho; añadiendo, entre otras cosas, que había sido el mismo [San] Juan Don Bosco quien había tenido aquel sueño y que él era el joven a quien el siervo de Dios había llamado aquella mañana.

El muchacho terminó asegurando con la mayor candidez que desde que hiciera la primera comunión no se había confesado bien, pero que, afortunadamente, al presente sus cuentas con Dios estaban completamente arregladas.

UN PASEO AL PARAÍSO

SUEÑO 29.AÑO DE 1861.

(M. B. Tomo VI, págs. 864-878)
Vamos a proceder a la narración de otro hermoso sueño escribe Don Lemoyneque tuvo [San] Juan Don Bosco durante las fechas del 3, 4 y 5 de abril del año 1861.

«Varias circunstancias que en él se admiran —comenta Don Bonetticonvencerán plenamente al lector de que se trata de uno de esos sueños que el Señor se complace en infundir de vez en cuando a sus fieles siervos.

Tanto Don Bonetti como Don Ruffino lo describen minucio­samente tal y como nosotros lo exponemos seguidamente:

En la noche del 7 de abril de 1861, después de las oraciones [San] Juan Don Bosco subió a la tribuna desde donde solía hablar, para de­cir una buena palabra a los jovencitos y comenzó así:

Tengo algo muy curioso que contarles. Se trata de un sueño. Un sueño no es una cosa real. Se los digo para que no le den ma­yor importancia de la que merece. Antes de comenzar mi narración debo hacerles algunas observaciones. Yo se los cuento todo, de la misma manera que me agrada me digan todas sus cosas. Sepan que no tengo secretos para Vosotros, pero lo que se dice aquí debe quedar entre nosotros. No me atrevería a asegurar que se haga reo de pecado quien lo cuente a personas extrañas, pero es mejor que estas cosas no pasen del dintel del Oratorio. Coméntenlo entre Vosotros, rían, bromeen sobre cuanto les voy a decir, cuanto les plaz­ca, pero sólo con aquellas personas que sean de su confianza y que crean pueden sacar de ello algún provecho, si las consideran convenientemente capacitadas para ello.

El sueño consta de tres partes; lo tuve durante tres noches consecutivas; por eso, hoy les contaré una parte y las otras dos en las noches siguientes. Lo que más admiración me produjo fue que reanu­dé el sueño la segunda y tercera noche en el punto preciso en que ha­bía quedado la noche precedente al despertarme.

PRIMERA PARTE

Los sueños se tienen durmiendo, por tanto, yo dormía al co­menzar soñar.

Algunos días antes había estado fuera de Turín, pasando muy cerca de las colinas de Moncalieri. El espectáculo de aque­llas colinas que comenzaban a cubrirse de verdor, me quedó im­preso en la mente, y, por tanto, bien pudo ser que las noches siguientes, al dormir, la idea de aquel hermoso espectáculo vinie­se de nuevo a impresionar mi fantasía y ésta avivase en mí el de­seo de dar un paseo.
***************************************************************
Lo cierto es que, en sueños, contemplé una amplia y dilatada llanura: ante mis ojos se levantaba una alta y extensa colina. Estába­mos todos parados cuando, de pronto, hice a mis jóvenes la siguien­te propuesta:

—¿Vamos a dar un buen paseo?

—Pero ¿adonde?

Nos miramos los unos a los otros; reflexionamos unos instan­tes y después, no sé por qué causa extraña alguno comenzó a de­cir:

—¿Vamos al Paraíso?

—Sí, sí; vamos a dar un paseo al Paraíso —replicaron los de­más—.

—¡Bien, bien! ¡Vamos!,—exclamaron todos a una—.

Partiendo de la llanura, después de caminar un poco nos en­contramos al pie de la colina. Al comenzar a subir por un sende­ro ¡qué admirable espectáculo! Sobre toda la extensión que podíamos abarcar con la vista, la dilatada ladera de aquella colina estaba cubierta de bellísimas plantas de todas las especies: frági­les y bajas, fuertes y robustas, con todo, estas últimas no eran más gruesas que un brazo. Había perales, manzanos, cerezos, ci­ruelos, vides de variadísimos aspectos, etcétera, etcétera. Lo más singular era que en cada una de las plantas se veían flores que co­menzaban a brotar y otras plenamente formadas y dotadas de bellí­simos colores; frutos pequeños y verdes y otros gruesos y maduros; de forma que en aquellas plantas había cuanto de hermoso producen la primavera, el verano y el otoño. La abundancia de frutos era tal, que parecía que las ramas no podrían resistir el peso.

Los jóvenes se acercaban a mí llenos de curiosidad y me preguntaban la explicación de aquel fenómeno, pues no sabían darse razón de semejante milagro. Recuerdo que para satisfacer­les un poco les di la siguiente respuesta:

—Tengan presente que el Paraíso no es como nuestra tierra, donde cambian las temperaturas y las estaciones. Han de saber que aquí no hay cambio alguno; la temperatura es siempre igual, suavísi­ma, adaptada a las exigencias de cada planta. Por eso cada una de éstas recoge en sí cuanto de hermoso y de bueno hay en cada esta­ción del año.

Quedamos, pues, completamente extáticos contemplando aquel jardín encantador. Soplaba una suave brisa; en la atmósfera reinaba la más completa calma, se percibía un sosiego, un am­biente de suavísimos perfumes que penetraba por todos nuestros sentidos haciéndonos comprender que estábamos gustando las delicias de todas aquellas frutas. Los jóvenes tomaban de aquí una pera, de allá una manzana, de acullá una ciruela o un racimo de uvas, mientras que, al mismo tiempo, seguíamos subiendo to­dos juntos la colina.

Cuando llegamos a la cumbre creímos estar en el Paraíso; en cambio, estábamos bien distante de él... Desde aquella elevación, y del lado allá de una gran llanura o explanada que estaba en el centro de una extensa altiplanicie, se divisaba una montaña tan alta que su cúspide tocaba a las nubes. Por ella subía trepando trabajosamente, pero con gran celeridad, una gran multitud de gentes y en lo más elevado estaba Quien invitaba a los que subían a que continuasen sin desmayo la ascensión.

Veíamos a otros descender desde la cumbre a lo más bajo para ayudar a los que estaban ya muy cansados, por haber esca­lado un paraje difícil y escarpado. Los que, finalmente, llegaban a la meta eran recibidos con gran júbilo, con extraordinario regocijo.

Todos nos dimos cuenta de que el Paraíso estaba allá y, enca­minándonos hacia la altiplanicie, proseguimos después en dirección a la montaña para intentar la subida. Ya habíamos recorrido un buen trozo de camino, cuando numerosos jóvenes, emprendiendo una veloz carrera, para llegar antes, se adelantaron en mucho a la multitud de sus compañeros.

Mas, antes de llegar a la falda de aquella montaña, vimos en la altiplanicie un lago lleno de sangre, de una extensión como desde el Oratorio a Plaza Castillo. Alrededor de este lago, en sus orilla, había manos, pies y brazos cortados; piernas, cráneos y miem­bros descuartizados. ¡Qué horrible espectáculo! Parecía que en aquel paraje se hubiese reñido una cruenta batalla.

Los jóvenes que se habían adelantado corriendo y que habían sido los primeros en llegar, estaban horrorizados. Yo, que me en­contraba aún muy lejos y que de nada me había dado cuenta, al observar sus gestos de estupor y que se habían detenido con una gran melancolía reflejada en sus rostros, les grité:

—¡Por qué esa tristeza? ¿Qué les sucede? ¡Sigan adelante!

—¿Sí? ¿Qué sigamos adelante? Venga, venga a ver —me respondieron—.

Apresuré el paso y pude contemplar aquel espectáculo.

Todos los demás jóvenes que acababan de llegar y que poco antes estaban tan alegres, quedaron silenciosos y llenos de melan­colía.

Yo, entretanto, erguido sobre la playa del lago misterioso, observaba a mi alrededor. No era posible seguir adelante. De frente, en la orilla opuesta, se veía escrito en grandes caracteres: "PER SANGUINEM".

Los jóvenes se preguntaban unos a otros:

—¿Qué es esto? ¿Qué quiere decir todo esto?

Entonces pregunté a uno, que ahora no recuerdo quién era, el cual me dijo:

—Aquí está la sangre vertida por tantos y tantos que alcanzaron ya la cumbre de la montaña y que ahora están en el Paraíso. ¡Esta es la sangre de los mártires! ¡Aquí está la sangre de Jesucristo, con la que fueron rociados los cuerpos de aquellos que dieron testimonio de la fe! Nadie puede ir al Paraíso sin pasar por este lago y sin ser rociado con esta sangre. Esta sangre defensora de la Santa Montaña representa a la Iglesia Católica. Todo aquel que intente asaltarla mo­rirá víctima de su locura. Todas estas manos y todos estos pies trun­cados, estas calaveras deshechas, los miembros cortados en pedazos que veis diseminados por las orillas, son los restos miserables de los enemigos que quisieron combatir contra la Iglesia. ¡Todos fueron destrozados! ¡Todos perecieron en este lago!

Aquel joven, en el curso de su conversación, nombró a nume­rosos mártires, entre los cuales también a los soldados del Papa, caídos en el campo de batalla por defender el poder temporal del Pontificado.

Dicho esto, señalando hacia nuestra derecha, en dirección Este, nos indicó un inmenso valle, cuatro o cinco veces más ex­tenso que el valle de sangre y añadió:

—¿Ven allá, aquel valle? Pues allá irá a parar la sangre de aquellos que siguiendo este camino escalarán la montaña; la san­gre de los justos, de los que morirán por la fe en los tiempos ve­nideros.

Yo procuraba animar a mis jóvenes, que no podían disimular el terror que los invadía al ver y escuchar aquellas cosas, diciéndoles que si moríamos mártires, nuestra sangre sería recogida en aquel valle, pero que nuestros miembros no serían arrojados a las orillas como los que habíamos visto.

Entretanto, los muchachos se apresuraron a ponerse en mar­cha. Bordeando las orillas del lago, teníamos a nuestra izquierda la cumbre de la colina que habíamos cruzado y a la derecha el lago y la montaña. A cierta distancia, donde terminaba el lago de sangre, había un paraje plantado de encinas, laureles, palmeras y otras plantas diversas. Nos introdujimos en él para comprobar si era posible el acceso a la montaña; pero, he aquí que ante nues­tra vista se ofreció otro nuevo espectáculo. Vimos otro lago enor­me, lleno de agua y en ella una gran cantidad de miembros partidos y descuartizados. En la orilla se veía escrito en caracteres cubitales: "PER AQUAM".

—¿Qué es esto? ¿Quién nos explicará el significado de esto?

—En este lago está —nos dijo UNO— el agua que brotó del cos­tado de Jesucristo; la cual fue poca en cantidad, pero aumentó en forma considerable y sigue aumentado y aumentará en el futuro. Esta es el agua del Santo Bautismo, con el cual fueron lavados y pu­rificados los que escalaron ya esta montaña y con la que deberán ser bautizados y purificados los que han de subir a ella en el porvenir. En ella tendrán que ser bañados todos aquellos que quieran ir al Pa­raíso» Al Paraíso se llega, o por medio de la inocencia o por medio de la penitencia. Nadie puede salvarse sin haberse bañado en este agua.

Seguidamente, señalando los restos humanos, prosiguió:

—Esos miembros pertenecen a aquellos que atacaron a la Igle­sia en el tiempo presente.

Seguidamente vimos mucha gente y también a algunos de nuestros jóvenes caminando sobre las aguas con una celeridad ex­traordinaria; con tal rapidez, que apenas si tocaban la superficie con la punta de los pies y, casi sin mojarse, llegaban a la otra orilla.

Nosotros contemplábamos atónitos aquel portento cuando nos fue dicho:

—Estos son los justos, porque el alma de los santos, cuando está separada del cuerpo y el mismo cuerpo cuando está glorifica­do, no sólo puede caminar ligera y velozmente sobre el agua, sino también volar por el mismo aire.

Entonces, todos los jóvenes desearon correr sobre las aguas del lago, como aquellos a los cuales habían visto. Después me miraron como para interrogarme con la mirada, pero ninguno se atrevía a iniciar la marcha. Yo les dije:

—Por mi parte, no me atrevo; es una temeridad creerse tan justos como para poder cruzar sobre esas aguas sin hundirse.

Entonces todos exclamaron:

—¡Si usted no se atreve, mucho menos nosotros!

Proseguimos adelante, siempre girando alrededor de la monta­ña, cuando he aquí que llegamos a un tercer lago, amplio como el primero y lleno de fuego, en el cual se veían trozos de miembros humanos despedazados.

En la orilla opuesta se leía un cartel: "PER IGNEM".

—Aquí —nos dijo AQUEL tal— está el fuego de la caridad de Dios y de los santos; las llamas del amor y del deseo, por las que de­ben pasar los que no lo hicieron por la sangre y el agua. Este es también el fuego con que fueron atormentados y consumidos por los tiranos, los cuerpos de tantos mártires. Muchos son los que tu­vieron que pasar por aquí para llegar a la cumbre de la montaña. Estas llamas servirán también de suplicio a los enemigos de la Iglesia.

Por tercera vez veíamos triturados a los enemigos del Señor en el campo de sus derrotas.

Nos apresuramos, pues, a seguir adelante y del lado allá de este lago vimos otro a manera de amplísimo anfiteatro que ofrecía un as­pecto aún más horrible. Estaba lleno de bestias feroces, de lobos, osos, tigres, leones, panteras, serpientes, perros, gatos y otros muchísimos monstruos que estaban con sus fauces abiertas prestos a devorar a quien se acercara. Vimos mucha gente caminando sobre sus cabezas. Algunos jóvenes comenzaron a correr sobre ellos, pa­sando sin temor sobre las cabezas de aquellas alimañas sin sufrir el menor daño. Yo quise llamarlos y les gritaba con todas mis fuerzas:

—¡No! ¡Por caridad! ¡Deténganse! ¡No prosigan! ¿No ven cómo esos animales están dispuestos a destrozarlos y a devorarlos después?

Pero mi voz no fue escuchada y continuaron caminando sobre los dientes y sobre las cabezas de aquellos animales, como sobre la más segura de las sendas.

El intérprete de siempre me dijo entonces:

—Estos animales son los demonios, los peligros y los lazos del mundo. Los que pasan impunemente sobre las cabezas de las alimañas son las almas justas, los inocentes. ¿No recuerdas que está escrito: Super aspidem et basiliscum ambulabunt et conculcabunt leonem et draconem? A estas almas se refería el profeta San David. Y en el Evangelio se lee: Ecce dedi vobis potestatem calcandi supra serpentes et scorpiones et super omnem virtutem inimici: et nihil vobis nocebit.

Entonces nos preguntamos:

—¿Cómo haremos para pasar al lado de allá?

¿Tendremos que caminar también nosotros sobre esas horribles cabezas?

—¡ Sí, sí, vamos!, —me dijo uno.

—¡Oh! Yo no me siento con valor para hacerlo —respondí—, sería una presunción el suponerse tan justo como para poder pasar ilesos so­bre las cabezas de esos monstruos feroces. Vayan Vosotros si querréis; yo no voy.

Y los jóvenes volvieron a exclamar:

—¡Ah, si Vos no se atreve, mucho menos nosotros!

Nos alejamos del lago de las bestias y a poco contemplamos una extensa zona de terreno, ocupada por una gran muchedumbre. Parecía o era realidad que a algunos les faltaba la nariz, a otros las orejas, algunos tenían la cabeza cortada; quiénes estaban sin brazos; éstos sin piernas, aquéllos sin manos o sin pies. Unos no tenían len­gua y a otros les habían sacado los ojos. Los jóvenes estaban mara­villados de ver a toda aquella pobre gente tan mal parada, cuando UNO dijo:

—Estos son los amigos de Dios; los que por salvarse mortifi­caron sus sentidos: el oído, la vista, la lengua, haciendo además muchas obras buenas. Gran número de ellos perdieron las partes del cuerpo de que se ven privados, por las grandes obras de penitencia a que se entregaron o por el trabajo a que se dieron en aras de amor a Dios o al prójimo.

Los de la cabeza cortada son los que se consagraron al Señor de una manera particular.

Mientras considerábamos estas cosas, vimos una gran muchedumbre de personas, parte de las cuales habían atrave­sado el lago y subían la montaña poniéndose en contacto con otros que, habiendo llegado antes a la cumbre, descendían para darles la mano y les animaban a que subieran. Después, estos últimos aplaudían, exclamando:

—¡Bien! ¡Bravos!

Al oír aquel ruido de aplausos y aquellas voces, me desperté y me di cuenta de que estaba en la cama.

Esta es la primera parte del sueño, esto es, lo que soñé la pri­mera noche.
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En la noche del 8 de abril [San] Juan Don Bosco se presentó ante los jóvenes que estaban deseosos de oír la continuación del relato.

Antes de comenzar dio algunos avisos disciplinares.

El siervo de Dios se dio cuenta de la impaciencia de los jó­venes y echando una mirada a su alrededor, prosiguió después de una breve pausa con aspecto sonriente:

PARTE SEGUNDA

¡Recordarán que había un gran lago que llenar de sangre, al fondo del valle, próximo al primer lago!

Después de haber contemplado las varias escenas anteriormen­te descritas y de recorrer la altiplanicie de que les hablé, nos encon­tramos ante un paso libre por el que podemos proseguir nuestro camino.

Proseguimos, pues, adelante yo y mis jóvenes a través de un va­lle que nos llevó a una gran plaza. Penetramos en ella; la entrada de dicha plaza era ancha y espaciosa, pero después se iba estrechan­do cada vez más, de forma que al fondo, cerca ya de la montaña, terminaba en un sendero abierto entre dos rocas por el que apenas si podía pasar un hombre de una vez. La plaza estaba llena de gente alegre que se divertía despreocupadamente, dirigiéndose al mismo tiempo al sendero que llevaba a la montaña.

Nosotros nos preguntábamos unos a otros:

—¿Será este el camino que conduce al Paraíso?

Entretanto, los que se encontraban en aquel lugar se dirigían uno tras otro con la idea de pasar por aquella angostura, y para conseguirlo tenían que recogerse bien las ropas, encoger los miembros cuanto podían e incluso abandonar el equipaje o cuan­to llevaban consigo.

Esto me dio a entender que en realidad, aquel era el camino del Paraíso, puesto que para ir al cielo no basta solamente estar libre de pecado, sino también de todo pensamiento, de todo afec­to terrenal, según él dicho del Apóstol: Nihil coinquinatum intrabit in eo.

Nosotros estuvimos observando a los que pasaban por espa­cio como de una hora. Pero ¡cuan necio fui! En vez de intentar el paso de aquel sendero, preferimos volver atrás para ver lo que había al otro lado de la plaza. Habíamos divisado otra muche­dumbre de gente en aquel lugar y deseábamos saber qué era lo que hacían. Atravesamos, pues, por un camino muy ancho y cuyo fin no podía ser apreciado por el ojo humano. Allí contem­plamos un extraño espectáculo. Vimos a numerosos hombres y también a bastantes de nuestros jóvenes uncidos con animales de diversas especies. Algunos estaban aparejados con bueyes.

Yo pensaría:

—¿Qué querrá decir esto?

Entonces recordé que el buey es el símbolo de la pereza y de­duje que aquellos jóvenes eran los perezosos. Los conocía a to­dos: eran los lentos, los flojos en el cumplimiento de sus deberes. Y al verlos me decía a mí mismo:

—Sí, sí; les está muy bien empleado. No quieren hacer nada y ahora tienen que soportar la compañía de ese animal.
Vi a otros uncidos con asnos. Eran los testarudos. Así apare­jados tenían que soportar pesadas cargas o pacer en compañía de aquellos animales. Eran los que no hacían caso de los consejos, ni de las órdenes de los superiores. Vi a otros uncidos con mulos y con caballos y recordé lo que dice el Señor: Factus est sicut equus et mulus quibus non est intelectus. Eran los que no quieren pensar nunca en las cosas del alma: los desgraciados sin seso.

Vi a otros que pacían en compañía de los puercos: se revolca­ban en las inmundicias y en el fango como esos animales y como ellos hozaban en el cieno. Eran los que se alimentan solamente de cosas terrenas; los que viven entregados a las bajas pasiones; los que están alejados del Padre Celestial. ¡Oh lamentable espec­táculo! Entonces me recordé de lo que dice el Evangelio del Hijo pródigo: que quedó reducido al más miserable de los estados luxuriose vivendo.

Vi después muchísima gente y a numerosos jóvenes en com­pañía de gatos, de perros, gallos, conejos, etc., etc.; o sea, a los ladrones, a los escandalosos, a los soberbios, a los tímidos por respeto humano, y así sucesivamente.

Al contemplar esta variedad de escenas, nos dimos cuenta de que el gran valle representaba el mundo. Observé detenidamente a cada uno de aquellos jóvenes y desde allí nos dirigimos a otro lugar también muy espacioso, que formaba parte de la inmensa llanura. El terreno ofrecía un poco de pendiente, de forma que caminábamos casi sin darnos cuenta.

A cierta distancia vimos que el paraje tomaba el aspecto de un jardín y nos dijimos:

—¿Vamos a ver qué es aquello?

—¡Vamos!, —exclamaron todos—.

Y comenzamos a encontrar hermosísimas rosas encarnadas.

—¡Oh, qué bellas rosas! ¡Oh, qué bellas rosas!, —gritaban los jóvenes mientras corrían a cogerlas—. Pero, apenas las tuvieron en sus manos, se dieron cuenta de que despedían un olor desa­gradable en extremo. Los muchachos no pudieron disimular su desagrado. Vimos también numerosísimas violetas, en apariencia lozanas, y que creímos despedirían agradable fragancia; pero cuan­do nos acercamos a cogerlas para formar algunos ramilletes, nos di­mos cuenta de que sus tallos estaban marchitos y que despedían un olor hediondo.

Proseguimos siempre adelante y he aquí que nos encontramos en unos encantadores bosquecillos cubiertos de árboles tan cargados de frutos que era un placer el contemplarlos. En especial, los man­zanos, ¡qué deliciosa apariencia tenían! Un joven corrió inmediata­mente y cortó de un rama una hermosa fruta de apariencia fragante y madura, mas apenas le hubo clavado los dientes, la arrojó indig­nado lejos de sí. Estaba llena de tierra y de arena y al gustarla sintió deseos de vomitar.

—Pero ¿qué es esto?, —nos preguntamos—.

Uno de nuestros jóvenes, cuyo nombre no recuerdo, nos dijo:

—Esto significa la belleza y la bondad aparente del mundo. ¡Todo en él es insípido, engañoso!
Mientras estábamos pensando adonde nos conduciría nuestro sendero, nos dimos cuenta de que el camino que llevábamos des­cendía casi insensiblemente. Entonces, un jovencito observó:

—Por aquí vamos bajando cada vez más; me parece que no vamos bien.

—Ya veremos, —le respondí—.

Y seguidamente apareció una muchedumbre incalculable que corría por aquel mismo camino que llevábamos nosotros. Unos iban en coche, otros a caballo, otros a pie. Quiénes saltaban, brincaban, cantaban y danzaban al son de la música y al compás de los tambores.

El ruido y la algarabía eran ensordecedores.

—Vamos a detenernos un poco —nos dijimos— y observe­mos a esta gente antes de proseguir en su compañía.

Entonces un joven descubrió en medio de aquella multitud a al­gunos que parecían dirigir a cada una de las comparsas. Eran indivi­duos de agradable apariencia, vestidos de una manera elegante, pero por debajo del sombrero asomaban los cuernos. Aquella llanu­ra, pues, era el mundo pervertido dirigido por el maligno. Est vía quae videtur recta, et novissima ejus ducunt ad morten.

De pronto UNO dijo:

—Mirad cómo los hombres van a parar al infierno casi sin darse cuenta.

Después de haber contemplado esto y de oír estas palabras, lla­mé a los jóvenes que iban delante de mí, los cuales vinieron a mi en­cuentro corriendo y gritando:

—¡Nosotros no queremos seguir por ahí!

Y  seguidamente volvieron precipitadamente hacia atrás desha­ciendo el camino recorrido y dejándome solo.

—Sí, tenéis razón —les dije cuando me uní a ellos—; huyamos pronto de aquí; volvamos atrás, de otra manera, sin darnos cuenta, iremos también nosotros a parar al infierno.

Quisimos, pues, volver a la plaza de la que habíamos partido y seguir el sendero que nos conduciría a la montaña del Paraíso; pero cual no sería nuestra sorpresa cuando, tras un largo caminar, nos en­contramos en un prado. Nos volvimos a una y otra parte sin lograr orientarnos.

Algunos decían:

—Hemos equivocado el camino.

Otros gritaban:

—No; no nos hemos equivocado: el camino es este.

Mientras los jóvenes discutían entre sí y cada uno quería man­tener el propio parecer, yo me desperté.
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Esta es ¡a segunda parte del sueño correspondiente a ¡a se­gunda noche. Más, antes que se retiren, escuchen. No quiero que den importancia a mi sueño, pero recordad que los place­res que conducen a la perdición no son más que aparentes; sólo ofrecen una belleza exterior. Estén en guardia contra aquellos vicios que nos hacen semejantes a los animales, hasta el punto de emparejarnos con ellos; especialmente ¡cuidado con ciertos pecados que nos asemejan a los animales inmun­dos! ¡Oh, cuan deshonroso es para una criatura racional, tener que ser comparada a los bueyes y a los asnos! ¡Cuan abomina­ble es para quien fue creado a imagen y semejanza de Dios y constituido heredero del Paraíso, revolcarse en el fango como los cerdos al cometer aquellos pecados que la Escritura señala al decir: Luxuriose vivendo.

Solamente les he contado las circunstancias principales del sueño y de forma resumida; pues, si se los hubiese expuesto tal y como fue, hu­biera sido demasiado largo. Igualmente, ayer por la noche solamente les hice un resumen de cuanto vi. Mañana les contaré la tercera parte.

En efecto en la noche del sábado 9 de abril, [San] Juan Don Bosco continuaba:

PARTE TERCERA

No quería contarles mis sueños. Antes de ayer, apenas hube comenzado mi narración, me arrepentí de la promesa que les hice; y hoy habría deseado no haber dado principio a la exposición de lo que desean saber. Pero he de decir que si guardo silencio, conservando mi secreto para mí, sufro mu­cho, y, en cambio, publicándolo, me proporciono un desahogo que me hace mucho bien. Por tanto, proseguiré el relato.

Mas antes he de advertir que en las noches precedentes tuve que suprimir muchas cosas, de las que no era convenien­te hablarles, pasando por alto otras, que se pueden ver con los ojos, pero que no se pueden expresar con palabras.
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Después de contemplar, pues, como de corrida, todas aque­llas escenas ya descritas; después dé haber visto lugares diversos y las maneras de ir al infierno, nosotros queríamos a toda costa llegar al Paraíso. Pero yendo de una parte a otra, nos desviamos del camino atraídos por otras cosas. Finalmente, después de adi­vinar la senda que debíamos seguir, llegamos a la plaza en la que había concentrada tanta gente, toda ella dispuesta a llegar a la montaña; me refiero a aquella plaza de tan colosales proporciones que terminaba en un paso estrecho y difícil entre dos rocas. El que lo atravesaba, apenas había salido a la otra parte, debía pasar un puente bastante largo, muy estrecho y sin barandilla, debajo del cual se abría un espantoso abismo.

—¡Oh! Allá está el camino que conduce al Paraíso —nos diji­mos—; aquel es. ¡Vamos!

Y nos dirigimos hacia él. Algunos jóvenes comenzaron a correr dejándonos atrás. Yo hubiera querido que me esperaran, pero ellos estaban empeñados en llegar antes que nosotros; mas al llegar al paso estrecho se detuvieron asustados sin atreverse a seguir adelan­te. Yo les animaba incitándoles a pasar:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¿Qué hacen?

—Sí, sí —me replicaron—; vengáis Vos y hagáis la prueba. Nos estremece la idea de tener que pasar por un lugar tan estrecho y después tener que atravesar el puente; si diéramos un paso en falso, caeríamos dentro de aquellas aguas turbulentas encajonadas en el abismo y nadie daría más con nosotros.

Pero, finalmente, hubo uno que se decidió a ser el primero en avanzar, siguiéndole después otro y así, todos pasamos del lado de allá, encontrándonos al pie de la montaña. Dispuestos a empren­der la subida no encontramos sendero alguno que nos la facilitase, y al bordear la falda nos salieron al paso multitud de dificultades e im­pedimentos. Unas veces era una serie de macizos desordenadamente dispuestos; otras, una roca que era necesario salvar; ahora un precipicio, ya un seto espinoso que se oponía a nuestro paso. La subida se ofrecía cada vez más empinada, por lo que nos dimos cuenta de que era grande la fatiga que nos aguardaba. A pesar de ello, no nos desanimamos, comenzando lo escalada con la mayor va­lentía. Después de un corto espacio de penosa ascensión en la que lo mismo nos servíamos de las manos que de los pies, ayudándonos recí­procamente, los obstáculos comenzaron a desaparecer y, al fin nos encontramos ante un sendero practicable por el que pudimos subir cómodamente.

Cuando he aquí que llegamos a cierto lugar de la montaña en el que vimos a numerosa gente que sufría de manera horrible; grande fue nuestra sorpresa y compasión al observar tan extraño espectáculo. No les puedo decir lo que vi, porque les causaría una pena demasiado in­tensa y, por otra parte, no serían capaces de resistir mi descripción. Nada, pues, les diré sobre esto, prosiguiendo adelante mi relato.

Entretanto vimos también a otras numerosas personas que subían por las laderas de la montaña hasta llegar a la cumbre, donde eran aco­gidas por los que las aguardaban con manifestaciones de júbilo y gran­des aplausos. Al mismo tiempo, oímos una música verdaderamente divina: un conjunto de voces dulcísimas que modulaban suavísimos himnos. Esto nos animaba más y más a continuar la subida. Mientras proseguíamos adelante yo pensaba y le decía a mis jóvenes:

—Pero, nosotros que queremos llegar al Paraíso ¿estamos ya muertos? Siempre he oído decir que antes es necesario ser juzgado. ¿Y nosotros hemos sido juzgados?

—No —me respondieron—. Nosotros estamos todavía vivos; aun no hemos sido juzgados. Y reíamos al hacer tales comentarios.

—Sea como fuere —volví a decir—; vivos o muertos prosigamos adelante para poder ver lo que hay allá arriba: algo habrá.

Y aceleramos la marcha.

A fuerza de caminar, llegamos por fin a la cumbre de la monta­ña. Los que estaban ya en la cima, se aprestaban a festejar nuestra llegada, cuando me volví hacia atrás para comprobar si estaban con­migo todos los jóvenes; pero con gran dolor pude constatar que me encontraba casi solo. De todos mis compañeros, sólo tres o cuatro habían permanecido junto a mí.

—¿Y los demás?, —pregunté mientras me detenía bastante contraria­do.

—¡Oh! —me dijeron—; se han quedado por el camino, quiénes en una parte, quiénes en otra; pero tal vez lleguen aquí.

Miré hacia abajo y los vi esparcidos por la montaña, entreteni­dos unos en buscar caracoles entre las piedras; otros, en hacer ra­mos de flores silvestres; éstos, en coger frutas verdes; aquéllos, en perseguir mariposas; algunos, en perseguir grillos; no faltando quie­nes se habían sentado a descansar sobre un matorral bajo la sombra de una planta.

Entonces comencé a gritar con todas mis fuerzas, mientras me descoyuntaba los brazos por atraer la atención de aquellos mucha­chos, llamándoles al mismo tiempo a cada uno por su nombre, inci­tándoles a que se dieran prisa, pues no era aquel el momento más oportuno para detenerse.

Algunos atendieron a mis indicaciones, llegando a ocho los que se juntaron a mí, pero los demás no me hicieron caso y continuaron ocupados en aquellas bagatelas sin preocuparse de momento por escalar la cumbre. Yo no quería de ninguna manera llegar al Paraíso con tan exiguo acompañamiento; por eso, resuelto a ir en busca de los remisos, dije a los que me acompañaban:

—Voy a bajar en busca de aquéllos; ustedes quédense aquí.

Dicho y hecho. A cuantos encontraba en mi bajada les ordenaba proseguir hacia arriba. A unos les hacía una advertencia, a otros un amable reproche; a este, le daba una reprimenda; a aquél, una palmada; al otro, un empujón.
—Sigan para arriba, por caridad —les decía afanosamente—; no se detengan con esas bagatelas.

De esta manera al encontrarme de nuevo al pie de la montaña ya había avisado a casi todos. Vi a algunos que, cansados por la fatiga de la ascensión y desanimados por lo que aún les quedaba por escalar, ha­bían resuelto volver hacia abajo. Por mi parte, determiné emprender de nuevo la subida para reunirme con los jóvenes que habían quedado en la cumbre, pero tropecé con una piedra y me desperté.
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«Ya tienen hecho el relato del sueño. Sólo deseo de Vosotros dos cosas. Les vuelvo a repetir que no cuenten fuera de casa a nin­guna persona extraña, nada de cuanto les he dicho, pues si al­guien del mundo oyera estas cosas, tal vez las tomaría a risa. Yo se las cuento para hacerlos pasar un rato agradable. Comenten, pues, el sueño entre Vosotros cuanto quieran, pero deseo que no le den más importancia que la que se puede dar a los sueños. Además quieto recomendarles otra cosa y es, que ninguno venga a preguntarme si estaba o no estaba, quién era o quién no era; qué hacía o qué dejaba de hacer, si se hallaba entre los pocos o entre los muchos, qué lugar ocupaba, etc., etc.; porque sería re­petir la música de este invierno. Al contestar a tantas preguntas podría ser para algunos más perjudicial que útil y yo no quiero inquietar las conciencias.

Solamente les quiero hacer presente que si el sueño no hu­biera sido un sueño, sino una realidad y en verdad hubiéramos tenido que morir entonces, entre tantos jóvenes como están aquí reunidos, si nos hubiéramos dirigido al Paraíso sólo un número insignificante habría llegado a la meta. De setecientos o tal vez de ochocientos, quizás tres o cuatro. Pero, no se alar­men; entendámonos. Les explicaré esta exorbitante despropor­ción: Quiero decir que sólo tres o cuatro habrían llegado directamente al Paraíso sin pasar algún tiempo por las llamas del Purgatorio. Algunos permanecerían en esté lugar de expia­ción algunos minutos, otros tal vez un día, otros varios días o va­rias semanas; en resumen, que casi todos tenían que pasar un período más o menos largo allí.

¿Quieren saber qué es lo que hay que hacer para evitar el Purgatorio? Procuren ganar todos ¡as indulgencias que puedan. Si practican aquellas devociones a ¡as que van anexas indulgen­cias, tras cumplir los requisitos señalados se entiende; si ganan indulgencias plenarias, irán directamente al Paraíso».

[San] Juan Don Bosco no dio de este sueño explicación alguna personal y práctica a cada uno de ¡os alumnos, como en otras ocasiones; haciendo muy contadas reflexiones sobre las distintas escenas presenciadas en el mismo. No era cosa fácil el hacerlo.

He aquí las aclaraciones que de este sueño hace Don Lemoyne como fruto de sus propias reflexiones y sirviéndose a veces de las mismas palabras de [San] Juan Don Bosco.

1. --- La colina que [San] Juan Don Bosco encuentra al principio parece que representa el Oratorio. Prevalece en ella una vegetación jo­ven. No existen árboles añosos de tronco alto y grueso. En to­das las estaciones se recogen flores y frutos; lo mismo sucederá en el Oratorio. Este, como todas las obras de Dios, se mantiene de la beneficencia, de la cual dice el Eclesiástico en el Capítulo XL, que es como un jardín bendecido por Dios que da preciosos frutos; frutos de inmortalidad, semejante al Paraíso terrenal, en­tre los demás árboles estaba el árbol de la vida.

2. --- El que sube a la montaña es el hombre dichoso descrito en el Salmo LXXXIII, cuya fortaleza radica toda en el Señor. A pesar de encontrarse en esta tierra, en este valle de lágrimas, ascensiones in corde suo disposuit, está dispuesto a subir continuamente hasta llegar al tabernáculo del Altísimo o sea, al cielo. Y en su compañía otros muchos. Y el legislador Jesu­cristo le bendecirá, le colmará de gracias celestiales, e irá de vir­tud en virtud y llegará a ver a Dios en la bienaventurada Sión y será eternamente feliz.

3. --- Los lagos son como el compendio de la historia de la Igle­sia. Aquellos miembros innumerables que se veían descuartiza­dos a las orillas de los mismos, pertenecen a los perseguidores de la Iglesia, a los herejes, a los cismáticos y a los cristianos re­beldes.

De ciertas palabras del sueño se deduce que [San] Juan Don Bosco había visto algunos acontecimientos presentes y futuros.

«A unos cuantos en privado dice la crónicaal hablarles el [Santo] de aquel valle vacío que estaba del lado allá del lago de sangre, les dijo. Ese valle se ha de llenar especial­mente de la sangre de los sacerdotes y pudiera ser que muy pronto».

«Estos días continúa el cronista[San] Juan Don Bosco ha ido a vi­sitar al Cardenal De Angelis. Su Eminencia le dijo:

Cuénteme algo que me cause alegría.

—Le contaré un sueño, le replicó [San] Juan Don Bosco—.

Le escucharé con sumo gusto.
El [Santo] comenzó a narrar lo que anteriormente he­mos descrito pero con mayor número de detalles y consideraciones; pero al llegar a la descripción del lago de sangre, el Cardenal se tornó serio y melancólico. Entonces [San] Juan Don Bosco in­terrumpió el relato diciendo:

¡Aquí termino!

Prosiga, prosiga, le dijo el Cardenal—.

Basta, ya basta concluyó [San] Juan Don Bosco— y prosiguió ha­blando de cosas amenas.

La escena que representa el paso estrechísimo entre las dos rocas el puentecillo de madera, símbolo de la Cruz de Je­sucristo, la seguridad de pasar a la otra parte en quien está sostenido por la fe, el peligro de caer en el precipicio al avan­zar sin rectitud de intención, los obstáculos de toda suerte hasta llegar al lugar en que el sendero se hace más practica­ble; todo esto, si no estamos en un error, se refiere a las voca­ciones religiosas.

Los que estaban en la plaza debían ser jovencitos llamados por Dios a servirle en la Sociedad Salesiana. En efecto, se hace constar que la gente que estaba esperando el momento de entrar por el sendero que conducía al Paraíso, estaba con­tenta, parecía feliz y se divertía: características todas aplicables de una manera, especial a la juventud. Añadamos que al subir la montaña, unos se detenían y otros volvían atrás. ¿No representa esto el enfriamiento en la propia vocación? [San] Juan Don Bosco dio a esta parte del sueño un significado que indirectamente podía aplicarse a la vocación, pero no creyó oportuno hablar más explícitamente de ello.

5. --- En la montaña, apenas vencidos los obstáculos que se ofrecieron en su falda, el siervo de Dios vio una multitud víctima del sufrimiento.
«Algunos le preguntaron privadamente escribe Don Bonetti— y él les respondió: Este lugar representa el Purgatorio. Si tu­viese qué hacer una plática sobre dicho tema, no haría otra cosa que describir lo que vi».

Añadamos una postrera e importante observación, aplicable a este sueño y a todos los demás. En estos sueños o visiones, que así las podemos llamar, entra casi siempre en escena un persona­je misterioso que hace de guía y de intérprete.

¿Quién podrá ser?

He aquí la parte más sorprendente y bella de estos sueños que [San] Juan Don Bosco, tras narrarlos, conservaba en el secreto de su corazón.

LA LINTERNA MÁGICA

SUEÑO 30.AÑO DE 1861.

(M. B. Tomo VI, págs. 897-916)

 Con singular acuerdo nos ofrecen numerosas crónicas parti­culares del Oratorio un sueño narrado por el mismo Don Bosco, en el cual vio su Obra de Valdocco y los frutos que produciría en el porvenir; el estado de las conciencias de sus alumnos; los que eran llamados al estado eclesiástico o a servir a Dios en la Pía Sociedad o a llevar vida de seglares y el porvenir de la naciente Congregación.
El siervo de Dios soñó, pues, la noche precedente al dos de mayo y el sueño le duró casi seis horas. Apenas amaneció se le­vantó del lecho para tomar algunos apuntes sobre las escenas principales y anotar los nombres de algunos personajes que ha­bía visto desfilar a través de su fantasía mientras dormía.

En la narración de dicho sueño invirtió tres buenas noches consecutivas, hablando a sus jóvenes desde la tribuna que le sollian colocar debajo del pórtico una vez rezadas las oraciones de costumbre.

El dos de mayo estuvo hablando por espacio, casi, de tres cuartos de hora.

El exordio, como sucedía siempre que comenzaba una de es­tas narraciones, parece un poco confuso y extraño, lo que juzga­mos natural, por razones que hemos expuesto ya en otros lugares y por las que someteremos al juicio de nuestros lectores.

Comenzó, pues, el siervo de Dios a hablar así a los jóvenes después de haberles anunciado el tema de sus buenas noches:

Este sueño se refiere solamente a los estudiantes. Muchísi­mas cosas de las que vi en él no sería capaz de describirlas, por falta de inteligencia y por insuficiencia de palabras.
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Me parecía haber salido de mi casa de Becchi. Me dirigía por un sendero que conducía a un pueblo próximo a Castelnuovo, llamado Capriglio. Quería visitar un campo arenoso de nuestra propiedad, que estaba situado en un vallecillo detrás del caserío llamado Valcappone; la cosecha de este campo apenas si produce para pagar los im­puestos. En mi niñez estuve varias veces trabajando en aquel sitio.

Había recorrido ya un buen trecho de camino, cuando cerca de aquel campo me encontré con un hombre como de unos cuarenta años, de estatura ordinaria, barba larga y bien cuidada y de rostro moreno. Vestía un traje que le llegaba hasta las rodillas, llevaba ceñi­dos los costados y sobre la cabeza una especie de gorrito blanco. Se hallaba en actitud de quien espera a alguien. El tal me saludó familiarmente como si yo fuese para él persona conocida desde mucho tiempo; después me preguntó:

—¿Adonde vas?

Mientras detenía el paso, le repliqué:

—Voy a ver un campo que tenemos por estos contornos. Y tú, ¿qué haces aquí?

—No seas curioso —me contestó—. No necesitas saberlo.

—Bien. Pero al menos haz el favor de decirme tu nombre y quién eres, pues, me he dado cuenta de que me conoces. Yo, en cambio, no te conozco.

—No hace falta que te diga ni mi nombre, ni mis cualidades. Ven. Prosigamos juntos.

Me puse en camino con él y después de avanzar unos pasos me vi en un extenso campo cubierto de higueras. Mi compañero me dijo:

—¿No ves qué hermosos higos hay aquí? Si quieres puedes co­ger y comer de ellos.

Yo le respondí maravillado:

—En este campo nunca hubo higos.

Y él añadió:

—Pues ahora los hay; ahí los tienes. —Pero no están maduros; todavía no es tiempo de higos. —Pues a pesar de ello, mira: los hay ya muy hermosos y en punto; si quieres probarlos date prisa porque se hace tarde.

Y como yo no me moviese, mi amigo insistió:

—Date prisa; no pierdas tiempo, que se acerca la noche. —Pero ¿por qué me das tanta prisa? No, no quiero higos; me agrada verlos, regalarlos, pero no me son agradables al paladar.

—Si es así, sigamos adelante; pero recuerda lo que dice el Evan­gelio de San Mateo, cuando habla de los grandes acontecimientos que sucederán a Jerusalén. Decía Cristo a los Apóstoles: Ab arbore fici discite parabolam. Cum jam ramus ejus tener fuerit et folia nata, scitis quia prope est aestas. Y ahora está muy cerca, puesto que los higos comienzan a madurar.

Reemprendimos la marcha y he aquí que apareció otro campo sembrado de viñas. El desconocido me dijo inmediatamente:

—¿Quieres uvas? Si no te agradan los higos, ahí tienes uvas: coge come.

—¡Oh! Ya las cogeremos a su tiempo en la viña.

—Pues aquí también las hay.

—¡A su tiempo!—, le respondí.

—Pero, ¿no ves cuánta uva madura?

-—¿Posible? ¿Y en esta estación?

—Pero date prisa, que se hace tarde y no hay tiempo que perder.

—¿Qué prisa tenemos? Con tal de que al final del día me en­cuentre en mi casa…

—Te repito que te des prisa, pues pronto se hace de noche.

—Si se hace de noche volverá otra vez el día.

—No es cierto; ya no volverá el día.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que quieres decir?

—Que se acerca la noche.

—Pero ¿de qué noche me estás hablando? ¿Quieres decir que debo preparar la mochila para partir? ¿Que debo ir pronto a mi eternidad?

—Se aproxima la noche: dispones de muy poco tiempo.

—Dime al menos si será pronto. ¿Cuándo he de partir?

—No seas tan curioso. Non plus sápere quam oportet sápere.

—Así decía mi madre a los entrometidos —pensé para mí—; y después proseguí en alta voz:

—Por ahora no quiero uvas.

Seguimos avanzando lentamente y tras breve caminar llegamos al campo de nuestra propiedad, en el qué encontramos a mí herma­no José cargando un carro. Al verme se acercó para saludarme; después saludó a mi compañero, pero viendo que éste no respondía al saludo ni le hacía caso, me preguntó si el tal había sido condiscí­pulo mío:

—No —le dije—, es la primera vez que lo veo.

Entonces José le dirigió de nuevo la palabra diciéndole:

—Oiga, por favor, dígame su nombre; tenga la bondad de con­testarme; que yo sepa con quién hablo.

Pero el guía continuaba sin hacerle caso. Mi hermano, extraña­do, se dirigió nuevamente a mí para preguntarme:

—Pero ¿quién es éste?

—No lo sé, no ha querido decírmelo.

Ambos insistimos para que nos dijese de dónde venía, pero el otro volvió a repetir: Non plus sápere quam oportet sápere.

Entretanto mi hermano se había alejado y no volví a verle, mien­tras que el desconocido, dirigiéndose a mí, me dijo:

—¿Quieres ver algo extraordinario?

—De buena gana— respondí.

—¿Quieres ver a tus muchachos tal y como son actualmente? ¿Cómo serán en el futuro? ¿Quieres contarlos?

—¡Oh!, sí, sí.

—Ven, pues.

Entonces sacó no sé de dónde una gran máquina, que no sabría describir, la cual constaba de una gran rueda. Y mientras la coloca­ba en el suelo le pregunté:

—¿qué significa esa rueda?
—La eternidad en las manos de Dios— me respondió.

Y tomando la manivela de aquella rueda, la hizo girar. Después me dijo:

—Toma el manubrio y dale una vuelta.

Así lo hice y después mi acompañante añadió:

—Ahora mira dentro.

Observé la máquina y vi que tenía un gran cristal en forma de lente, casi de un metro y medio de diámetro, emplazado en el cen­tro de la misma y fijo en la rueda. Alrededor de la lente se leía: Hic est óculus qui humilia réspicit in coelo et in térra.

Inmediatamente apliqué la cara a la lente. Miré y ¡oh, espectácu­lo maravilloso! Vi en el interior de aquel artefacto a todos los jóve­nes del Oratorio.

—Pero ¿cómo es posible?—, me decía para mí. Hasta ahora no vi a ninguno de mis hijos en esta región y ahora los contemplo a to­dos reunidos. ¿Pero no están en Turín?

Miré por encima y a los lados de la máquina, pero fuera de la lente a nadie veía. Levanté el rostro para expresar mi admiración al compañero, pero apenas pasados unos instantes me ordenó que diese una segunda vuelta a la manivela, y vi una singular y extraña separación de jóvenes. A un lado los buenos y a otro los malos. Los primeros radiantes de felicidad; los otros, que afortunadamente no eran muchos, daban compasión. Yo los reconocí a todos, pero ¡qué distintos eran de lo que los compañeros creían! Unos tenían la len­gua agujereada; otros los ojos completamente extraviados; quiénes sufrían dolor de cabeza producido por repugnantes úlceras, no faltando los que tenían el corazón roído por los gusanos. Cuanto más los miraba, más afligido me sentía.

—Pero ¿es posible que estos sean mis hijos?, —exclamé—. No comprendo lo que pueden significar estas extrañas enfermedades.

Al escuchar estas palabras, el que me había conducido a la rue­da, me dijo:

—Escúchame: la lengua agujereada significa las malas conversa­ciones; la vista extraviada, los que interpretan o juzgan de una ma­nera torcida los designios de Dios, prefiriendo la tierra al cielo; la cabeza enferma, representa el menosprecio de tus avisos y consejos y la satisfacción de los propios caprichos; los gusanos son las malas pasiones que corroen el corazón; también están ahí los sordos, los que no quieren escuchar tus palabras para no ponerlas en práctica.

Después me hizo una señal, y yo, dando una tercera vuelta a la rueda, apliqué el ojo a la lente del aparato. Vi entonces a cuatro jóvenes atados con gruesas cadenas. Los observé atentamente y los conocí a los cuatro. Pedí explicación al desconocido y me respon­dió:

—Lo puedes comprender fácilmente: son los que no escuchan tus consejos y si no cambian de conducta corren el peligro de ir a parar a la cárcel y acabar en ella sus días por sus delitos o graves de­sobediencias.

—Desearía tomar nota de sus nombres para no olvidarlos —le dije—, pero el amigo me respondió.
—No hace falta; están ya todos anotados; aquí los tienes escri­tos en este cuaderno.

Entonces me di cuenta de que mi acompañante tenía un cuader­nillo en la mano. Me ordenó que diese otra vuelta al manubrio y después de hacerlo, me puse nuevamente a mirar. Vi a otros siete jóvenes, todos de aspecto huraño y desconfiado, con un candado que les cerraba los labios. Tres de ellos se tapaban también los oídos con las manos. Me separé entonces del cristal y quise anotar con lá­piz sus nombres, pero aquel hombre me volvió a decir:

—No hace falta; aquí los tienes escritos en este cuaderno que llevo siempre conmigo. Y se opuso en absoluto a que yo escribiese. Yo, lleno de estupor y dolorido por aquella extraña actitud, pregun­té el significado de aquel candado que cerraba los labios de aquellos infelices.
El me respondió:

—¿No lo entiendes? Estos son los que callan.

—Pero ¿qué es lo que callan?

—¡Callan!

Entonces comprendí que se trataba de la Confesión. Eran los que incluso, cuando el confesor les pregunta, no responden, o res­ponden evasivamente, o faltan a la verdad. Dicen sí cuando deben responder no y viceversa.

El amigo continuó:

—¿Ves aquellos tres que además de llevar un candado en la boca se tapan los oídos con las manos? ¡Qué condición tan deplora­ble la suya! Esos son los que no solamente callan pecados en la con­fesión, sino que además no quieren escuchar en manera alguna los avisos, los consejos, las ordenes del confesor. Son los que no pres­tarán oído a tus palabras, aunque parezca que las escuchan y que estaban dispuestos a obrar diversamente. Podrían quitarse las ma­nos de donde las tienen, pero no quieren hacerlo. Los otros cuatro escucharon tus consejos, tus exhortaciones, pero no se aprovecha­ron de ellas.

—¿Y cómo haría para quitarles ese candado?

Ejiciatur superbia e córdibus eorum.

—Amonestaré a éstos —proseguí—, pero para los que se tapan los oídos con las manos hay pocas esperanzas.

Aquel hombre me dio después un consejo; a saber, que cuando dijese dos palabras desde el pulpito, una fuera sobre la manera de confesarse bien; y por mi parte prometí obedecerle. No diré que solamente hablaré de esto, porque me haría pesado, pero sí que incul­caré con frecuencia una máxima tan necesaria. En efecto, es mucho mayor el número de los que se condenan por confesarse mal que los que van al infierno por no confesarse, porque aun los malos alguna vez se confiesan, pero son muchísimos los que no se confiesan bien.

El personaje misterioso me hizo dar otra vuelta a la manivela.

Miré después y vi a otros tres jóvenes en una situación espantosa.

Cada uno de ellos tenía un mono enorme sobre las espaldas. Al observar atentamente pude comprobar que aquellos animales tenían cuernos. Cada uno de ellos con las patas delanteras apretaban fuer­temente las gargantas de sus infelices víctimas de forma que el ros­tro de aquellos desgraciados muchachos se tomaba de un color rojo sanguinolento, y sus ojos, inyectados en sangre, parecía que iban a saltar de sus órbitas. Con las patas de atrás les apretaban los muslos de manera que a duras penas les consentían moverse y con la cola, que les llegaba hasta el suelo, les enredaban las piernas hasta el punto que les hacían imposible el caminar. Esto representaba a los jóvenes que después de los ejercicios espirituales continúan en peca­do mortal, especialmente contra la pureza y la modestia, habiéndo­se hecho reos en materia grave contra el sexto mandamiento. El demonio les apretaba la garganta para no dejarles hablar cuando debían hacerlo; les hacía enrojecer hasta perder la cabeza, y proce­der de una manera irracional, haciéndoles esclavos de una vergüen­za fatídica, que, en lugar de conducirlos a la salvación, los lleva a la ruina. Mediante sus estratagemas les hacen saltar los ojos de las ór­bitas, para que no puedan ver sus miserias y los medios para salir del estado miserable en que se encuentran, haciéndoles víctimas de su aprensión y repugnancia hacia los Santos Sacramentos. Los tie­nen aprisionados por los muslos y por las piernas., para que no pue­dan moverse ni dar un paso por el camino del bien; tal es el predominio de la pasión, a causa del hábito contraído, que llegan a creer imposible la enmienda.

Les aseguro, queridos jóvenes, que derramé abundantes lágri­mas al contemplar aquel espectáculo. Habría deseado precipitarme a salvar a aquéllos infelices, pero apenas me separaba de la lente, nada veía. Quise entonces tomar nota de los nombres de los tres desgraciados, pero el amigo me replicó:

—Es inútil, pues están ya escritos en este libro que tengo en la mano.

Entonces, con el corazón lleno de una emoción indecible y con lágrimas en los ojos, me volví al compañero y le dije.

—Pero ¿es posible que se encuentren en semejante estado estos tres pobres jóvenes a los cuales he dado tantos consejos y a los que tantos cuidados he dedicado en la confesión y fuera de ella?

Y seguidamente le pregunté qué es lo que deberían hacer para arrojar de encima a tan horribles monstruos.

Entonces, mi compa­ñero, comenzó a decir muy de prisa y entre dientes estas palabras: Labor, sudor, fervor.

—Es inútil; si hablas así no te entenderé nada.

¡Vaya! Estás acostumbrado al empeño de las gramáticas y al uso de las construcciones en las clases ¿y no comprendes? Presta atención: Labor, punto y coma; sudor, punto y coma; fervor, punto. ¿Has entendido?

—He comprendido el sentido material de las palabras, pero es necesario que tú me digas el significado.

Y el guía continuó:

Labor in assiduis opéribus; sudor in poenitentiis continuis; fervor in oratiónibus fervéntibus et perseverántibus. Pero, por es­tos es inútil que te sacrifiques; no conseguirás ganártelos, pues no quieren sacudir el yugo de Satanás, del cual son esclavos.
Entretanto, yo seguía mirando por la lente y me atormentaba pensando:

—Pero ¿todos éstos se han de perder irremisiblemente? ¿Es po­sible? ¿Aun después de haber hecho los ejercicios espirituales? ¿También aquéllos? ¿Y aquellos otros? ¿Después de haber hecho tanto por ellos... después de haber trabajado tanto..., después de tantos sermones... después de tantos consejos como les he dado... ¡y de tantas promesas!..., después de haberles avisado tantas veces? ¡Jamás me habría esperado semejante desengaño! Y no encontraba punto de reposo.

Entonces mi intérprete comenzó a reprenderme:

—¡Oh, el soberbio! ¿Y quién eres tú para pretender convertir a las almas con tu trabajo? ¿Porque amas a los jóvenes pretendes que correspondan a tus desvelos? ¿Acaso crees que amas más a las al­mas que Nuestro Divino Salvador y que has sufrido y padecido por ellas más que El? ¿Piensas que tu palabra es más eficaz que la de Je­sucristo? ¿Acaso predicas tú mejor que El? ¿Te imaginas que has tenido mayor caridad y que tu solicitud ha sido más grande para con tus jóvenes que la que El empleó para con sus Apóstoles? Tú sabes que vivían con El continuamente, que gozaban ininterrumpidamente del cúmulo de sus beneficios, que oían día y noche sus amonestacio­nes y los preceptos de su doctrina, que contemplaban sus obras que debían ser un vivo estímulo para la santificación de sus costumbres. ¡Cuánto no hizo y dijo en favor de Judas Iscariotes! Y, con todo, Judas Iscariotes le trai­cionó y murió impenitente [y ahora esta en infierno – Gehenna]. ¿Eres tú acaso mejor que los Apóstoles? Pues bien, los Apóstoles eligieron siete diáconos, solamente siete, seleccionados con la mayor solicitud, y, con todo, uno prevaricó. ¿Y tú, entre quinientos, te maravillas de este pequeño número que no corresponde a tus cuidados? ¿Pretendes conseguir que entre ellos no haya ninguno malo, ningún pervertido? ¡Oh, el soberbio!

Al oír esto callé, pero no sin sentir mi alma oprimida por el dolor.

—Por lo demás, consuélate— prosiguió aquel hombre, viéndome tan abatido. Y me hizo dar otra vuelta a la rueda, mientras decía:

—¡Admira la generosidad de Dios! Observa cuántas almas te quiere regalar. ¿Ves ese gran número de jóvenes?
Volví a mirar a través de la lente y vi una muchedumbre inmen­sa de jóvenes, a los cuales desconocía por completo.

—Sí, los veo ■—respondí—, pero no los conozco.

—Pues bien, éstos son los que el Señor te dará en lugar de aquellos que no corresponden a tus cuidados. Ten presente que por cada uno de ellos el Señor te dará cien.

—¡Ah! ¡Pobre de mí!, —exclamé—; tengo la casa llena; ¿dónde colocaré a todos estos jóvenes nuevos?

—No te preocupes. Por ahora tienes sitio para todos. Más ade­lante, Aquel que te los envía, te indicará dónde los tienes que alber­gar. El mismo te proporcionará el sitio.

—No es tanto el lugar donde colocarlos lo que me preocupa, cuanto la manera de darles de comer.

No pienses ahora en eso; el Señor proveerá.

—Si es así, perfectamente— repliqué lleno de consuelo.

Y observando durante largo rato y con gran complacencia a aquellos jóvenes, retuve la fisonomía de muchos de ellos, de forma que ahora los reconocería si los volviese a ver.
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Y ahí terminó de hablar [San] Juan Don Bosco en la noche del dos de mayo.

II

En la noche del tres de mayo el [Santo] proseguía su relato.

A través de aquel cristal pudo ver la vocación de cada uno de sus alumnos. En esta ocasión fue conciso y categórico en sus pa­labras. No dio nombre alguno, dejando para otra ocasión las pre­guntas que hizo a su guía y las explicaciones que oyó de labios de este en relación con ciertos símbolos y alegorías que habían desfilado ante su vista.

El clérigo Ruffino nos legó algunos nombres sirviéndose de las confidencias que le hicieran algunos de los mismos jóvenes a quie­nes [San] Juan Don Bosco había dicho lo que sobre ellos había visto en el sue­ño, dejando constancia de ello. Dicha nota llevaba fecha de 1861.

Nosotros entretanto continúa Don Lemoynepara mayor claridad en la exposición y para evitar demasiadas repeticiones, formaremos un todo único, introduciendo en el relato los nom­bres omitidos y las explicaciones consiguientes; pero éstas, en la mayoría de los casos, no serán presentadas en forma dialogada. Con todo seremos exactos, citando literalmente cuanto escribió el cronista.
[San] Juan Don Bosco, pues, comenzó a decir:
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El desconocido continuaba junto al aparato de la rueda y de la lente. Yo me sentía muy contento por haber visto a tantos jovencitos que vendrían a vivir con nosotros, cuando me fue dicho:

—¿Quieres contemplar algo más hermoso?
—Sí, sí, veamos.

—¡Da una vuelta a la rueda!

Así lo hice, mirando después a través de la lente. Vi a todos mis jóvenes divididos en numerosos grupos, algo distante los unos de los otros y ocupando una amplia extensión. Hacia una parte divisé un terreno sembrado de legumbres y hortalizas y cubierto en parte de pastos, en cuyos linderos crecían algunas hileras de vides silvestres. En dicho campo, los jóvenes de uno de los grupos trabajaban la tierra empleando azadas, palas, bieldos de dos puntas, picos y rastrillos. Esta­ban además divididos en cuadrillas que tenían sus respectivos jefes. Les presidía el Caballero Oreglia de Sara Esteban, el cual distribuía entre ellos herramientas de labor de toda suerte y obligaba a traba­jar a los que no tenían ganas de hacerlo. A lo lejos, al fondo de aquel terreno, vi a algunos jóvenes arrojando la simiente a la tierra.

El segundo grupo se encontraba en la otra parte, en un extenso campo de trigo cubierto de doradas espigas. Un largo foso servía de lindero entre este y los demás campos cultivados que se veían por doquier y cuyos límites se perdían en el horizonte lejano. Los jóve­nes que trabajaban en él se dedicaban a recoger las mieses, pero no todos realizaban la misma labor. Unos segaban y hacían grandes ga­villas; otros las amontonaban; quiénes espigaban, quién conducía un carro; este trillaba, aquél arreglaba las hoces, el otro las distribuía, el de más allá tocaba la guitarra. Les aseguro que era un hermoso es­pectáculo de sorprendente variedad.

En aquel campo, a la sombra de añosos árboles, se veían nume­rosas mesas con el alimento necesario para toda aquella gente; y más allá, a poca distancia, un amplio y magnífico jardín cercado, de abundante sombra y cubierto de macizos de las más bellas y varia­das flores.

La separación entre los que labraban la tierra y los segadores representaba a los que abrazan el estado eclesiástico y a los que no siguen esta vocación. Yo, con todo, no entendía aquel misterio y volviéndome a mi guía, le dije:                                 

—¿Qué significa esto? ¿Quiénes son los que cavan?

—¿Aún no lo entiendes?, —me replicó)—. Los que cavan son los que trabajan solamente para sí mismos, esto es, los que no son lla­mados al estado eclesiástico sino al laical.

Y  entonces comprendí inmediatamente que aquellos trabajado­res eran los artesanos, a los cuales en su estado, les basta pensar en la salvación de la propia alma, sin que tengan especial obligación de dedicarse a la de los demás.

—¿Y los segadores que se encuentran en la otra parte del cam­po?—, repliqué.

Y  pronto supe que eran los llamados al estado eclesiástico, de forma que ahora sabría decir quién se hará sacerdote y quién segui­rá otra carrera.

Mientras contemplaba yo con verdadera curiosidad aquel campo de trigo, vi que Provera distribuía las hoces entre los segadores, lo que significaba que podría llegar a ser Rector de un Seminario o Di­rector de una Comunidad religiosa o de una casa de estudios o algo más. Ha de notarse que no todos los que trabajaban recibían la hoz de sus manos, ya que los que acudían a él eran solamente los que forma­rían parte de nuestra Congregación; los demás la recibían de otros dis­tribuidores que no eran de los nuestros, lo que quería indicar que estos últimos se harían sacerdotes, pero para dedicarse al Sagrado Ministerio fuera del Oratorio. La hoz es símbolo de la palabra de Dios.

Provera no entregaba la hoz inmediatamente a quienes se la pe­dían. A algunos les ordenaba que fuesen antes a comer; y, en efec­to, estos iban a tomar un bocado aquí y allá: símbolo de la piedad y del estudio.

A Santiago Rossi le mandó que fuese a tomar un bocado. Aque­llos a quienes se les daba esta orden se dirigían a un bosquecillo donde estaba el clérigo Durando muy ocupado, entre otras cosas, preparando las mesas para los segadores y dándoles de comer. Esta ocupación indicaba a los destinados de una manera especial a promover la devoción al Santísimo Sacramento.

Mateo Calliano era el encargado de dar de beber a los segadores.

Costamagna segundo se presentó también pidiendo una hoz, pero Provera lo mandó al jardín por dos flores. Lo mismo sucedió a Quattróccolo. A Rebuffo se le ordenó que fuese por tres flores, pro­metiéndosele, en cambio, que después se le entregaría la hoz. Tam­bién estaba allí Olivero.

Entre tanto los jóvenes se habían desparramado por entre las es­pigas. Muchos estaban alineados; otros, delante de un cantero an­cho; algunos, junto a otro más estrecho. Don Ciattino, párroco de Maretto, segaba con la hoz que le había entregado Provera. Lo mismo hacían Francesia y Vibert, Perucati, Merlone, Momo, Garino, Iarach, los cuales habrían de dedicarse a la salvación de las almas mediante el ministerio de la predicación, si correspondían a su vocación.

Quiénes segaban más, quiénes menos. Bondioni trabajaba desesperadamente, pero nada violento puede ser de mucha dura­ción. Otros manejaban las hoces con todas sus fuerzas, sin lograr cortar la mies. Vascheti empuñó una hoz y comenzó a segar hasta que se salió fuera del campo yéndose a trabajar a otra parte. A otros varios les sucedió lo mismo. Entre los que segaban había mu­chos que no tenían la hoz afilada; a algunas hoces les faltaba la punta. Algunos las tenían tan gastadas que al querer emplearlas destroza­ban y estropeaban la mies.

A Domingo Ruffino se le encargó de segar un bancal muy an­cho; su hoz cortaba muy bien, pero le faltaba la punta, símbolo de la humildad: era el deseo de ocupar el grado más elevado entre los iguales. Acudió a Francisco Cerrutti para que se la arreglara. En efecto, vi a Cerrutti arreglando algunas hoces; señal de que debía de inculcar en los corazones ciencia y piedad, lo que quería decir que sería enseñante, por eso se le veía manejar diestramente el martillo. Golpear con esta herramienta quería decir dedicarse a la enseñanza del clero. Provera le presentaba las hoces estropeadas. Don Ronchetti y otros recibían las que necesitaban ser afiladas, pues se dedi­caban a esto. El oficio de afilar representaba a los que se encargaban de formar al clero en la piedad. Viale fue a coger una hoz que no estaba afilada, pero Provera le dio otra que acababa de ser pasada por la piedra. Vi también a un herrero preparando las herramientas de metal empleadas en la agricultura: era Costanzo.

Mientras todos se entregaban con ardor, cada uno a su trabajo, Fusero hacía las gavillas, lo que indicaba la conservación de las con­ciencias en la gracia de Dios; pero, detallando aún más y viendo en las gavillas representados a los simples fieles, no destinados al esta­do religioso, se sobrentendía que ocuparía en el porvenir un puesto de enseñante en la instrucción de los clérigos.

Había algunos que le ayudaban a atar las gavillas y recuerdo ha­ber visto entre otros a Don Turchi y a Ghivarello. Esto representa a los destinados a poner orden en las conciencias, especialmente me­diante la práctica del ministerio de la Confesión, entre los adeptos o aspirantes al estado eclesiástico.

Otros transportaban gavillas en un carro, símbolo de la gracia de Dios. Los pecadores convertidos han de montar en este carro para seguir la recta vía de la salvación, que tiene como término el cielo.

El carro comenzó a moverse cuando estuvo completamente car­gado de gavillas. Tiraban de él, no los jóvenes, sino dos bueyes, sím­bolo de la fuerza o esfuerzo perseverante. Algunos iban conduciéndolo. Delante de todos ellos [Beato] Miguel Don Rúa, que era el que guiaba, lo que quiere decir que su misión sería dirigir las almas hacia el cielo. Don Savio seguía detrás con una escoba recogiendo las es­pigas y las gavillas que se caían.

Esparcidos por el campo estaban los espigadores, entre los cua­les Juan Bonetti y José Bongiovanni; esto es: los que atendían a los pecadores obstinados. Bonetti especialmente está designado por el Señor para buscar a los desgraciados que han escapado de la hoz de los segadores.

Fusero y Anfossi amontonaban gavillas en el campo, para que fuesen trilladas a su debido tiempo: esto tal vez quería decir que a su debido tiempo desempeñarían alguna cátedra.

Otros, como Don Alasonatti, ataban las gavillas, representación de los que administran el dinero, vigilan para que se cumplan las re­glas; enseñan las oraciones y el canto sagrado, cooperando, en suma, moral y materialmente, a encaminar a las almas hacia la meta de la salvación.

Un espacio de terreno estaba preparado como para trillar las ga­villas en él. Don Juan Cagliero, que se había dirigido al jardín en busca de algunas flores, las distribuía entre los compañeros y él con un ramito en la mano se encaminó hacia la era para comenzar la faena. Esta labor simboliza a los destinados por Dios para la instruc­ción del pueblo llano.

A lo lejos se divisaban algunas negras humaredas que levantaban sus penachos al cielo. Era el efecto de la labor de los que recogían los rastrojos y sacándolos fuera del campo sembrado de espigas, los amontonaban y les prendían fuego. Esto simboliza a los destinados a separar a los buenos de los malos, labor reservada a los directores de nuestras futuras casas. Entre éstos estaban Don Francisco Cerrut­ti, Tamietti, Domingo Belmonte, Pablo Albera y otros que actual­mente cursan sus primeros estudios, siendo aún muy jóvenes.

Todas las escenas anteriormente descritas se desarrollaban al mismo tiempo. Entre aquella multitud de jóvenes vi a algunos que llevaban unas antorchas encendidas para alumbrar a los demás a pe­sar de que era pleno mediodía. Eran los que habían de servir de ejemplo a los demás obreros del Evangelio, iluminando al clero con su conducta. Entre ellos estaba Pablo Albera, el cual, además de lle­var la antorcha, tocaba también la guitarra, indicio de que indicaría el camino a seguir a los sacerdotes animándoles al cumplimiento de su misión. Se aludía a algún otro cargo que ocuparía en la Iglesia.

Mas, en medio de tanto movimiento, no todos los jóvenes al al­cance de mi vista se ocupaban de algún trabajo. Uno de ellos tenía una pistola en la mano, esto es, tenía vocación de militar, pero aún no se había decidido a seguirla.

Algunos otros, con las manos en la cintura, observaban a los segadores, dispuestos a seguir su ejemplo; otros parecían indecisos, pero al considerar la dureza del trabajo, no se resolvían a empuñar la hoz. No faltaban tampoco quienes acudían presurosos a la faena. Algunos, al llegar el momento de tener que comenzar a segar, permanecían ociosos; otros empuñaban la hoz al revés, entre ellos Mo­lino: símbolo de los que hacen lo contrario de lo que deben hacer. Muchísimos se alejaban para coger uvas silvestres, representando a los que pierden el tiempo en cosas extrañas a su ministerio.
Mientras yo contemplaba lo que sucedía en el campo del trigo, vi un grupo de jóvenes cavando la tierra; ofrecían un espectáculo singular. La mayor parte de aquellos muchachos trabajaba con singular interés, mas tampoco faltaban los negligentes. Algunos manejaban la azada al revés; otros golpeaban la tierra, pero la herramienta no penetraba en ella; no faltaban quienes a cada azadonada se les salía el hierro del mango. El mango representa la rectitud de intención.

Observé entonces que algunos que al presente son artesanos, estaban en el campo de los que segaban, y, en cambio, otros que ahora son estudiantes se encontraban entre los que cavaban la tie­rra. Intenté tomar nota de cuanto veía, pero mi intérprete me mos­traba siempre el cuaderno y no me permitía escribir.

Al mismo tiempo vi también a muchos jóvenes que estaban sin ha­cer nada, no sabían resolverse a ponerse a segar o a cavar la tierra.

Los dos Dalmazzo, Primo Ganglio y Monasterolo con otros mu­chos, estaban mirando, pero ya habían tomado una decisión.

También me di cuenta de que algunos, saliendo del grupo de los cavadores, mostraban deseos de ir a segar. Uno corrió al campo de trigo tan decidido que no se preocupó antes de adquirir una hoz. Avergonzado de aquel necio proceder, volvió atrás para pedirla. El que las distribuía no quería dársela y el tal le urgía para que se la proporcionase.

—Aún no es tiempo— le respondió el distribuidor.

—Sí que lo es, dámela.

—No; ve antes a coger dos flores del jardín.

—¡Ah!, —exclamó el solicitante encogiéndose de hombros—; iré a coger todas las flores que quieras.

—No, solamente dos.

Se dirigió seguidamente al jardín, pero al llegar a él se dio cuen­ta de que no había preguntado qué flores eran las que tenía que co­ger, y se apresuró a desandar él camino.

—Has de cortar —le dijeron— la flor de la caridad y la flor de la humildad.

—Ya las tengo.

—Eso es lo que te dice tu presunción, pero en realidad no las tienes.

Y aquel joven se revolvía en un acceso de cólera y daba saltos impulsado por la ira que le dominaba.

—No es este el momento más oportuno par enfadarse de esa manera —le dijo el distribuidor—, negándose resueltamente a entre­garte la herramienta que le había pedido. Ante tal actitud, el infeliz se mordía los puños de rabia.

Al contemplar semejante espectáculo, aparté la vista de la lente a través de la cual había contemplado tantas cosas, sintiéndome lle­no de emoción por las aplicaciones morales que me había sugerido mi amigo.
Quise rogarle aún que me diera algunas explicaciones más y él añadió:

—El campo sembrado de trigo representa a la Iglesia: la mies es el fruto de la cosecha; la hoz es el símbolo de los medios empleados para conseguir dicho fruto, sobre todo la palabra de Dios; la hoz sin punta representa la falta de piedad, y sin filo la carencia de humil­dad; salirse del campo mientras se siega, quiere decir abandonar el Oratorio o la Pía Sociedad.

III

La noche del cuatro de mayo [San] Juan Don Bosco se disponía a finali­zar la narración del sueño en el que había visto representados en el primer grupo a los alumnos estudiantes del Oratorio y en el segundo a los que eran llamados al estado eclesiástico.

Hemos llegado, pues, al tercer cuadro o visión en la que, en apariciones sucesivas [San] Juan Don Bosco vio a todos los que en 1861 die­ron su nombre a la Pía Sociedad de San Francisco de Sales; el prodigioso engrandecimiento de la misma y el lento ocaso de los primeros salesianos a los que habían de seguir los continuadores de la Obra.

El siervo de Dios aquella noche habló así:
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Después de haber contemplado a mi placer la escena de la sie­ga, tan rica en detalles, el amable desconocido me dijo:

—Ahora dale diez vueltas a la rueda; cuéntalas y después mira a través de la lente.

Me puse a hacer lo que me había sido ordenado y tras haber dado la décima vuelta, me puse a mirar tras el cristal. Y he aquí que vi a los mismos jóvenes a los que recordaba haber contemplado días antes en edad adolescente, convertidos en adultos de aspecto viril; a otros con larga barba o con los cabellos blancos.

—Pero ¿cómo puede ser esto? Hace apenas unos días aquél era un niño al que casi se le podía tomar en brazos, ¿y hoy es ya tan mayor?

El amigo me contestó:

—Es natural; ¿cuántas vueltas has dado?

—Diez.

—Pues bien: del 61 al 71. Todos tienen ya diez años más de edad.

—¡Ah! ¡Comprendido!

Y como continuase observando a través d la lente pude ver panoramas desconocidos, casas nuevas que nos pertenecían y a mu­chos jóvenes dirigidos por mis queridos hijos del Oratorio, convert­idos ya en sacerdotes, en maestros, en directores, que se dedicaban a instruirles y proporcionarles honestas diversiones.

—Vuelve a dar otras diez vueltas —me dijo el personaje— y lle­garemos al 1881. Tomé el manubrio y la rueda dio otras diez vuel­tas. Miré y solamente vi a la mitad de los jóvenes que había contemplado la primera vez, casi todos ya con el pelo blanco y algu­nos un poco encorvados.

—¿Y los otros, dónde están?—, pregunté.

—Ya forman parte del número de los más— me respondió el guía.

Esta considerable disminución del número de mis muchachos me causó un vivo desasosiego, pero me consoló el contemplar en un cuadro inmenso, países nuevos y regiones desconocidas y una gran multitud de jóvenes bajo la custodia y dirección de nuevos maestros que dependían aún de mis primeros alumnos.

Después di otras diez vueltas a la rueda he aquí que solamente vi una cuarta parte de los jóvenes que había contemplado pocos momentos antes; todos ellos se habían trocado en ancianos de barbas y cabellos blancos.

—¿Y todos los demás?—, pregunté.

—Forman parte ya del número de los más. Estamos en 1891.

Y he aquí que ante mi vista se desarrolló una escena conmove­dora.

Mis hijos sacerdotes, agotados por la fatiga, estaban rodeados de niños, a los cuales yo no había visto nunca; muchos de fisonomía y de color distinto de los que habitualmente viven en nuestros paí­ses.

Di aún otras diez vueltas a la rueda y solamente pude ver un ter­cio de mis primitivos jóvenes, ya decrépitos, cargados de espaldas, desfigurados, macilentos, en los últimos años de su vida. Entre otros, me recuerdo haber visto a [Beato] Miguel Don Rúa, tan viejo y desfigurado que era difícil reconocerlo, ¡tanto había cambiado!

—¿Y los demás?—, pregunté.

—Pertenecen ya al número de los más. Estamos en 190Í.

En algunas casas no encontré a ninguno de los antiguos; maes­tros y directores me eran completamente desconocidos; la muche­dumbre de los jóvenes era cada vez más numerosa; las casas aumentaban cada vez más y el personal directivo había crecido tam­bién de una manera admirable.

—Ahora —continuó mi amable intérprete— darás otras diez vueltas y verás cosas que te llenarán de consuelo las unas, y otras que te proporcionarán una gran angustia.

Y di otras diez vueltas.

—¡Estamos en 1911!—, exclamó el misterioso amigo.

—¡Ah, mis queridos jóvenes! Vi nuevas casas, jóvenes nuevos, directores y maestros con hábitos y costumbres nuevas.

¿Y mis jóvenes del Oratorio de Turín? Busqué una y otra vez en­tre una gran muchedumbre de muchachos y solamente pude ver a uno de Vosotros con los cabellos blancos, consumido por la edad, ro­deado de una hermosa corona de jóvenes, a los cuales contaba los comienzos de nuestro Oratorio, recordándoles y repitiéndoles las cosas aprendidas de labios de [San] Juan Don Bosco; y les señalaba una foto­grafía que estaba colgada de la pared del locutorio. ¿Y los otros alumnos ancianos, los superiores de las casas que había visto ya en­vejecidos?

Tras una nueva señal tomé el manubrio y di algunas vueltas más. Después, solamente vi una llanura desolada sin ser viviente al­guno:

—¡Oh!, —exclamé aterrado—. ¡Ya no veo a ninguno de los míos! ¿Dónde están, pues, ahora todos los jóvenes a los cuales aco­gí y que eran tan vivarachos y robustos y los que se encuentran ac­tualmente conmigo en el Oratorio?

—Pertenecen ya al número de los más. Has de saber que han pasado diez años cada vez que hacías girar la rueda otras tantas ve­ces.

Hice la cuenta y resultó que habían transcurrido cincuenta años y que alrededor del 1911 todos los alumnos actuales del Oratorio habrían muerto.

—¿Quieres ver ahora otro espectáculo sorprendente?—me dijo aquel buen hombre.

—Sí— le respondí.

—Entonces presta atención si te agrada ver y saber algo más. Da una vuelta a la rueda en sentido contrario, y ahora cuenta tantas vueltas cuantas has dado anteriormente.

La rueda giró.

—¡Ahora, mira!—, me dijo el guía.

Miré y he aquí que vi ante mí una cantidad inmensa de jovencitos, todos desconocidos, de una infinita variedad de costumbres, pueblos, fisonomías y lenguas, de forma que por mucho que me es­forcé sólo pude apreciar una mínima parte de ellos con sus supe­riores, directores, maestros y asistentes.

—A éstos, en realidad, no los conozco— dije a mi guía.

—Pues a Pesar de ello —me respondió—, son hijos tuyos. Escú­chalos hablan de ti y de tus primeros hijos que fueron sus superiores y que ya no existen; recuerdan las enseñanzas que de ti y de ellos recibieron.

Seguí observando con atención, pero cuando aparté la vista de la lente, la rueda comenzó a girar por sí sola a tanta velocidad y ha­ciendo tal ruido, que me desperté, encontrándome en el lecho presa de un cansancio mortal.
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«A hora que ¡es he contado estas cosas, Vosotros pensaráis:

¡Quién sabe! A lo mejor [San] Juan Don Bosco es un hombre extraor­dinario, un personaje, tal vez un santo. Mis queridos jóvenes, para impedir que se susciten conversaciones necias en torno a mi persona, les dejo en plena libertad de creer o no creer en estas cosas, de darles más o menos importancia; sólo les ruego que no tomen nada de cuanto les he referido a risa al comentarlo, ya con los compañeros ya con personas de fuera. Me complace el decirles que el Señor dispone de muchos medios para manifestar a los hombres su voluntad. A veces se sirve de los instrumentos más ineptos e indignos, como se sirvió en otro tiempo de la bu­rra de Balaán haciéndola hablar y del falso profeta del mismo nombre, que predijo muchas cosas referentes al Mesías.

Por eso, lo mismo puede suceder conmigo. Les digo además que no se fijen en mis obras para regular las suyas. Lo que deben hacer es tomar en cuenta lo que les digo, pues tengo la certeza de que de esa forma cumplirán la voluntad de Dios y todo redun­dará en provecho de sus almas. Respecto a lo que hago, no digan nunca: Lo ha hecho [San] Juan Don Bosco y, por tanto, está bien; no. Ob­serven primero mis acciones, si ven que son buenas, imítenlas; si acaso me ven hacer algo que no está bien, guárdense mucho de imitarlo: deséchenlo como cosa mal hecha».

El efecto que produjo en el Oratorio el relato de este sueño lo sabremos por los que escucharon su relato de labios de Don Bosco.

El canónigo Jacinto Ballesio en su obrita: “Vita intima di Don Giovanni Bosco”, añadiendo algunos detalles omitidos por la cró­nica, escribe al comentar el sueño precedente: «[San] Juan Don Bosco era todo para nosotros e incluso durante el brevísimo tiempo que dedicaba al descanso, su pensamiento estaba fijo en sus hijos. El poeta cantó que "sogna il guerrier le schiere"; [San] Juan Don Bosco soñaba con sus jóvenes. Pero ¿qué digo soñar?, las de [San] Juan Don Bosco eran visiones celestiales. El las narraba como sueños, pero yo y todos estábamos persuadidos de que se trataba de auténticas, de sorprendentes visiones. Recuerdo aquella en la que vio a los 400 muchachos del Oratorio, estudiantes y arte­sanos, en diversas actitudes y en circunstancias diferentes, que representaban el estado moral de cada uno. El [Santo] contó cuanto había visto, durante varias noches consecutivas, después de los oraciones, y lo hizo con tal viveza de colorido y con tal fuerza expresiva, que parecía un anuncio profético. A algunos los vio resplandecientes de luz; a otros, con el alma y el corazón lleno de tierra; a otros, asediados, acompañados o ata­cados por animales diversos, símbolo de las tentaciones, de las ocasiones peligrosos y de los pecados. Este relato expuesto por [San] Juan Don Bosco con sencillez, gravedad y afecto paterno, dando al mismo tiempo mucha importancia a lo que decía, causó en to­dos la mayor y más saludable impresión. Todos los presentes, uno después de otro, quisieron saber de labios del siervo de Dios lo que sobre cada uno había visto, pudiendo comprobar con gran admiración que cuanto el buen padre les decía se adaptaba per­fectamente a la más estricta realidad.

En el Oratorio fue tan grande el saludable efecto de este rela­to, según se pudo apreciar por la conducta de los jóvenes, que mayor no se habría podido esperar de la más fructífera de las mi­siones. Todas estas cosas extraordinarias que apenas si he men­cionado, no se pueden achacar a una atenta observación de la vida ordinaria o a los conocimientos que el mismo [San] Juan Don Bosco hubiese podido recabar de ¡as confidencias que le hacían ¡os jóvenes o a las relaciones con sus colaboradores. El [Santo] hablaba y obraba estas maravillas de tal modo, que a nosotros, que ya no éramos niños; no se nos ocurría otra explicación plau­sible o razonable, sino que se trataba de dones extraordinarios que el cielo le concedía. Y refiriéndonos simplemente al sueño o visión que acabamos de indicar, ¿cómo habría podido ver y recor­dar con tal exactitud el estado de cada uno de los cuatrocientos jóvenes, entre los cuales se hallaban los que acababan de ingre­sar en el Oratorio y otros muchos que no se confesaban con él, los cuales al oír de labios del [Santo], la descripción viva e íntima de sus almas, de sus inclinaciones y pasiones, de sus ac­tos más ocultos, reconocían que les había dicho la verdad?»

Escribe Mons. Cagliero: «Yo me encontraba presente cuando [San] Juan Don Bosco, en el año 1861, contó el sueño de la rueda, en el cual dio el porvenir de nuestra naciente Congregación. Narraba estos sueños, porque habiéndose aconsejado con [San] José Don Cafasso, éste le había dicho que siguiese adelante tuta concientia, en darles importancia, pues juzgaba que era para gloria de Dios y bien de las almas. Tal opinión la supimos de labios de [San] Juan Don Bosco sus amigos más íntimos, poco antes de la muerte de [San] José Don Cafasso.

La atención que prestaban los jóvenes a sus palabras causaba sorpresa e imponía en gran manera.

Entretanto [San] Juan Don Bosco, haciendo gala de una prodigiosa me­moria y de una extraordinaria lucidez mental, al ser interrogado sobre el particular reservadamente, sabía indicar el nombre del interesado y el oficio que en el campo de trigo desempeñábamos muchísimos de nosotros, dando al mismo tiempo la oportuna ex­plicación.

Empleó el [Santo] en contar este sueño tres noches consecutivas, sirviendo su relato para nuestros comentarios ge­nerales y dando pie para frecuentes conversaciones entre los jó­venes del Oratorio y nuestro buen padre, quedando todos persuadidos de que en él se le había manifestado, no sólo el por­venir del Oratorio, sino también de toda la Congregación. [San] Juan Don Bosco se complacía en repetir a sus íntimos las descripciones del campo cubierto de mieses ondulantes, de las diversas actitudes de los segadores y de los que distribuían las herramientas.

Aseguraba entonces que nuestra Pía Sociedad, tan combatida y obstaculizada, sería aprobada a pesar de todas las prob­abilidades en contra y que contra el parecer de muchos, conside­rados como personas doctas y prudentes, subsistiría, progresaría grandemente alcanzando un gran incremento; cosas todas que yo oí a mis compañeros y repetidas veces al mismo [Santo].»
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Respecto a los tres jóvenes que tenían el monazo sobre las es­paldas, Don Francisco Dalmazzo atestiguaba con juramento: «Re­cuerdo muy bien que [San] Juan Don Bosco, hablando de éstos, añadía que si deseaban saber algo más concreto, se apresurasen a entrevistarse con él. Más de cincuenta muchachos del Oratorio se presentaron al buen padre, temerosos de tener en la conciencia alguna cosa oculta; pero [San] Juan Don Bosco dijo a cada uno de ellos:
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